Celia del Palacio
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Piedra en el Agua


A veces una quiere salir huyendo de su vida de incógnito en un barco carguero a Filipinas y trabajar como Mujer del Puerto hasta contraer una enfermedad romántica como malaria o tuberculosis; o algo menos romántico como sífilis o sida y dejarse morir lenta, letárgicamente en largas tardes ecuatoriales, apagando la sed y los recuerdos con ron helado. Otras veces, acaso por ninguna razón, una, contradictoriamente, revive al recibir como una bofetada la expresión inconmovible del hombre amado, como si nada hubiera sucedido. Ajenos, hostiles, distantes, amante-amante se enfrentan con fingida amabilidad ante la muerte ajena... Un lugar, por fin. La azafata de uniforme azul me condujo hasta el asiento con ventanilla, del lado derecho en el avión vacío. Me abroché el cinturón, le pedí como un favor muy especial, una cerveza. Me moría de sed.

    Saqué mi cuaderno y comencé a escribir para aislarme del movimiento exterior durante la espera. ¿Cuánto tardaría el avión en despegar, para llevarme de regreso del dolor?

    Afuera, la tarde caía sobre las asoleadas pistas. Los pasajeros, sudorosos, se apuraban a abordar para librarse del intenso calor.

    Todo había terminado. Ese hombre que me pidió retirarme, no asistir al funeral; el hombre cuya voz sonaba impersonal y fría notificándome su prisa y sus ocupaciones ya no era el mismo que me había amado. Por fin aquella mujer había logrado separarnos.

    Nebulosa, sin viento alguno, la tarde traía recuerdos de otras tardes de noviembre. El día primero de mes ya pasó y yo aún no puedo librarme de los fantasmas de walpurgis: esa mujer seguirá persiguiéndome con la imprevisibilidad de su conducta.

    Al parecer, después del día de Todos los Santos el viento deja de soplar unas cuantas semanas hasta que se instala el invierno, con su navideña impostura en esta ciudad del noroeste.

    Poco a poco, los compañeros de vuelo van ocupando sus lugares. Rodeada por ellos, siento una especie de serenidad, como si estuviera de paseo, al igual que tantas otras veces en esta ciudad. En este instante, es suficiente el espejismo de las pistas, la ausencia de viento, las voces susurrantes... delicia vespertina donde toda angustia desaparece.

    De nuevo recupero vestigios de una que fui. En realidad ya no me importa revisarme, prefería pasar por alto esta combinación absurda de botas y suéter con la falda de mezclilla en este clima más que templado. Quisiera seguir el aroma perfumado que viene de algún lugar de mi juventud. Quisiera salvar a esa parte segura de mí misma que se asoma por las rendijas de mis ruinas.

    Por supuesto no voy a regresar a ese salón vacío que es la convivencia de pareja. Hace mucho que perdí el deseo por los hombres, toda esperanza de salvación a través de ellos y hasta el afán de venganza. Ni siquiera tengo miedo. Sólo indiferencia. Tendida en el diván del aburrimiento, quiero disfrutar los días de noviembre, donde además de pájaros gorjeantes y la corriente interminable de autos sobre el malecón (que no de agua en el río Humaya), no pasa nada.

    Ah, pasarse la vida de vacaciones en otras vidas. En alguna parte de mi sueño aún maúllan cinco gatos cuyos nombres me vienen a la cabeza en el momento menos propicio. El dueño de los felinos jamás me ha visto, vive en Hawai, a lo mejor ni siquiera existe.

    La azafata recorre el pasillo acomodando maletas en los compartimientos, discute con tercos pasajeros que, a gritos, quieren ganar una ventanilla.

    Aquella mañana salí del hospital donde nadie me esperaba ni me quería, donde ya nada podía hacer. Recorrí un museo, buscando mi propio rostro en las telas de los cuadros que jamás tendré en casa: quién pudiera formar parte de los amantes de Toledo, de Remedios Varo; quién pudiera derramarse en los paisajes de Goitia; quién, pasear, ¿por qué no? en los cuadros apacibles de López Sáenz a los que inunda el calor del Puerto y abordar ese barco bamboleante que todavía espera en la rada.

    En cambio, formo parte de ese lienzo en que una mujer sentada en la ventanilla de un avión espera a alguien que la detenga, a alguien que pida perdón, a alguien que impida ese viaje insensato a Filipinas. Alguien, en fin, que no aparecerá.

* * *

Le pregunto si el asiento está ocupado y con infinita sorpresa me mira. No puedo definir la expresión de su cara al ver que la sorpresa se va desdibujando. Como si esperara a otro.

    No es fea, de hecho me siento atraído cuando la veo cruzar la pierna desnuda.

    De vuelta al centro. De vuelta a la Gran T. La ciudad sagrada donde late el corazón de copal. Pasaremos sin saberlo por la Sierra Madre y Mexcaltitán. Pasaremos por el Rosario y por Tepic, encima del revuelo de loros, por encima del camarón y de Laguna Encantada. Atrás queda el Humaya, corta (y larga) memoria de sí mismo.

    La verdad ya estaba harto de esa polvorienta ciudad después de dos meses de cursos. Termina uno al mediodía y no hay más nada que el desierto y las calles sucias y las casas de los años cuarenta a las que nadie toca desde entonces. Habrá que decir que fue bueno después del divorcio haberse ido un rato de la capital. Le abre a uno otras perspectivas ese agreste paisaje del noroeste.

* * *

¿Qué hay más parecido a un carguero, que un esbelto avión de pasajeros?

    Pasaremos por Mexcaltitán y El Rosario en esta pequeña desviación a Filipinas. Ya están soltando las amarras. La ronca sirena corta en dos la tarde.

    Este hombre se sentó junto a mí. No está tan mal. Tiene algo que brilla en el fondo de sus ojos grises: tal vez un arcoiris. A pesar de la mediocridad y de un no sé qué de perverso en sus rasgos cansados, a pesar del pelo relamido y la sonrisa de quien ya está harto de haberlo visto todo, o precisamente por eso: por las ganas de tocar un trocito de abyección, me gusta. Atrás se va quedando el Humaya, larga (y corta) memoria de sí mismo. Atrás queda esa certeza de que no hay oreja posible, no hay cuerpo propicio. No hay descanso para la memoria, no hay posibilidad para la voz, fuera de lo que ya no será. Y acaricia el corazón futuros improbables, mientras acaricia la lengua la consoladora espuma de la cerveza. La azafata ya le trajo a él la primera y yo no tardo en pedirle otra, para hacer menos penoso este largo recorrido de tres horas.

* * *

Concentra el sol detrás del horizonte sus rayos en una sola línea recta escarlata. Siento el viento en la cara, cierro los ojos, es como si estuviera en la cubierta de un barco que navega veloz entre las nubes.

    La clara bebida propicia la charla. Resulta que fue al Coloquio de la Universidad. A un crítico de arte esas cosas no le son indiferentes. Pronto hicimos recuento de mutuos conocidos, allá y acá. Después del primer aterrizaje y la tercera cerveza, nos contamos una especie de historia triste que curiosamente resultó igualmente compartida: las separaciones, los divorcios, el sentirse bicho raro en un mundo donde casi todo tiene su cabida exacta.

    Fue también al funeral de una especie de hermana, dijo. Se volteó para otro lado. La ventana era el túnel perfecto para perderse a esa hora de la tarde. Yo no le pregunté nada más.

    Cuando llegamos a la ciudad, llovía. No pude evitar invitarla, primero al bar del aeropuerto, con el pretexto de esperar a que pasara la lluvia y después, a mi casa. No sé qué le vi de indefensa, además que francamente me gustaba. Sentía conocerla de años.

    Ya me había hartado de estar solo tanto tiempo, además, lo más probable era que no encontrara muy agradable el lugar después de esas ocho semanas de ausencia.

* * *

La casa era espaciosa, sin llegar a ser demasiado grande. Uno podía apreciar el jardín del frente y uno mucho más grande atrás, desde enormes ventanales en la sala. Tenía buen gusto. Las luces indirectas hacían resaltar los originales de las paredes: un par de acuarelas de jóvenes artistas, fotos de cuerpos en movimiento, collages de paisajes agrestes. Me invitó a sentarme en un mullido sillón y puso un disco.

    –Das Wohltemperierte Klavier– informó con una aceptable pronunciación. ¿Esperaría asombro? Me reí por dentro.

    Nuestras maletas aún descansaban en el saloncito de recibir. Se disculpó un momento. Supongo que subió su equipaje a la recámara, que entró al baño y después lo oí mover cosas en la cocina. Se asomó para preguntarme qué me gustaría beber. Oí los hielos caer al vaso y el ron cubriéndolos lentamente.

    Regresó. Le dije que me he pasado años persiguiendo una de esas fugas de Bach que oí de niña y que jamás pude identificar. La tarareé. Muy propio, maniobró en el estéreo tratando de encontrarla en ese mismo disco y en otro. Preguntó en qué tono estaba, si podía recordar más que esa frase que repito y repito sin cesar en los días de lluvia. No pude. No estaba.

    Me pregunté cómo podría tener una casa en esa colonia de clase alta un crítico de arte.

* * *

No le dije que también soy director de una revista, que me han publicado varios libros (soy escritor desde los ocho años, con toda modestia) y que estoy dispuesto a comprobar mi maestría para bailar el mambo, que tengo un hijo que se llama como yo y que muchos artistas me deben la carrera, las ideas, ¿la confusión?

    No le dije que después de la experiencia un tanto frustrante con esa alumna antes de irme de viaje, no había tocado mujer. Tampoco tuve que hacerlo. En cuanto ella me besó, no pude contenerme. Prácticamente me le fui encima.

    Ella notó las rosas que estaban en un jarrón sobre una mesa esquinera. No dejaron de sorprendernos a ambos. Pensé en Toña, mi sirvienta, siempre tan sentimental, tal vez había pensado en el detalle como recibimiento, después de todas esas semanas de ausencia. Pero pensé también en Fabián. ¿Hubiera sido capaz de venir a traerme flores? ¿No le tenía yo prohibido que se apareciera por casa después de aquella terrible escena de despedida?

    Qué vergüenza. Me sentí enrojecer de pena al ver las rosas recién abiertas, en el jarrón de cristal. Temí que ella pudiera adivinar. Ambos nos quedamos mirando a los botones encarnados. Entonces ella me besó. Mordió mis labios, acarició mi lengua. Nos tiramos sobre el sofá con prisas. Me quitó la ropa, se sentó encima de mí y comenzó a hacerme el amor de una manera casi violenta. Absolutamente transtornado por el súbito ataque, tardé algunos segundos en recuperarme y hacerla tenderse contra el sillón. Mi espalda quedó a su merced. Debió haber sido en ese instante cuando ella tomó las rosas del jarrón y comenzó a latigarme la espalda con ellas. El dolor de las espinas abriendo pequeñas heridas en mi piel no hizo más que excitarme. Ella entonces se abalanzó y comenzó a chupar la sangre que brotaba, como si el viscoso líquido fuera a redimirla de alguna falta imperdonable. La sensación de su lengua en mi espalda, el dolor de los latigazos florales y el calor de su vagina voraz, me llevaron a perder el control y eyacular largamente.

    Cuando desperté, estaba amaneciendo. Hacía un poco de frío allí en la sala. No dejaba de llover. Los charcos grises sobre las piedras volcánicas del jardín trasero eran, en la acerada luz de la mañana, la piel de un enorme pez sobre el hielo de un mercado costero.

    Me dolía la espalda. Ella dormía aún, hecha nudo sobre el sofá. Se había cubierto en algún momento de la noche con su suéter. Le salía una pierna, parte del pecho y la cabellera cobriza que casi tocaba el piso.

    Su bolsa yacía abierta junto a su maleta en el umbral de la sala. De pronto no pude reprimir la terrible curiosidad de saber qué podía esconder en esa enorme bolsa de piel negra. Ante su plácido sueño, me decidí a hurgar entre los pliegues de aquella vida.

    Encontré el boleto de avión, unos cacahuates de la aerolínea. Cigarros, plumas, una libreta forrada de tela multicolor. Una bolsa de cosméticos, un frasquito mínimo de perfume: era un aroma floral muy penetrante.

    Las llaves estaban todas reunidas en un enorme llavero el cual conducía a la más loca fantasía volteándolo de cabeza y viendo cómo diamantina corriente de colores iba y venía a través de una solución acuosa, que bien podría haber sido la salada de un mar tan tempestuoso como lejano. Abrí la cartera, cierto de que ella no despertaría. Una licencia de conductor afirmaba que su nombre era Paola (qué nombre más cursi, pensé), Paola Rodríguez (aún peor, confirmé).

    Traía varias tarjetas de crédito y una credencial de la Universidad. Parecía que todo lo que me había dicho era cierto, sin embargo, a la luz acerina de esa mañana, no pude hacer coincidir los objetos con esa persona dormida en el sofá de la sala. Traía además un extraño objeto como la cacha de una pistola. Al ser apretado el gatillo, una diminuta corriente eléctrica se desencadenaba. Esos objetos se usan para descontrolar a posibles agresores en la calle.

    ¿Era esta mujer tan asustadiza? ¿Se expondría a peligros sin nombre? ¿Por dónde circulaba ella a deshoras? ¿Sería capaz de tener la sangre fría de sacar el tábano de su bolso y aplicarlo a la piel del agresor? Estuve un buen rato imaginándome la escena. ¿A un agresor podría latigarlo con espinas vegetales? Ah, mi querida Paola, ¿de qué eres capaz?

    Su blanco pecho subía y bajaba inocente, al ritmo de acompasada respiración.

    Entonces volví a mirar el cuadernillo floreado.

    "A veces una quiere salir huyendo de su vida de incógnito en un barco carguero a Filipinas...", leí. Bueno, sí. Muchas veces: otras, uno se queda, como Cioran, a ver qué tan bajo puede caer.

    Preparé café espeso y aromático. Me puse el suéter. Hacía frío. El continuo horadar de la lluvia sobre las piedras volcánicas del patio me producía una tranquilidad extrema, como si no estuviera leyendo el diario de una perfecta desconocida mientras dormía en mi sofá.

    Llegó a Culiacán el día treinta y uno, según redactaba prolija. Se encaminó a buscar a su amante. Habían quedado de verse en el zoológico. También llovía. Los animales recorrían sus jaulas sistemáticos. El tigre de bengala, sobre sus acojinadas patas medía una y otra vez los cuatro metros de barda a barda. Los macacos de java enseñaban sus traseros, impúdicos, columpiándose y comiendo fruta. Las urracas la ignoraban con su ojo lateral.

    Él no llegó. Comenzó y terminó la lluvia.

    Después de meses sin verse, después de promesas por teléfono, de imposibles esperanzas de reconstruir las ruinas de un amor ya podrido, no llegó.

    Entonces fue a buscarlo a su casa. A ese departamento donde vivía después de abandonar -por fin- a su mujer. A ese lugar donde supuestamente vivía extrañando a Paola, aferrado a los últimos vestigios de la sombra de sus caderas.

    Cuando la esposa le abrió la puerta, ni siquiera tuvo tiempo de asombrarse. Sintió el malestar subiendo por sus vísceras hasta llenarle la boca. Sintió su agonía y la ajena, en un improbable desdoblamiento en que las caras y los cuerpos eran uno. Imposible imaginar. Muy tarde para retroceder. Miradas cargadas de las peores intenciones se cruzaron, mientras las palabras fallaban con mucho en expresar los sentimientos: (Pásale. No, él no está. Yo le doy tu recado. Mejor siéntate, hace tiempo quiero hablar contigo). Incluso le invitó una cerveza que se le atoró en la garganta sin quitarle la sed.

    Pues bien, el antagonismo ganó a cualquier posibilidad de unión ante el engaño masculino, ante la traición y el ultraje.

    –Vi los poemas que le escribiste. Él y yo no tenemos secretos.

    A los pocos minutos Paola sabía que todo eso era una locura. El excusarse:

    –Yo no quería lastimarte, yo siempre le dije que se decidiera, que te dijera la verdad.

    El pelearse por ver quién es a la que él quiere:

    –Ay, Paola, ¡Cuántas veces lo corrí, le dije que se fuera contigo, me quité de en medio! ... y no se iba. Ahí sí que yo ya no podía hacer nada, si tú no fuiste lo suficientemente mujer para retenerlo, no es mi culpa.

    El buscar y rebuscar en las intimidades:

    –Su problema soy yo. No me puede dejar. Y dime, ¿Qué hago, si viene y me ruega que me acueste con él?

    –¿Después de que te dejó? ¿Ya viviendo conmigo? ¿Cuando me dejó a mí? – ¿Cómo es que ya no había nada en la botella, si estaba tan cerrada su garganta que sentía que se iba a ahogar?

    –Siempre ha vuelto. Paolas hay muchas, pero después él siempre vuelve conmigo, aunque yo no quiera.

    Escudriñaron también las improbables verdades, las seguras mentiras de un futuro en común:

    –El me mandó llamar. –Concluyó la mujer muy pálida. –Se sentía solo. Me dijo que tenían problemas, que contigo ya no podía estar, que no aguantaba más, que yo era la mujer de su vida. Me dijo que no podía vivir sin mí, sin sus hijos. Vamos a comprar un departamento y viviremos juntos. Vieras cuánto me rogó... –el tono era de triunfo, mas no de esperanza.

    Paola en ese momento, de lo único que se acordaba, era de la reiterativa afirmación del hombre: "No la aguanto. No podría tocarla. No soporto su olor".

    Qué doble la mentira, cuánto más dolorosa para ambos. ¿O las dos eran verdades?

    Sabía que la esposa de su amante estaba enferma. Jamás se imaginó cuánto, cuánto deseaba morirse. Cuánto como ella, la mujer tampoco quería saber más nada de ese amor putrefacto.

    Mientras que la esposa palidecía, por el contrario ella se sonrojó. Qué vergüenza. Qué claro estaba todo. Qué imbécil había sido.

    Se despidió casi con afecto. Algo se le partió por dentro, ahora sí para siempre.

    Al día siguiente él le llamó al hotel para decirle que su mujer había muerto. Sin premeditación ni alevosía, había matado a una mujer que quería morirse. A alguien como ella misma, que quiere escaparse y no puede.

    Fue al hospital, bajó hasta el depósito de cadáveres diciendo que era su hermana (¿No eran los dos lados de una misma moneda que harta de rodar quiere detenerse sin conseguirlo?) sólo para verse en su rostro muerto. Su propia cara quedó ahí plasmada y en su lugar, la máscara de la sinrazón comenzó a hablar y actuar en ella, pétrea. Una de las dos había de morir para romper con el encantamiento. Acababan de condenarla a la vida.

    Prendí un cigarro. No sabía bien porqué me sentía tan turbado por esa historia por completo ajena a mí, hasta cierto punto conmovido por lo indefenso de esa delgada mujer que tanto quería escaparse hasta que vino a parar en mi sofá. Una historia turbia que le sentaba a la perfección a las horas de la noche que habíamos compartido. Qué simple era verla como una asesina que luego es capaz de provocar orgasmos a fuerza de latigazos puntiagudos.

    ¿Y yo? ¿Qué papel juego yo, a sus pies? perdido, sin saber cómo empezar otra vez, ni siquiera de mejor manera, de manera más limpia o sobria, sino sólo otra vez. Con mi ex-mujer, o con Fabián, o con cualquier alumna de la facultad, o con cualquier funcionario de la cultura feliz de tener contacto con La Verdad, escrita en el mismo viperino vómito surgido de mi gris vida de crítico. Cambiar sería mucho pedir. Sobrevivir al tedio sería bastante.

    Sentí el dedo de su pie acariciarme una mejilla. Volteé sólo para verla sonriendo, medio dormida. Besé su dedo gordo. Ella me lo metió en la boca, forzándome a mordérselo, a chuparlo. Lamí el interior de su muslo hasta llegar a su pubis. Ella me rodeó con las piernas, para impedir que me alejara.

    ¿De dónde surgía ese deseo? Quería convertirme en entomológo de mí mismo, pero algo me lo impedía. Por primera vez en muchos años, tal vez en toda mi vida, el deseo del cuerpo me arrastraba sin darme oportunidad de reflexionar, analizar o criticar.

    ¿Qué vería esta criatura en mí? Eso sí alcancé a preguntarme antes de volver a venirme en su cuerpo. No había lugar a engaños: yo me asumía como un ser abyecto y gelatinoso, a caballo entre la lujuria y el desprecio hacia todo lo bello y brillante de la vida. ¿Sería su gusto por mí parte de su autodestrucción? Si lo era, no querría quedarse.

    Una vez llegada a esta lluviosa Filipinas, esta extraña mujer del puerto ya había escogido su destino, tomado su riesgo al meterse conmigo. No le quedaba sino esperar la muerte por las tardes bebiendo ron con hielo.

    Mientras se vestía, la invité a desayunar.

    Dijo simplemente no, con una gran sonrisa.

    Mientras se peinaba, le pedí una cita.

    Denegó moviendo la cabeza.

    Pregunté cuándo volvería a verla y dijo nunca.

    Agitando el cuadernillo floreado amenacé:

    –Te conozco.

    Y ella respondió aplicando una gota de perfume al lóbulo de su oreja:

    –Consérvalo de recuerdo.

    –Me has hecho gozar tanto, murmuré vencido, para luego volver a la carga: –¡Y también gozaste tú! Como si con el placer pudiera atarla.

    –Gracias. Respondió antes de salir. La miré alejarse a través del jardín delantero, cargando su equipaje. De pie frente a la ventana, una tristeza inmensa hizo presa de mí.

    Los charcos lúgubres hacían sus nidos en la irregularidad pedregosa del sendero.

    Si uno mira la superficie, tal vez encontrará un arcoíris, pero si uno se acerca un poco, otro poco nada más, se encontrará con la contundente dureza gris de la piedra.


Celia del Palacio M. (México, D.F. 1960). Licenciada en Letras, maestra en sociología, doctora en historia por la UNAM. Ha publicado en diversas revistas y suplementos literarios de Guadalajara, Veracruz, Torreón, Sinaloa y el Distrito Federal.

    Fue becaria del FONCA, en la categoría jóvenes creadores en 1991 para escribir la novela Ventana al mar, inédita. Ha recibido premios literarios como el Adalberto Navarro Sánchez de la entonces Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guadalajara por el poemario Espirales en 1986 y el premio internacional de poesía Navachiste en 1992 por el poemario Otra bugambilia en la ventana.

    Ha publicado los libros de poesía: Espirales. El Mimeógrafo del Fauno. Universidad Autónoma de Sinaloa. 1986; Otra Bugambilia en la Ventana, Fonca- Poética de la Tierra, Sinaloa, 1993; Espirales del Deseo, Editorial Nosotros, Xalapa, Veracruz, 1999 y Manantial de Arena. Editorial El Ángel del Deseo, Guadalajara, 2001.

    Sus cuentos han aparecido en diferentes medios impresos: "Las Llaves", Revista Pulsos, Guadalajara, 1981; "Tarde de octubre con mujer a cuestas", en el libro de Sara Velasco La creación literaria en Jalisco, 1986; "La Aldaba del Portón Negro", Suplemento Cultural de El Informador, 1986 y "Todo el sabor del Pacífico", Revista Brecha, Torreón, Coahuila, 1992.




 
 
Argos 19 / Narrativa