Silvia Quezada
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El mariachi




Luego de diez años de ausencia Alba Macías regresaba a México. En cuanto dejó seguras sus maletas se fue a buscar guayabas verdes al mercado. Domitila, la puestera, le abrió los brazos una vez que la reconoció.

    –Pero mija, mira nomás qué guapota vienes, por ti no pasan los años, muchacha. Alba no quiso decir que ya había cumplido los cuarenta, agradeció el cumplido y para demostrarlo, no aceptó las monedas que la mujer le devolvía con una sonrisa.

    Sin poder esperar y contra sus hábitos higiénicos le dio una mordida grande a una guayaba picada de pájaro, pensando que si el ave la había elegido, era sabia la distinción. El sabor agridulce se le untó al paladar provocándole un placer inmenso, como el tamaño de su nostalgia.

    En esos diez años había aprendido a saborear diversas exquisiteces, tantas como restaurantes había visitado en Nueva York.

    Era una experta en vino de mesa y no perdonaba una taza de un buen café al término de sus comidas. De su dieta primitiva extrañaba la guayaba y los mangos de la barranca. Su sensibilidad sufría de las ausencias de los alcatraces desvelados, el olor a tierra mojada, la frescura de las sábanas de manta y las notas alegres del mariachi.

    La afición a la música la tenía desde chica, cuando su papá la premió por salir de sexto llevándola a la cantina.

    –Qué ocurrencia viejo, ya ni la amuelas, ¿no ves que Alba ya es toda una señorita? Por si no sabías, ya regla. Y tú la llevas a la cueva del lobo, debería darte vergüenza con tu hija de enseñarle dónde te gastas el dinero del chivo, viejo desobligado. Ya me imagino a la pobre Alba aguantando tu borrachera.

    –Pero si se la pasó muy bien, ¡la hubieras visto! Nomás pelaba los ojotes de paloma que tiene.

    El cansancio del viaje y las molestias de la aduana no impidieron que Alba pensara en divertirse esa noche. Mientras decoraba sus uñas de acrílico, una mascarilla de pepinos cubría su rostro, solemne por la elastina. El maquillaje fue profuso, las gotas abrillantaron los ojos y los diamantes las orejas. Vestida de un suave terciopelo negro preguntó por teléfono si un taxi podría recogerla enseguida. Dudó cuánto llevar, los taxis y la música no se pagaban con tarjeta, sino con efectivo. Tomó un rollo de billetes verdes y los guardó en su elegante bolso de mano.

    La noche era fresca y la luna humedecía el alma. Octubre desalentaba el verdor de los árboles para animar el frío. Alba creyó que con el primer tequila, hasta tendría calor.

    Rodeada de mariacheros, la quinta copa la hizo cantar "México lindo y querido" abrazada del trompeta. El hombre empezó a sudar cuando ella le tomó la mano para que enlazara su cintura. José Alfredo Jiménez le hacía llorar y hablar en monólogos quedos que sólo ella entendía. Al séptimo tequila le pidió al guitarrón que la acompañara al baño... Alba lo abrazó tambaleante. –Ustedes síganle tocando, que yo pago muchachos... Los otros diez entonaban "El rey". Cuatro canciones más tarde, Alba y Donato regresaron separados. Una mirada de suspicacia se cruzó en los diez pares de ojos que esperaban.

    Lo sorprendente fue que Alba solicitó "El rey" de nuevo y que quiso ir otra vez al baño, ahora con el violín Remigio. Más tarde la acompañó Miguel; luego Fabián; "Soltero el vihuela"; Laureano y Silvino. No hubo octava visita. Alba argumentó a los faltantes que "ya no le importaba repetir la escala", se iba satisfecha y completa. Pagó y dejó una buena propina.

    Durmió profunda, total. Al despertar abrió la maleta de sus afeites y colocó allí el rasgueo sentimental. Cerró la maleta y tomó el primer vuelo a Nueva York.


Silvia Quezada. Narradora y ensayista. La palabra insumisa, es su más reciente libro.


 
Argos 19/ Narrativa