Gabriela Torres
 

Mariana



–Mi beso, mi beso– dice la madre de Mariana pasándole una mano por el pelo y acercando una mejilla recién lavada a la cara de la hija –ay, mamá– pero le da su beso y siente en sus labios la piel felposa –te portas bien– como cubierta por una alfombra de pelillos finos, agüerados, casi invisibles –no olvides tu estuche, los cuarenta pesos para la kermess, tu maqueta, la tarea de francés, Marianita, pero si parece que son mis cosas.

    –Buenos días, buenos días, adelante, buenos días– recita una de las guardianas de la puerta, metida en un uniforme de soldado y con las bototas de hombre que todas oyen cuando recorre uno por uno los pasillos. Cada mañana aprieta levemente, en un saludo casi militar, la mano de cada una de las alumnas –buenos días, buenos días– únicamente son disculpadas de esta costumbre aquellas que llegan con un agregado a la mochila que puede tratarse de algún trabajo de arte, un refractario de cristal con la tarea de cocina adornada con ralladura de coco y cerezas partidas por mitad, un rollo de tela para los patrones de la clase de costura; sin embargo, siempre queda la palmada en la espalda que casi da al traste con la fachada de casa de pueblo en acuarela que Mariana carga en un cuadrado de madera.

    Unos cuantos segundos antes de las ocho comienzan a cerrarse las dos puertas de la secundaria, hasta quedar, a las ocho en punto, convertidas en una sola muralla, al mismo tiempo en que un timbrazo retumba en el mayor de los patios y traslada el eco hasta el último rincón del edificio. Todas a sus puestos, se movilizan decenas de faldas verdes a cuadros, zapatos de goma cafés, camisolas blancas con cuello almidonado, coletas, moños y peinetas. Mariana casi vuela, la ponen de nervios las llegadas tarde, le toca exponer y seguramente la nombrarán primero. La maestra de arte alcanza a recibirla antes de cerrar la puerta. Los salones se van llenando, hasta que el único ruido que las estudiantes escuchan es la marcha de botas por los pasillos.

    Sentarse lejos de Catalina es como no sentarse, como no llegar, como si se le hubiera hecho tarde y la guardiana le hubiera impedido la entrada, para colmo, le toca compartir mesa con Elia y Romanita, afanadas como siempre en lograr unos dibujos impecables, con los títulos en rimbombante letra gótica, los dedos limpios al terminar de trabajar y los pinceles bien peinados y cuidadosamente colocados en los orificios de la paleta. Catalina, Catalina. La localiza a dos mesas atrás, inclinada sobre un rectángulo de cascarón de huevo, Mariana insiste, a ver si con los puros ojos la obliga a enderezarse, a mirarla, a sonreír con su delineado rosita en los labios, la nariz arrugada, los dos dientes chiquitos de enfrente, la diamantina de colores en los párpados, pero sólo está inclinada, con un partido en zig zag del que cuelgan dos trencitas con hilos de colores, el resto del pelo, suelto; el cuello de la camisa abrochado hasta el último botón, una pierna larga que baila cruzada en la otra, escucha la voz de Elia como si viniera de muy lejos.

    –¿Te conté que me habló el güero de la fiesta?

    –Ni te oye, como siempre está en la luna, Mariana, Mariana– codazo de Romanita.

    Mariana saca un dulce de coco y lo empieza a mordisquear, lo desliza con la lengua de un lado a otro –qué onda, párale, pinche Romana– pero no son las únicas, ni tampoco la primera vez que se lo dicen, siempre está distraída, como aparte, como ubicada en un mundo distinto al de las otras. Antes se angustiaba, le perturbaba lo que las cabezas de sus amigas tuvieran dentro con respecto a ella, mantenía un estado general un tanto melancólico, pero ahora, recién iniciada en secundaria y con Catalina a tres mesas de la suya, algunas de sus peloteras internas se han aplacado, los únicos que no han podido zafarse son los nervios, que le crispan el cuerpo por dentro como con muchas manos.

    La nombran tres veces hasta que reacciona y se levanta a situar su pintura en el mural, junto con las otras, siente de nuevo unos nervios terribles como si los zapatos tuvieran suela de plomo y no de goma, sabe que las uñas lila se le mueven mientras centra su fachada y que tal vez Catalina y las demás se darán cuenta, vuelve a su mesa y antes de sentarse la mira ahí, con la blanca espalda erguida, con la mirada puesta en la casita, como si penetrara en el naranja óxido de los ladrillos; después, por un instante, cada una recibe a distancia los ojos de la otra.

    El aula donde una abuela les da clases de cocina tres veces a la semana es en realidad una fonda gigantesca donde las jóvenes igual aprenden a elaborar pastas italianas que guisados chinos de verduras, ensaladas con espárragos y palmitos, hasta sofisticados postres con delicadas hojas de chocolate blanco como cobertura. Mariana y Catalina coinciden en el turno de batir la crema chantilly –hay que hacerlo en forma eeeenvolveeente, niñas– aquello se empieza a inflar hasta sobrepasar el refractario. Mariana prueba con un dedo la crema esponjada y toma otro poco a escondidas de la abuela, se lo da a Catalina en la boca, quien chupa, muerde los cueritos de la uña comida, pasa y repasa sus dientes chiquititos por el dedo, una se traga una carcajada, a la otra le brillan bombillas en los ojos.

    Inglés en el laboratorio, Matemáticas y Literatura en las aulas. Literatura. La preferida de Mariana. Las lecturas de títulos en casa, la vida y obra de sus autores preferidos. Si bien una fórmula de química puede parecerle terriblemente complicada, digiere con cierta facilidad algunos espesos tramos de la Divina Comedia que escenifican después en pequeñas obras de teatro, se apasiona con los tormentosos diálogos de Calisto y Melibea de La Celestina, se aprende de memoria los parlamentos de Hamlet, la hora de clase le parecen minutos; lo que para muchas resulta un tormento, para ella representa un paraíso. A Catalina le gusta oírla, verla toda emocionada leyéndole un texto, un versito, le divierte cómo sube y baja la voz según el tono de los protagonistas.

    Receso. Por fin. Todas afuera. A repartirse donde sea, en el patio grande, en la cafetería, a los jardines.

    El solario es el refugio de recreo menos acechado por las vigilantes, que durante el lapso de descanso se recluyen casi fuera de la vista de todas, a excepción de algunos pasos dispersos por los alrededores. De cualquier forma, las alumnas improvisan su propia guardia para hacer ruedas mientras se asolean las piernas, circulan los prohibidos cigarros, organizan una camaradería a gritos. Todas saben que las reclutas regresan activamente a sus puestos cuando se inician las tres últimas clases de la mañana, es entonces cuando contabilizan las idas al baño, atrapan señoritas de pinta y las llevan a dirección cogidas del brazo, sermonean por las llegadas tarde y las griterías por los pasillos.

    Mariana se baja las calcetas hasta el huesito saltado donde comienzan los pies, se sube la falda, se deja caer hacia atrás para caer en el muslo de Catalina también desnudo, el sol le calienta la frente, las rodillas, los pies sudan en su encierro de lana y de piel. Con trabajos abre los ojos para verla, los hace chiquitos, alcanza a distinguir sus dos pequeños dientes que sonríen mientras le mira las piernas.

    Los videos de Ciencias Políticas en la sala de proyección, entre un cortometraje y otro, cuando las luces se encienden, distingue el perfil de Catalina, arranca una hoja del cuaderno, la dobla en cuatro, ocho, corta un cuadrado y escribe un pequeño poema de tres líneas, al terminar lo aprieta en un triángulo pequeño mientras calcula por cuántas manos pasará. Por fin, Catalina atrapa el papelito entre una mano, no lo abre de inmediato, se tarda lo que a Mariana le parecen horas, días, como los fines de semana, las vacaciones largas, el enorme lapso navideño, los odiosos días sin escuela de la semana santa.

    No tiene ganas de orinar, en unos minutos la maestra de francés comenzará a nombrar lista, apenas un hilo de gotas logra caer a la taza, sin embargo, el chorro de Catalina suelta con ganas. Ambas se entretienen lavándose las manos varias veces, hasta que otra salga, después otra que tarda como horas tratando de liberar un papel atorado. Por fin se quedan solas, la mano mojada de Catalina acaricia el brazo de Mariana, pasa por encima de los pelitos erizados, le tienta apenas los labios con los suyos.

    Dos de la tarde, las puertas se abren por mitad para que salgan desaforadas las alumnas. Tumulto de autos, bocinazos, pleitos de espacio en la banqueta. Las guardianas miran el desorden indiferentes, puertas para afuera las jóvenes dejan de ser su responsabilidad, en resumen, su trabajo ha terminado. Algunas madres esperan a un paso de la salida con la misma obsesión que si esperaran a una criatura del jardín de niños. Mariana se topa con su madre, cómo le enfada, se lo ha dicho mil veces, que ella la buscará en el auto, que no se baje. Cosa inútil. Como también resultan inútiles las preguntas de siempre –¿que te gustó más el día de hoy?– sabe que literatura, ella misma le compra los libros, presume en las jugadas de baraja por las tardes que su hija algún día será escritora, que vale la pena pagar un colegio de tanta categoría por el gusto de que su niña aprenda inglés, francés, arte, que sí, es seriecita, linda hija, le encanta la escuela –Marianita, vienes enfadada ¿te peleaste? ¿te regañaron? –¡ay, mamá!–  Con decir ay mamá basta, porque del mismo modo con que Catalina se guardó el poema, ella sólo dice ay mamá, no sabría explicar que sí, que está enfadada, qué sí, que ama a la escuela, que si está enojada no es porque no la haya esperado en el auto, sino porque son las dos de la tarde, que le importan poco las clases de arte, la crema dulce del pastel de coco, la mademoiselle de francés, las tres mujeres hombres que circulan con pasos de ejército, que incluso le importan poco Shakespeare, Dante y todos esos, que lo que quiere es que otra vez sean las ocho, sentir como se le erizan los pelitos del brazo cuando ella la toca, que le muerda el dedo y le coja una mano, que se den un beso a escondidas en los baños y luego se mueran de la risa, que sí, que ama la escuela, que le encanta, que la necesita.



 
Argos 19/ Narrativa