María de Jesús Barrera
lilianabarrera@hotmail.com
 

En el centro de mi corazón
(fragmento de novela)



    ACLARACIÓN:

Lo que usted leerá  en este libro no será el atormentado peregrinar de un personaje —probablemente también hermano suyo—, por rutas insospechadas y una sola avidez: desentrañar el interminable desconsuelo de su alma por no querer habitar este mundo —entre otras cosas— por ingrato, por insensible.

    Lo confieso.

    Tampoco deseo adentrarme en la vida de una tía dipsómana que perdió el amor de su esposo. —¿Algún día lo tuvo?— Ni es mi intención que usted sepa los pormenores de la existencia de otra tía abuela, vieja y sola que despierta cada mañana con una sorpresa: «¡Aquí sigo!,» dice, ve las paredes tan blancas de su casa tan pequeña donde guarda un fantasma tan suyo y lo llama: Mi fantasma.

    Lo que quiero compartir con usted es el sorprendente caso de mi abuela María del Refugio Arvide Careaga, o mamá  Cuca. No ha sido fácil estructurar este relato. Más aún, durante su andamiaje lo he levantado y deshecho una y otra vez, construyéndome, destruyéndome. Mi fachada no sufrió cambio notable. Si acaso, las ocasionales ojeras que provoca el insomnio; es difícil transitar interminables noches sin una vislumbre épica de tu historia personal. En lo interior, donde espero que sabrán comprenderme, duele haber descubierto el lado oscuro, pero real, de mamá Cuca.

    Y para colmo, la indecisión, el miedo... Rectifìco: pánico de que algún consanguíneo se enemiste conmigo por revelar esta faceta desconocida de la abuela. No importa si lo toman como deben; el mundo está habitado por desmemoriados. Reincidimos con notable asiduidad en pasiones que forman historias con pocas variantes a la de mamá  Cuca. Después de todo, eso que ella hizo hace sesenta años es un asunto individual y factible de ocurrirle a cualquier vida en ebullición.

    Por algunos días llené cuadernos. Obsesa y disciplinada escribí puntual el registro de la vida que llevó mamá Cuca. Una nunca sabe hasta dónde puede llevarle su irreverente intromisión en las vidas ajenas. «¡Dios mío! ¿Cómo pude llegar a esto?,» me repetí asustada infinidad de veces. Constaté que la cruda realidad suele tomarse libertades absolutas que apabullan. Derrotan. Entonces, demasiado vencida para enfrentarla, le di la bienvenida a la razón y los cuadernos donde fui plasmando lo que supe sobre la historia de María del Refugio Arvide Careaga, fueron a dar a lo más profundo del cajón de mi mesa de trabajo. Irremediablemente enterrados.

    Claudiqué.

    Nada es definitivo. Al cabo de cierto tiempo una voz interna, poderosa, dominante, tomó por asalto mi voluntad: «¡Saca tu historia! ¡Termínala! Escríbela; es la única manera de no olvidarte de ti misma. ¿Para qué conservas la memoria sólo para ti? Este hecho sigilosamente guardado puede convertir al lector en parte de tu familia; él  se enterará de algo similar que ocurrió dentro de su propia vida.»

    Si así fuere le auguro profundo sosiego. Aunque no está  de más la siguiente advertencia: si es usted puritano o gazmoño le sugiero detenga su lectura, cierre este relato y arrójelo al fuego que tenga más a la mano.

    Si por el contrario, decide leerlo y ha sido usted lector de Shakespeare y tal vez, como mamá Cuca subrayó en Hamlet: Dame un hombre que no sea esclavo de sus pasiones y yo lo colocaré en el centro de mi corazón, agudice el recuerdo de cuáles líneas marcó en su texto. Cierta estoy, en más de alguna habremos de coincidir con María del Refugio Arvide Careaga.

    Hecha esta aclaración, prosigo...
 
 

I

Me llamo Gilda. Papá eligió mi nombre porque cuando él escuchó el llanto con el cual me anuncié a la vida, en su cuarto de música había quedado encendida la consola con el disco de Rigoletto puesto. Eso decía Víctor Zermeño, mi padre, ingeniero civil de profesión y melómano de oficio.

    Nací un doce de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe. Para Estela –mi madre-, mujer devota pero razonable, todas las vírgenes de México y del mundo entero son las misma: las de saya, las de manto, las amponas, las coronadas, dolorosas, triangulares y doradas que se colocan en los altares de las iglesias, son una: María. Por eso, el día de mi inesperado nacimiento, mamá había ido a la Basílica de la Virgen de Zapopan a visitar a Guadalupe y a pedirle su santísimo auxilio para que yo —casi por nacer— viniera al mundo con salud y felicidad —palabras de ella.

    Hincada ante el altar mayor en un sitio equidistante entre un Cristo crucificado, sangrante, y un san Agustín con mirada dulcificada y al mismo tiempo triste por haber despojado de los instintos bestiales a los animales, pero no a los hombres, Estela reverente y en murmullo casi inaudible pronunció aquello de: ...bendita tú eres entre todas las mujeres..., cuando sintió un dolor arriba de las ingles y apresuró la oración deseosa de retornar a sitio seguro: el hogar.

    A las cinco de la tarde mamá estaba abriendo la puerta de nuestra casa situada en la calle Montenegro, avenida espaciosa y arbolada de Guadalajara, la ciudad donde nací y vivo. Estela encontró a Víctor en el cuarto de música. Papá estaba acompañado por tres familiares: la abuela Cuca, su madre; Julia, hermana de mi abuela; y Pedro, hermano gemelo de papá . Estela los sorprendió sentados en la sala bebiendo un anisado de sobremesa y atendidos por Sofía, la joven empleada doméstica –pequeña, morena y quijada cuadrada—. Tenían rato escuchando ópera. Al verlos, la expresión de mamá no fue festiva. Torpe, echó la barriga hacia delante y dejó caer el bolso sobre la mesa de centro.

    Víctor reparó en el semblante desmejorado de su mujer y atemorizado, con voz delgada, silbante, preguntó:

    —¿El niño...?

    —Un calambre me está dando aquí –mamá colocó sus manos bajo el estómago, como levantándolo y a la vez sosteniéndolo. Movió la cabeza con exasperación.

    —¿Qué fecha te dio Jesús, para....? –Alarmada preguntó mi abuela Cuca.

    —El doctor Briseño dijo que para el diecinueve; falta una semana.

    —¿Le hablo? Por la hora, es posible encontrarlo en su casa; la tenemos a tiro de piedra. Si no, le llamó por teléfono a su consultorio.

    —No es necesario, Víctor. El dolor está pasando.

    Estela brindó inmediato sosiego al próximo e impaciente padre. Calificó de excesiva su preocupación, lo besó en la mejilla, saludó a su suegra, a la tía de su esposo, al cuñado, y a Sofía que, expectante, estaba lista para cualquier mandato, le ordenó que subiera el bolso a su habitación.

    Estela se quitó el suéter. Hizo con una mano el movimiento que todavía la caracteriza; llevó hacia atrás el cabello que, necio, al instante volvió a cubrir su frente. No apeteció beber nada. Hizo caso omiso a la invitación a sentarse y mientras los otros reanudaron sus posturas anteriores, ella, viéndose de mejor semblante aseguró que el dolor había pasado. Se colocó de perfil frente al espejo colgado en la pared del vestíbulo que separa la sala del comedor, y recorrió con las manos su abultado vientre. Suspiró profunda, prolongadamente, como si le fuera la vida en ello. Profética, dijo:

    —Será  niña. No tarda en llegar.

    Contra los buenos modales que le había inculcado su madre, la espontaneidad de Víctor fue inevitable:

    —¡Císcate! ¡Toco madera!— Las palabras las trajo el recuerdo de los días infantiles cuando las recitaban como una especie de ensalmo para alejar los malos augurios. La mano de Víctor se deslizó repetidamente sobre la mesa de centro. Expresó su deseo:

    —Será  hombre.

    —Lo que Dios quiera—La voz apasionada de Estela reflejó la firmeza de su fe religiosa.

    —Querrá  que sea hombre—, insistió Víctor.

    —Lo que venga, pero bien y ya está—, opinó tía Julia sonriente y con toda la sabiduría de sus años.

    Sin posibilidad de que las partes en desacuerdo llegaran a la concordia o demasiado cansada para intentarlo, Estela dijo sentirse rendida por la fatiga de su recorrido y por ese leve dolor que sabrá Dios a qué hora le volvería a aparecer. Que los dejaba escuchando aquel canto; a ella no le gustaba tanto drama, tomaría una ducha, tal vez  dormiría la siesta, y que si acaso regresaba su molestia, ella avisaba. Subió los escalones con el paso cansado de las mujeres próximas a dar a luz.

    Estela entró en el cuarto de baño, se descalzó y empezó a desnudarse: medias, falda, blusa, sostén, calzones, fueron cayendo encima del cesto de la ropa sucia. Abrió el grifo de la regadera. Dio un paso hacia el agua y aterrorizada, descubrió entre sus piernas un hilo de sangre que rápido ganó presión, descendió a sus pies en corriente impetuosa y manchó de rojo el piso. Tomó el vientre con sus manos, vio cómo la sangre se fue mezclando con el agua que salía de la regadera, y antes de perder el sentido, gritó:

    —¡Me muero!

    Imponente lamento. El ¡me muero! en crescendo se impuso por encima del espléndido canto de la soprano. El sobresalto los paralizó. Ocho ojos estuvieron pendientes de la pasta negra del disco marca Angel Records. La voz de María Callas interpretando a Gilda, personaje de la ópera:

Ah se può lieto rendervi,
¡Gioia è la vita, la vita a me!
    Víctor, la abuela Cuca, tía Julia, y tío Pedro, quedaron por instantes petrificados. Papá, violento llevó la servilleta a la boca, limpió el licor que no alcanzó a tragar y empezó a toser desesperado. La abuela Cuca asustada se levantó, miró a los lados como preguntando «quién grita así,» ajustó los faldones de su saco sastre y giró dando vueltas sobre sus talones sin saber qué hacer. Tía Julia corrió a abrazar a su hermana como protegiéndola de un peligro imperceptible pero acechante. Tío Pedro, con la copa en una mano no atinó a dejarla sobre la mesa de centro o beberla de golpe.

    Víctor, por fin llevó sus manos a la cabeza y con las facciones descompuestas corrió escalera arriba. Lo siguieron sin tomar las providencias necesarias; ni siquiera a Sofía se le ocurrió detener a mamá  Cuca, quien pese a tener el corazón enfermo, subió las escaleras al mismo ritmo acelerado de sus hijos. Nadie imaginó lo que iban a presenciar: Estela yacía sobre el piso del cuarto de baño. De no ser por los desgarradores quejidos que venían de la inconsciencia, se podía dar por muerta. La blanca desnudez de mamá  resaltó en medio del charco de aguasangre. Víctor, trastornado se inclinó, le levantó la cabeza hasta depositarla sobre su regazo. Mi abuela cubrió con una toalla marrón los senos firmes de su nuera y el vientre que se agitó en forma por demás visible. Tío Pedro brincó el cuerpo tirado en el piso, estiró un brazo y cerró el grifo de la regadera.

    Víctor sólo acertaba a acariciar la frente húmeda de su mujer y suplicar:

    —Estela, háblame. ¿Qué tienes, Estela...?

    Tía Julia, la más cuerda de los presentes, evidenció lo que sucedía, se acercó a Sofía, la asió por el brazo y como si la muchacha tuviera algo de culpa en lo que estaba sucediendo, la zarandeó gritando:

    —¡Briseño, Sofía! ¡Vaya por Jesús! ¡A Estela le llegó el momento!

    El doctor Jesús Briseño vivía —vive— a tres puertas de la casa de mis padres y Sofía, pálida, corrió a buscarlo. Afortunadamente lo encontró y cinco minutos más tarde el doctor llegó cargando el maletín de los primeros auxilios. Vio el cuadro desolador. Preocupado se acarició el abundante bigote con pocas hebras blancas y aún cuando su voz no presentó ningún énfasis, la orden salió contundente:

    —¡Salgan!

    Víctor imploró comprensión:

    —Es mi mujer, Jesús.

    Briseño le arrebató a Estela y de rodillas, humilde, pidió:

    —No estorbes, Víctor.

    Tío Pedro hizo uso de la fuerza y a empellones arrastró a papá  fuera del cuarto. Mi abuela se sostuvo del lavabo. Ni su hermana pudo desprenderla. Briseño les advirtió:

    —¡Quietecitas!, ¿eh?

    El médico optó por ignorarlas, dio la espalda y pidió a Sofía, quien siempre mantuvo los ojos redondos como lunas con un iris dilatado, toallas y sábanas limpias... Luego de las apresuradas carreras llevando lo necesario, Briseño le ordenó quedarse parada cerca del umbral por si algo más se ofrecía y para mayor angustia de Víctor, cerró la puerta del cuarto de baño.

    Se acuclilló, acomodó boca arriba el cuerpo caído, le flexionó las piernas por las rodillas, pasó por la nariz de mamá  un algodón empapado de alcohol y firme con voz dura, exigió:

    —Ahora, no te está  permitido desmayarte, Estela. Vamos, el trabajo tú lo harás.

    Como un recurso para que ella no volviera a sumirse en la inconsciencia, Briseño empezó a hablar del significado de la vida, el milagro de la naturaleza. Él no recordaba cuántos niños había traído al mundo y sin embargo no dejaba de asombrarle presenciar un nacimiento más. Habló pausado, dulcemente, como si cada palabra fuera una caricia. Colocó las manos de Estela sobre el vientre, junto a las suyas, y empujaron vigorosa y a la vez lentamente. Aquella firme presión hizo renacer en Estela la esperanza:

    —¡Ayúdanos, virgen santísima!— Imploró con sus labios resecos y blancos.

    Briseñó limpió con una toalla la frente pegajosa de Estela. Ordenó:

    —¡Puja! ¡Puja!

    El dolor de mamá  adquirió diferentes intensidades; de un cólico soportable acompañado de escalofríos, fue aumentando paulatinamente hasta arrebatarle la toalla a Briseño. La introdujo en su boca; la apretó fuerte para no soltar el grito porque sus entrañas se desgarraban, se abrían, se desgajaban. No sabía a ciencia cierta qué le estaba sucediendo, pero claramente sintió el batir invisible que le rompía el interior, arrancándole el alma. Justo, en el centro de ella misma sintió el dolor más insoportable. La ruptura y el interminable rasgón la extenuaron hasta para sacar del pecho el bramido que, desmadejada lo asordinó en débil queja.

    Papá hizo guardia recorriendo el pasillo de punta apunta. Lo paró en seco un ruido ronco y desesperado que le erizó los vellos de los brazos fuertes y largos. La afónica estridencia provenía del baño.

    —La voz de tu primogénito no llegará  a ser de tenor o barítono, Víctor— Pedro colocó un brazo por encima de los hombros de papá  y lo atrajo hacia él, como cobijándolo.

    La iniciativa del ruido no fue mía ni de Estela, sino de mamá  Cuca. En el momento de mi aparición a la vida, ella se preparó debidamente para ser parte medular de esta historia. Sorprendió al mismo doctor Briseño quien había olvidado que no estaban solos él y Estela. Angustiado por el extraño, pasmoso grito que sintió tras de él, cerca de su nuca, volvió el rostro y vio cómo mi abuela había resbalado al piso. Con las piernas abiertas temblaba en arcadas como si fuera a dar a luz. Tía Julia, inclinada hacia delante, no halló cómo multiplicar sus brazos para cobijar a su hermana.

    ¿De qué lado colocarse? Briseño sentía entre sus manos la parte superior de mi cabeza saliendo a la vida, pero a sus espaldas mi abuela, ya silenciosa y quieta, empezaba a dejar de existir; estaba desapareciendo de la vida. Iba camino a la nada. Briseño no se movió de su sitio. Tuvo la sensación de que hiciera lo que hiciera las cosas no iban a cambiar. Se sintió obligado hacia ambas mujeres. Frente a él, Estela trayéndome al mundo; tras de él, mamá  Cuca yéndose fuera de la vida como los aluches mayas atraviesan la oscuridad de la noche. Él comprendió que no podría variar el rumbo de los hechos. Lo quisiera o no, en el mismo sitio se estaba batiendo una sola puerta con dos letreros: ENTRADA, SALIDA. En su larga vida profesional era la primera vez que el destino, en el mismo y reducido espacio, lo atrincheraba contra la pared: el nacimiento de una niña, la agonía de una mujer. ¿Vida? ¿Muerte? Titubeó. Optó por la primer puerta.

    El siguiente ruido fue el llanto con el cual me anuncié a la vida. Los hermanos lo escucharon más afinado. Incluso, Víctor se atrevió a modificar la opinión de Pedro:

    —El sonido progresa, hermano. No todo está  perdido –dijo con verdadera emoción, ignorando que en esa casa situada en la calle Montenegro acababan de cruzarse cara a cara, por una fracción de segundo, la vida y la muerte. En la sala nadie quitó de la consola el disco de Rigoletto. Víctor, desde donde estaba, grabó en su mente las voces a duo de María Callas y Tito Gobbi:
 

¡Oh quanto affetto! Quali cure!
¿Che temete, che temete, padre mio...?
    Mientras, me apoderé de un sitio en el mundo. Quizá  el lugar que dejó María del Refugio Arvide Careaga, mi abuela Cuca, que nos abandonó para siempre hace treinta años.


María Jesús Barrera. Nació en Nueva Rosita, Coahuila. María Jesús Barrera radica en Guadalajara desde 1960. Es licenciada en pedagogía (UPN), y maestra en lengua y literatura mexicana (Universidad de Guadalajara). Es miembro fundador del Centro Literario Rosario Castellanos y de la revista Perfiles. Es integrante de la Mesa Literaria con la que a la fecha colabora. Publicó en 1981 la novela, La casa de los pavorreales (editorial Benito Juárez del SNTE). En 1984 participó en la antología De color barrovino; en 1989 publicó la novela Otra vez lunes (editorial Joaquín Mortiz). Fue premiada en el concurso de cuento FIL-SEP, 1991, con su obra, Manos juntas. En 1998 publicó la novela Vetas de la memoria (editorial Plaza y Valdés). Ha publicado cuento en la colección Perversitudes, en tres volumenes: La mentira, El suicidio y El secuestro.  Es miembro de la Sociedad General de Escritores de México. Su nombre aparece en la Enciclopedía Temática de Autores Jaliscienses. Obra inédita, novela En el centro de mi corazón.




 
 
Argos 19/ Narrativa