Elsa Levy
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Hoy, el ayer




Son las nueve treinta de la noche, el automóvil del matrimonio Alvear Pineda se detiene frente a "La bella época"; el marido baja del carro. La mujer espera sin moverse de su asiento. Ismael, distraído, ya se encamina a la entrada del restaurante cuando se da cuenta de que su mujer no está cerca de él; mira a su alrededor, la descubre aún dentro del automóvil, frunce el ceño y le hace señas indicándole que baje. Gabriela afirma con la cabeza, luego, con expresión de perdedor de una apuesta, abre la puerta. Al salir del vehículo el tacón de uno de sus zapatos se le encaja en la orilla de la falda y le hace trastabillar. Brincando en un pie, aferra con una mano su bolsa, con la otra logra zafar el tacón. Sonrojada, llega hasta donde la espera su marido, quien sonríe.

    –¡Álzalas, mujer! Cómo no se te va a atorar el tacón si traes esas faldotas largas; hasta parecen de monja, y ahora que me fijo, te hacen juego con el peinadito embarrado que te hiciste. ¿Por qué no te bajabas del carro?

    –Ya para qué digo lo que te repito a diario.

    –¡Ah!, sí, estabas esperando que te abriera la puerta. Se me olvida, y no sé de dónde sacaste esa manía. Hoy cumplimos veinticinco años de casados, y siempre te has bajado sola del carro, pero de un tiempo para acá se te ha metido en la cabeza que tengo que abrirte la puerta. No acabo de entender por qué te cuesta tanto trabajo abrirla.

    Gabriela lo mira directo a los ojos, entorna los suyos y esboza una sonrisa a media asta mientras mueve ligeramente la cabeza de un lado a otro. La recepcionista los conduce al interior del restaurante.

    La mujer a la que el hombre alto de cabello castaño ayudó a bajar del automóvil, que vestía una falda larga y estaba peinada con el cabello restirado, era mamá. Papá abría primero la puerta de la guayín del lado de mamá; luego, la de nosotras, y nos ayudaba a salir. Él invitó a cenar a mamá para festejar su aniversario de bodas y le llevó una orquídea. A mí nunca me han regalado una.

    Mi madre tenía los ojos color violeta. Le gustaba arreglarse para que mi papá la encontrara bonita, él siempre lo notaba y decía a los cuatro vientos que mamá era su bella dama; ella se sonrojaba pero se sentía hermosa.

    –No, señorita, esta mesa no la quiero, está demasiado cerca de los músicos.

    –Pero Ismael, me gusta la música que tocan.

    –Pues a mí me ataranta, luego no se puede ni platicar. Mejor acomódenos en la del fondo.

    La pareja es conducida a la mesa que escogió Ismael. El hombre ocupa el sitio de frente al salón, sin tomar en cuenta que Gabriela quedó sin más panorama que la pared amarilla y vacía.

    –¿Les traemos alguna bebida?– pregunta el mesero después de poner frente a ellos la botana de la casa: tiras de jícamas, pepinos y zanahorias aderezadas con una mayonesa que despide fuertes emanaciones de ajo.

    –Para mí, un vodka del país con jugo de toronja. ¿Tú qué quieres?

    Ismael interroga a Gabriela mientras ataca el plato de botanas.

    –Ya sabes lo que tomo siempre.

    –Sí, pero eso es en la casa– habla entre dientes para que el mesero no lo escuche, –aquí está muy caro el whisky, mejor pide Bacardí.

    Gabriela reprime un suspiro y ordena: Tráigame un Bacardí blanco con agua natural, y por favor, algo para picar que no tenga ajo.

    –¡Ah, qué mujer!, ya salió el peine; tú y tu odio por el ajo.

    –Qué quieres que haga, si con sólo olerlo me dan náuseas.

    –Allá tú, porque a mí me encanta.

    –Está bien, de perdida te sirve para la artritis.

    –A propósito de la artritis, me siento cansado. Esta semana estuvo de la cachetada; desde el martes se descompusieron dos máquinas, al eje del torno principal se le quebró un engrane; como esa pieza es difícil de conseguir, la tuve que pedir a la frontera, así que se paró la producción; luego, a la prensa se le rompió una barra, esa sí la pudimos arreglar, pero nos llevó dos días. ¡Qué mala pata!, tan poco trabajo que tenemos y con esta fregadera nos retrasamos en la fecha de entrega, ahora nada más falta y nos cancelen el pedido.

    –Ismael, oye esa canción, es muy bonita.

    –¿No te había dicho que tuve que ir a las oficinas del sindicato?

    –¿Cómo dices?–, pregunta Gabriela saliendo con dificultad del hechizo de la canción que canta en ese momento el solista del grupo musical.

    –Que el viernes tuve que ir al sindicato. Uno de los soldadores se quejó porque no hemos pagado su cuota del Infonavit. Es cierto, pero ahora no hay dinero, ya ves que hasta yo mismo le entré al movimiento del Barzón para no perder la casa.

    –¿Y qué hiciste con lo del empleado?–, Gabriela se empeña en participar.

    –Le llevé al líder sindical su botella de coñac, y como siempre, se va a hacer de la vista gorda por otros cuantos mesesitos; ojalá y mientras se componga esta pinche crisis a la que nos llevaron todos los presidentes, gobernadores y demases rateros que hemos tenido. ¡Psh, joven, tráiganos la carta!

    –Aquí tienen el menú–, se inclina hacia ellos el mesero, –nuestra especialidad de hoy es langosta a la thermidor. En un momento regreso. Con su permiso.

    –¡Langosta!–, exclama Ismael en tono de burla, –ya parece que vamos a pedirla; con los doscientos cincuenta pesos que cuesta podríamos cenar cuatro personas.

    –Tienes razón– Se solidariza Gabriela, –voy a pedir una milanesa de ternera, cuesta sólo treinta y dos pesos.

    –Yo, carne a la tampiqueña y una orden de cebollitas asadas.

    –Ismael, acuérdate que las cebollitas te hacen daño, sobre todo en la noche te pro...

    –...Sí, ya me has dicho cientos de veces qué me producen, según tú, gases asfixiantes, pero exageras; además, como en la casa jamás las preparas, cuando venimos a un restaurante me aprovecho.

    Él retiró la silla para que mamá se acomodara y se sentó cerca de ella. Así era mi papá: un caballero, con mamá y también con nosotras; nos llevó a los mejores restaurantes y nos enseñó a distinguir el buen vino. Élreservó una mesa junto al ventanal que da al jardín. Papá era muy detallista, siempre pensando en complacerla. Ordenó una botella de champaña y dos langostas. Yo fui una niña mimada, la consentida de papá porque me parecía a mamá. Durante la cena, ellos hablaron de todo menos del trabajo de papá, él siempre quería saber lo que mamá hacía y pensaba cuando él no estaba con ella. Papá lepidió a los músicos que tocaran "Hay unos ojos", su canción. Mamá se sintió importante, no sólo era una ama de casa que cocinaba bien, ni la madre que educaba correctamente a sus hijas, ni la esposa que le velaba el pensamiento a su marido, sino una mujer junto a un hombre que la deseaba y la admiraba, conocía sus gustos y aficiones, y se interesaba por ellos. Papá acompañaba a mamá a hacer sus obras de caridad, a visitar a los abuelos y a comprar la despensa de la semana. Ella nunca se sintió sola, hasta que papá murió.

    –No estuvo mal la cena, ¿verdad, Ismael?

    –Pues tu milanesa estaría buena, pero la carne que a mí me tocó estaba muy refrigerada y los frijoles salados; pero, en fin, comibles cuando uno tiene hambre.

    –Me pregunto si algún día estarás satisfecho con una comida. Oye, ¿pedimos postre?

    –Yo no quiero, y tú deberías pensarlos dos veces, ¿no te has visto últimamente en el espejo?

    –Sí me he visto, y me veo igual que siempre; para tu conocimiento, no he aumentado ni un gramo desde hace diez años. Lo que pasa, es que te duele gastar.

    –¡Ya comenzó la fiera a rezongar! No es por el dinero, ordena lo que quieras, no te hagas la mártir.

    –¡Ahora ya no quiero nada! Mejor pide la cuenta.

    La pareja, sin hablarse, sale del restaurante. Ismael sube primero al carro. En silencio llegan a su casa. Ismael se va a la recámara. Gabriela se queda en la cocina.

    –¡Oye! te encargo un vaso de agua fresca.

    Gabriela, con manos resentidas, prepara un vaso de agua de limón; llena otro vaso con agua natural. Después de sacar al gato al patio y apagar todas las luces de la planta baja, sube a la recámara. Ismael, en calzoncillos de manga larga, como los ha bautizado ella, tumbado en la cama, mira un programa en la televisión.

    La mujer deja los vasos en los burós, entra al baño y se cambia la ropa por unos pants desteñidos y una camiseta XL. Se acerca al tocador para desmaquillarse; mira su cara en el espejo, se deshace el peinado y se recoge el cabello con una liga a manera de cola de caballo; sus ojos se demoran en las incipientes arrugas que arañan sus sienes, las repasa con el dedo índice, como deseando borrarlas; lanza un suspiro, luego, sus pies descalzos y atediados, la regresan a la habitación.

    La película que ve Ismael trata de un crimen sangriento. Gabriela se acomoda en el altero de almohadas sobre las que acostumbra dormir, observa unos minutos la película, bosteza repetidas veces; de pronto, se rasca un muslo con impetu, retira la sábana y baja hasta las rodillas su pants. Descubre una roncha bermeja. Toma del buró un frasco de Vaporub y se unta generosamente. Absorta, le sobresalta la voz de su marido.

    –¡Uf!, ya estás con tu Vaporub, ¿y ahora por qué te lo pusiste en una pierna y no te lo retacaste en la nariz como todas las noches?

    –Es para que se me quite esta roncha; mira qué grandota, hasta parece una rebanada de fresa.

    –¡Pero qué tonta!, las ronchas no se quitan con Vaporub y ya llenaste el cuarto con su pestilencia. Oye, esas venas que te estoy viendo en el muslo no las tenías antes... se me hace que ya te vas a llenar de varices, como tu mamá.

    Gabriela, sin contestarle, se acomoda el pants y de nuevo se recuesta sobre las almohadas; mira con ojos desterrados la pantalla de la televisión, refugiándose en sus pensamientos: ¡Con lo que me choca la violencia!, prefiero dormirme.

    Después de unos momentos, estira la mano derecha, tentalea sobre el buró hasta encontrar un frasco que reconoce, lo abre, saca una pastilla y con un trago de agua se la pasa. A los quince minutos duerme.

    Ha pasado un espacio para ella sin tiempo, cuando una molestia en su brazo izquierdo le hace salir a un nivel de media conciencia, dados los efectos del Lexotán 10. Logra captar que es la mano de su marido la que le repasa de arriba a abajo el antebrazo. Se retira un poco, pero la mano, como un radar, la encuentra sin mayor problema. Ya sin remedio, sus pensamientos la traen de regreso a la vigilia: No puedo dormirme si Ismael me está tocando. Ya sé lo que quiere. A poco cree que con sólo sobarme un brazo me va a sacar las ganas, está loco, pero si no le hago caso va a estar enojado por varios días.

    Gabriela lanza un bostezo largo como un quejido, carraspea, se rasca la cabeza, improvisa un ataque de tos, y vuelve a la inmovilidad. Ismael sigue sin perder un detalle de la persecución de los asesinos. Su mano, como una criatura independiente, continúa su metódica actividad. Los reclamos de Gabriela ebullen: Siempre es lo mismo, se espera a que yo esté dormida, y no minutos, horas, para comenzar dizque a darme a entender que tiene ganas de hacer el amor; no apaga la televisión, le huele la boca a cebolla y a ajo, y a mí me sabe a centavo enmohecido, por eso nunca lo beso. Con la sobadera ya hasta se me entumió el brazo. Qué le cuesta apagar la televisión, abrazarme, acariciarme, decirme cosas bonitas; pero no, jamás se le ocurre nada. Bueno, al mal paso darle prisa, al cabo en cinco minutos todo se acabó y podré volver a dormirme.

    Mamá y papá terminaron la cena con unas crepas Suzette; él quería ordenar una copa de Grand Marnier y Mamá le propuso que el coñac se lo tomaran en casa. Al llegar se cambiaron de ropa. Mamá se puso uno de los camisones de seda que cada vez que papá regresaba de un viaje le traía. Mientras mamá retocaba su maquillaje, él fue a la sala, prendió la casetera, encendió la chimenea, sirvió dos copas, apagó la luz y esperó por ella. Se sentaron juntos en un sillón y mamá recostó su cabeza sobre el hombro de papá. Después de terminar el licor, bailaron, lento. Papá se detuvo e hizo que el camisón resbalara por los hombros de mamá. Ella le quitó la pijama. Sin dejar de mirarse se acariciaban. Papá decía: te amo. Se arrodilló y acercó su cara el vientre de mamá, ella inclinó su cabeza hacia atrás y respiró hondo. Despacito se acostaron en la alfombra; la luz rojiza de la chimenea encendía. sus cuerpos. Recuerdo con precisión, aunque yo sólo tenía ocho años, la música que escuché cuando estuve por largos minutos detenida en la puerta de la sala. No hablé, no los interrumpí; regresé a mi cama, extrañamente feliz.
 
 

    Son sus propios gemidos los que despiertan a Gabriela y le hacen incorporarse con brusquedad. Sus brazos están vacíos, su vagina deshabitada, en su boca no existen sabores marinos. Mientras el corazón golpea desesperado la puerta de su pecho, ella busca inútilmente a su padre en la penumbra de la recámara saturada de olor a cebolla.


Elsa Levy nació en Colima. Inició su carrera literaria publicando el volúmen de cuentos El vuelo de la Iguana (Juan Pablos Editores, 1990, premio Longinos Banda, Colima). Además ha publicado Bajo la piel (La Luciérnaga Editores, 1993); Pre textos de Inverecundia (La Luciérnaga Editores, 1994); Tinta Fresca (Coordinación General de Comunicación Social de Toluca, 1995); Los cuentos de Tati, (coedición del Estado de Colima y Universidad de Colima, 1996). Otras Sombras de la luz (Edamex, 1996); recopiladora de la antología Erótica 43 narradores en Jalisco (coedición de la Secretaría de Cultura de Jalisco y Edamex, 1997). Sus cuentos se encuentran en diversas antología de narradores.

Argos 19/ Narrativa