Harriet Quint
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La memoria de la ciudad


Rafael Medina dedica las páginas de su libro de cuentos La cruz de la bestia a Guadalajara. El tiempo histórico inherente al espacio, repercute directamente en la vida de los habitantes. El autor convierte, con su gran talento narrativo, la memoria individual en una memoria de la ciudad.

 

‘La ciudad cobra vida’, fue la primera idea que se me ocurrió cuando terminé de leer el libro La cruz de la bestia de Rafael Medina. ‘La ciudad cobra vida’, me dije, pero tuve que agregar ‘por la gente que la habita’. Y cuando puse un poco de orden en este pensamiento y empecé a desglosarlo, me di cuenta que contenía tres elementos firmemente ligados, e indispensables en una narración: el autor y su perspectiva, el espacio –en este caso Guadalajara– y el tiempo histórico.

    El autor ubica con su perspectiva el espacio en un tiempo reconocible en la historia de México. Empieza con la época después de la Independencia, a la que le suceden la Reforma, la Guerra de los Cristeros, el inicio de la destructiva modernidad, las violentas tendencias comunistas de los estudiantes de la Universidad de Guadalajara y finaliza con la explosión de 1992.A esta sincronía, o coexistencia de los tiempos en un solo espacio, Goethe la llamaría la "plenitud del tiempo histórico".

    La voz que narra estos hechos en algunos cuentos es la de los mismos personajes; en otros, en tercera persona. La facilidad con la que el autor cambia, no tanto la voz narrativa, sino más bien el tono de voz, me parece uno de los grandes logros de Rafael Medina. Ubicar al personaje en cierto momento histórico e impregnarlo con la idiosincrasia adecuada a su época, demuestra un amplio conocimiento de técnicas de escritura y le otorga al texto veracidad y realismo. De esta manera, la niña, cuyo padre es asesinado por ser español, queda "atrapada en el tiempo" con su amargo dolor, y su angustia infantil no la deja abrir los ojos para ver el presente sombrío, en el que su felicidad se hizo astillas ante las ráfagas de la Independencia. "El representante del nuevo México" cuenta de un soplo, sin punto ni coma y a su modo dicharachero, los ideales anticlericales de la Reforma; el estudiante de la vocacional, embebido con ideas revolucionarias comunistas padece de una "muerte roja" en un miserable cuarto de hotel, mientras su madre se queda mirando el póster del Che, "implorándolo que le devuelva a su hijo"; un habitante del centro de la ciudad, nos cuenta a su manera coloquial la demolición de la Plaza de Toros.

    Los personajes, todos ellos habitantes de Guadalajara, sufren en su vida de manera directa los cambios que la ciudad padece en el transcurso de la historia. Es así como nos encontramos ante un efecto que me gustaría llamar de bumerán, donde un objeto lanzado regresa a su punto de partida, proceso en el cual una actitud dinámica se vuelve pasiva, y la acción se convierte en espera; porque el hombre hace la historia, el hombre construye o destruye su espacio según las tendencias de la época, y a su vez, estos cambios que él provocó o permitió, repercuten en su vida cotidiana.

    Este quehacer humano cuando se vuelve devastación, para algunos políticos es sinónimo de modernidad y progreso, y desde la perspectiva de Rafael Medina adquiere el símbolo de "bestia". Una tremenda nostalgia, impotencia y rabia por los lugares demolidos en el centro histórico de Guadalajara, resaltan en las páginas de este libro. La bestia, en su bruto afán de convertirse en "mensajero del futuro", impregna en las "cabezas huecas de los gobernantes" la palabra "olvido", destruye a su paso sitios que marcan la ciudad con una enorme cruz, y deja en la memoria de los habitantes el amargo recuerdo de aquello que ya no es recuperable.

    "La verdadera ciudad la lleva uno dentro" nos dice Rafael Medina. Y es así, de esta manera, como el asunto de la ciudad que cobra vida se convierte en un asunto interior, particular, que está escrito en la memoria de sus habitantes. Para cada uno de nosotros algún sitio específico de la ciudad representa un momento de nuestra vida. Caminamos por las calles y recordamos esto o aquello, ratos de felicidad, de tedio o tristeza. Por eso, un edificio no sólo es una estructura arquitectónica; una calle, una vía de transporte; el follaje de un árbol, un toldo que da sombra en días calurosos; sino que cada uno de ellos cobra vida en nuestra memoria mediante nuestros recuerdos. El hombre le infunde sustancia a la ciudad.

    El libro de Rafael Medina me parece un recuento de memoria individual que se convierte en memoria de la ciudad. Nos cuenta un lapso de la existencia de algunos de sus habitantes y construye de manera calidoscópica la imagen de Guadalajara, de esta Guadalajara que respira a través de nosotros.
 

Rafael Medina, La cruz de la bestia, Paraíso Perdido, Guadalajara, México, 2001

Harriet Quint. Nació en 1956 en Rumania. Estudió germanística en la Universidad de Bucarest. En 1986 obtuvo una beca del gobierno alemán para estudiar un semestre en la Universidad de Freiburg. Desde 1994 trabaja como investigador en el Departamento de Estudios Literarios de la Universidad de Guadalajara. Ha publicado ensayo y traducciones del alemán, inglés y rumano en periódicos o revistas locales y nacionales.


 
 
Argos 19/ Narrativa