Pedro González Díaz
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Las colonias de Víznar
(Tragedia de agosto)
en cuatro Actos y diez Cuadros


Personajes:

FEDERICO FALANGISTA JOVEN

DIÓSCORO FALANGISTA (Gobierno C.)

GALADÍ CIVIL

CABEZAS BUFÓN

ALONSO PINTOR

TRESCASTRO SEÑOR

SOMBRA 5 MUJERES DE LUTO

PEPINIQUI EDUARDO

VALDÉS TRIPALDI

VELASCO 2 FALANGISTAS (Víznar)

GITANO JULIÁN

NIÑO Desconocidos, Falangistas,

Guardias de Asalto y Acompañamiento
 

Acción: Toda la acción transcurre en Granada y Víznar.



 
 

PRIMER ACTO (Prólogo)

    (Por delante del telón bajado aparece Federico García Lorca. Lleva puesto los pantalones de un traje oscuro de verano y la chaqueta de un pijama a rayas de la época; doblada en el brazo, la chaqueta del traje)

    FEDERICO (seguro de sí mismo al principio): Señoras y señores: He venido a Granada para presentarles una obra de teatro español. Quisiera que ustedes comprendan la grandeza del momento en el que todos, director, actores y público, nos hacemos cómplices en la constitución de un acto de arte, libre de las tiranías de los palcos y plateas distinguidas. Mi gran pretensión, señores, quizá demasiado ambiciosa ya, es que el teatro sea el arte de la vida cotidiana, el gran caballero andante al ritmo de la época, ocupado en recoger el latido total de la vida a través de las emociones, los dolores, las luchas y los dramas del rey y del mendigo, del asesino y la víctima, lo azul y lo rojo. Pero lo que ahora nos imponen, y aún llamamos teatro, no sabe distinguir las estaciones, ni preserva la asimetría de los años pasados y futuros, ni de las risas y las lágrimas. Yo pretendo que los actores representen la historia verdadera, la de sus personajes y la de ustedes.

    Como saben, yo mismo he escrito varias piezas de teatro y en mi mente ya se configuran otras muchas. Pero les confieso que temo el momento en que se levante el telón, dejando libre el fluir del tiempo inmediato. Vine a Granada buscando mis guiñoles de niñez y el calor acogedor de las formas humanas del principio, pero me he encontrado con esta guerra entre hermanos. Y es que desde hace ya más de cuatro siglos, a Granada siempre se llega equivocado, siempre demasiado tarde.

    (Ya más inquieto) Yo deseo fervientemente olvidar las imágenes lúgubres, las pesadillas de campos llenos de muertos, de ortigas de silencio. Porque yo amo apasionadamente las causas de futuro y mantengo la esperanza de que, algún día, algún poeta pueda llegar a Granada en el momento justo, con el olor preciso. Pero no puedo evitar que hoy, 16 de Agosto de 1936, yo, que me he sentido poeta de Granada, tenga presentimientos de una ciudad enlutada, llena de cicuta y de hielo sucio de verano, y temo que, de entre ustedes, vengan a este escenario gigantones de miedo que me habrán de cortar la retirada a mi vida creativa y, en flor, la vida misma.

    ( Mientras el telón se levanta lentamente, Federico retrocede despacio hacia el interior del escenario. Es éste un patio de casa bien granadina, con una fuente en el centro, mecedoras, macetas, flores y un abeto. En un ambiente de frescor, la fuente hace correr sonoramente agua por sus surtidores. Hay una escalera nebulosa al fondo y, a los lados, sillas y ventanas con rejas andaluzas.)

    FEDERICO (después de una pausa, entrecortadamente): Pues bien, como les iba diciendo a ustedes. (pausa) Me perdonarán, pero ustedes también han visto subir el telón verdad? Yo ya no debería estar aquí. Mi único cometido era hacer la presentación. ¡Aquí ha habido un error muy grande!

    ( Desde el patio de butacas suben al escenario Ramón Ruiz Alonso y Juan Luis Trescastro. Llevan moño con las insignias de la Falange Española y van peinados con fijador. Mientras el primero se aproxima a Federico, el segundo permanece junto a la entrada al patio desde la calle.)

    FEDERICO (continúa, cada vez más inquieto): Este escenario es muy grande. (pausa) Empiezo a comprender la situación en que me encuentro. Convendría hacer algo.

    (Van apareciendo mujeres enlutadas con velo. Vagamente recuerdan personajes lorquianos femeninos. Deambulan por el escenario sin que, aparentemente, Federico note su presencia. Algunas se sientan. Al mismo tiempo, por los andamios, ventanas y puertas del escenario, se dejan ver guardias de asalto y milicias bien armados que vigilan atentamente todo lo que ocurre. Alonso se adelanta, enfrentándose a Federico)

    ALONSO (dándole la mano): ¿Es usted Federico García Lorca?

    FEDERICO (asustado): Sí, sí; soy yo, pero...

    ALONSO: Tiene que acompañarme al Gobierno Civil. Pero no se preocupe; es sólo para hacer unas declaraciones.

    FEDERICO: ¿Yo?, ¿por qué?

    ALONSO: Es preciso.

    FEDERICO: Iré, claro, ¡Ay de mí! Pero no puedo salir así de casa. Precisamente iba a echarme la siesta ahora. Tendré que vestirme. Me llevará un poco de tiempo arreglarme.

    ALONSO: De acuerdo, pero dese prisa. La guerra apremia con asuntos más importantes. Ya le he dicho que lo suyo es asunto de puro trámite, aunque no debo ocultarle que ha habido una denuncia muy seria contra usted.

    MUJER DE LUTO 1: Señor Alonso, ¿no se tomaría usted una tacita de café mientras se viste Federico?

    ALONSO: Bueno, bueno. Le aceptaré a usted un cafecito rápido. Pero, por favor, que esté bien cargado. Ni sé las horas que llevo ya sin dormir. Muchas gracias.

    (La mujer de Luto 1 le sirve café en una taza. Alonso lo degusta con placer, lentamente. Las campanas de la catedral dan la hora de la tarde.)

    FEDERICO: ¡Por favor, dígame usted que no van a hacerme daño, que no van a maltratarme! Yo sólo he venido a Granada al cumpleaños de mi padre. Ni soy actor aquí ni quiero tener nada que ver con este drama sangriento.

    ALONSO: Nuestra cruzada pretende una España grande, católica y viril. Sólo se hará lo preciso para la purificación de la patria.

    TRESCASTRO (al público, en voz baja y riendo): ¡Mejor abreviáramos! ¿Por qué no se viene tal y como está vestido? Después de todo, ¿para qué estropear un traje caro y nuevo?

    (Las mujeres de luto se reunen a un lado del escenario. Hablan entre ellas.)

    MUJER DE LUTO 2: ¿Pero qué ha hecho?, ¿qué delito ha cometido?

    MUJER DE LUTO 1: Nosotras no lo sabemos, pero dicen...

    MUJER DE LUTO 3: que ha hecho de Granada su Barraca,...

    MUJER DE LUTO 4: de los hombres principales, objeto de arte afeminado...

    MUJER DE LUTO 5: y, sobre todo, se ha atrevido a respirar aires más altos.

    MUJER DE LUTO 2: Naturalmente, esto ha sentado muy mal en ciertos círculos respetables de la ciudad.

    MUJER DE LUTO 3: Es en verdad algo intolerable.

    MUJER DE LUTO 1: Mejor será que se quede aquí, en este escenario, no sea que vuelva a las andadas, dilapidando el caudal, escaso ya, de su decencia y hombría. Mejor será que sea personaje trágico de un drama que amigo de los rojos o mariquita vicioso del Albaicín o los arrabales del Caribe.

    ALONSO (dirigiéndose al corro de mujeres): Está perdido. Irremisiblemente atrapado; ligado indisolublemente a su propio personaje, a la tiranía del guión de este epílogo precipitado a su obra inconclusa.

    MUJER DE LUTO 2: Ya será para siempre uno más de nosotros.

    MUJERES DE LUTO 3, 4 y 5: Un personaje más del teatro de España: Autor y personaje de esta tragedia telúrica.

    MUJER DE LUTO 1: Oremos pues por él.

    TODAS: ¡Oremos!

    (La Mujer de Luto 1 comienza a recitar letanías, llevando en la mano un rosario de cuentas de arrayán. Las demás mujeres le contestan. Entretanto Alonso se va tomando el café, Federico se peina nerviosamente; intenta y no puede atarse los cordones de los zapatos. Después, se arrodilla y reza ante una imagen del Sagrado Corazón)

    MUJER DE LUTO 1:

Granada cauce del agua.
Luces rojizas de zambra.
Alhambra jardín del alba.


    (A cada una, las demás mujeres contestan: "Miserere Nobis")

    MUJER DE LUTO 1:
 

Memoria de Boabdil hermoso.
Vega larga del reposo.
Fuegos fatuos de Agosto.
Cicuta madre de España.
Fuente quieta de las lágrimas.

Luna madre del desierto.
Estrella de la mañana.
Estrella de los arrabales.
Cruz lejana del sur.


    (A cada una, las demás mujeres contestan: "Ora pro Nobis".)

    (Entran Dióscoro, Cabezas y Galadí. El primero, al que le falta una pierna, lleva un traje malo de verano y dos muletas; los otros dos van medio vestidos de torero. Su presencia parece pasar inadvertida por los demás personajes. Dióscoro se pone a acompañar a la Mujer de Luto 1 dictando las letanías, mientras que los otros dos se unen al coro que contesta.)

    MUJER DE LUTO 1 y DIÓSCORO:
 

Jornaleros de Jaén.
Marineritos de Málaga.
Liberales de la Costa.
Albaicineros de raza.

Niñas buenas de Almería.
Sabios de Córdoba y Cabra.
Saeteros de Sevilla.
Braceros de la Alpujarra.


    (A cada una, los demás contestan: "Ora pro Nobis")

    MUJER DE LUTO 1 y DIÓSCORO:

    Agnus Dei que no nos ves.

    LOS DEMAS:

    De los generales, protégele.
    De los clérigos, sálvale.
    De los intelectuales, líbrale.

    MUJER DE LUTO 1 y DIÓSCORO:

    Agnus Dei que no nos oyes.

    LOS DEMAS:
 

De los asesinos, escóndele.
De las burguesías, ocúltale.
De los pontífices, desconócele.


    MUJER DE LUTO 1 y DIÓSCORO:

    Agnus Dei que nos crees.

    LOS DEMAS:
 

De los pistoleros, protégele.
De los perros de la noche, sálvale.
De los salvadores, aléjale.


    MUJER DE LUTO 1 (Concluyendo):Exaudi nos Domine. Ahora ya nada más podemos hacer por él.

    TRESCASTRO (alarmado): ¿Y si intenta escapar, huir por los tejados?

    ALONSO (dejando la taza ya vacía sobre la mesa): No se puede escapar, porque están tomadas las azoteas.

    (Lentamente el escenario se oscurece. La única iluminación es la de un foco que se concentra el lugar donde Federico, prisionero de su luz, trata de escapar de ésta. Sólo es posible oir la voz de Federico y el sonido del agua de la fuente.)

    FEDERICO: ¿Por qué esta luz a mi tan sólo dirigida? ¿Qué es lo que en mí tanto significa para el público? Yo sólo soy un hombre de pueblo obligado por mis propias raíces a escribir sobre cosas naturales. ¿Qué soy yo sin la gente, sin los pobres buenos de las últimas filas de la sala? ¡No, no me condenéis a esta soledad, porque se me va helando el corazón con esta luz de nieve! (pausa) Con vosotros trato asuntos serios. Habéis reconducido mis poemas por senderos complicados que no entiendo, pero que, lo admito, producen dineros y envidias. Yo nací para descubrir la grandeza de las cosas sencillas y vosotros me enterráis en esta vorágine de luz que apenas si puedo soportar, que me deja a merced de las sombras y de los crímenes impunes. ¡Yo no quiero esta luz para mí sólo! La luz debe ser para todos.

    Me veis y no os veo. Y me presiento convertido en blanco perfecto para los fusiles terribles de ignorancia. ¡Por el amor de Dios, señor director, realizadores y técnicos de este teatro de sombras!: ¡Enciendan todas las luces del escenario y de la sala! Qué todos nos veamos, por si esta locura tiene todavía algún remedio para mí.

    (Lentamente se va iluminando todo el escenario mientras los personajes permanecen inmóviles. Han desaparecido, no obstante, Dióscoro, Cabezas y Galadí. Sólo Federico se mueve, pero es como un muñeco. Fuera, se oyen el motor de un coche y algunas voces despavoridas.)

    ALONSO (dirigiéndose al público): Ha hecho más daño con la pluma que otros con una ametralladora.

    TRESCASTRO y VOCES FUERA: ¡Más daño, más daño!

    TRESCASTRO: ¡Y con el culo también! ¡Más daño!

    ALONSO: Ya hemos perdido demasiado tiempo. Es hora de marcharnos. Señor García Lorca sírvase usted acompañarnos.

    (Entra un falangista joven. Federico se agarra a su brazo, mirándolo con ansiedad. Salen Alonso, Trescastro, el falangista joven y Federico. Las mujeres quedan llorando. Fuera se oye el coche que arranca y voces lejanas.)

    VOZ DE VIEJA (castiza, pregonando):
 

¡Cestica e fresa!
¡Cestica e fresa!


    VOCES DE CHIQUILLOS (contestando a coro, burlones):

    ¡Bocaos de princesa!
    A la luna llevan presa
    por la calle de Duquesa.

    VOZ DE VIEJA:

    ¡Cestica e fresa!
    ¡Cestica e fresa!
    Y por ca cestico
    ¡Un fresón de mandaico!
    ¡Cestica e fresa!
    ¡Cestica e fresa!

    VOCES DE CHIQUILLOS (repiten el mismo estribillo).
 
 

TELÓN MUY LENTO



 

SEGUNDO ACTO
 
 

    Primer Cuadro

(Sala grande del Gobierno Civil de Granada. Hay mucha gente: falangistas, guardias de asalto, militares y civiles. Fuman, charlan y ríen. Cuando entran o salen, saludan brazo en alto mientras gritan ``¡Arriba España!'', o simplemente, "¡España!". En un banco de madera dormitan dos guardias junto a la habitación de detenidos. Hay un movimiento de presos cabizbajos y malvestidos escoltados por guardias. Al fondo, un ordenanza sentado frente a una mesita de escritorio, escribe y tacha nombres en unas listas. Frente a él hay una larga cola en la que los personajes charlan animadamente.)

    FALANGISTA (liando un cigarrillo): ¿Hace un pitillo camarada?

    CIVIL: ¡Venga acá! Más que me he quedado sin existencias. En cuanto despache este asunto, iré a comprar al estanco de la placeta de la Trinidad. Pero ahora ya tenía ganas de fumar. Así que muchas gracias.

    FALANGISTA: ¿Y qué le trae a usted por aquí?

    CIVIL: Sabe, yo vengo para ver de salvar al niño de mi panadero. Es un extremista de cuidado, pero si no consigo salvarle el pescuezo, probablemente su padre no volverá a guardarle los panecillos más blancos a mi mujer. Y sin panecillos blancos puede que mi mujer no esté contenta ni siquiera en la cama.

    FALANGISTA (riendo): ¡Buena causa camarada!

    CIVIL: ¿Y usted?, ¿qué viene usted a pedir?

    FALANGISTA (bajando la voz): Es algo confidencial. De carácter más bien político. Digamos que se trata de algo relacionado con un fulano que nos está haciendo la puñeta a nivel ideológico.

    CIVIL (en tono burlón): Lo supongo a usted creyente. Hombre, yo diría que para ventilarse a un cristiano siempre hay tiempo. Hay que pensárselo un pelín.

    FALANGISTA (confidencialmente): No se alarme. Este asunto ya está hablado y perfectamente fundamentado ideológicamente.

    CIVIL: ¡Vamos, vamos! Al verlo a usted tan joven, yo imaginé que lo traía más bien un asunto de faldas.

    (ríen los dos)

    FALANGISTA (poniéndose serio y solemne): Yo creo que lo que hay que hacer es actuar y ser absolutamente inflexible. Mire usted: hace ya casi un mes que empezamos el alzamiento y aún estamos muy lejos de cubrir sus altos objetivos. Francamente, ¿sabe que le digo?, que me siento un poco pesimista y a la vez frustrado. No comprendo a este pueblo español ni el por qué de que se resista tanto a aceptar la grandeza de nuestro movimiento patriótico.

    CIVIL: ¡Vamos, vamos! No dramaticemos.

    FALANGISTA: Yo soñé con un éxito inmediato: grandes multitudes de jóvenes, mujeres y niños avanzando incontenibles, inflamadas por nuestras ideas, llenas de espíritu y alegría. (pausa) ¿Y qué nos hemos encontrado? Pues un pueblo acobardado, decadente y envenenado por los infundios marxistas: tinieblas inciertas que envuelven denuncias, paseos y venganzas. ¡Hay que endurecer todos los procedimientos para completar nuestra cruzada cuanto antes! Pero aún así me temo que llegaremos al final con más tristeza que entusiasmo.

    CIVIL (como de vuelta de todo): Desgraciadamente las revoluciones verdaderas, y la nuestra lo es, necesitan sangre. Con el paso del tiempo, incluso las ideas más altas y viriles llegan a deteriorarse. Es precisamente entonces cuando se debe hacer la revolución, cuando se necesita derramar la sangre adulterada.

    FALANGISTA: A veces no es tan fácil distinguir un rojo verdadero de una víctima inocente de la venganza.

    PINTOR (lleva delantal, cuello almidonado y botas altas militares. Está pintando un retrato de Franco): Tampoco parece fácil distinguir el arte verdadero de las formas decadentes. Esas mierdas que llaman expresionismo, cubismo, subrrealismo...¡El arte de los rojos, vamos! Este equívoco ya ha pasado otras veces por la historia; o mejor dicho, se hizo presente en los momentos en los que las civilizaciones estaban a punto de caer de puro corrompidas. (pausa) Bueno, ¡Ya está! (dándole un último toque de pincel a su cuadro) Por hoy ya vale. ¿Quién me da ahora un pitillo rubio?

    FALANGISTA: Tendrás que conformarte con uno negro. Pero, tú, pintor, me parece a mí que no eres del todo trigo limpio. ¡Los hombres de verdad, sean artistas o no, fuman tabaco negro!

    CIVIL: Bueno, bueno, querido camarada, tampoco es preciso llevar las cosas tan lejos. Hay que ser razonables y reconocer que los americanos tienen también sus cosas buenas. Entre ellas, por ejemplo, el tabaco rubio... ¡Y las tías buenas! (ríe).

    FALANGISTA (muy ufano): ¡La mirada clara y lejos, el aliento varonil!

    CIVIL (ignorando lo que dice el otro): Los americanos también hicieron su revolución, querido camarada. También tuvieron su escoria, su chusma de inútiles; pero antes de que el tinte rojizo de su piel les llegara al corazón, resolvieron de una vez por todas y los borraron del mapa. Ahora ya no hay allí pieles rojas: ni indias ni políticas.

    (Risas de todos los que escuchan la conversación. Aparece un bufón con camisa azul. Baila desacompasadamente, dando brincos por el escenario. Acompañado por música de la tuna, canta desplegando colores rojos y gualdas.)
 

Extremistas y asesinos.
Marxistas, chusma sin Dios.
Rateros del Albaicín.
¿De qué color?
Rojos son sus corazones
Que la Virgen los perdone;
La Virgen pero no yo.

Mariquitas y bandidos.
Masones de San Antón.
Moriscos de la Alpujarra.
¿De qué color?
De gualda sus corazones
Que la Virgen los perdone;
La Virgen pero no yo.

Cátedros de tres al cuarto.
Sabiondos, libres de amor.
Anarquistas de la Sierra.
¿De qué color?
Morados sus corazones
Que la Virgen los perdone;
La Virgen pero no yo.


    (Aplausos, risas y alboroto saludan al bufón. El jolgorio se interrumpe bruscamente cuando entra el gobernador civil Valdés acompañado por un señor de porte respetable. Todos parecen sobrecogidos de temor. El Gobernador es un hombre muy serio: enjuto, cetrino y de empaque muy militar. Encima del uniforme lleva una capa corta, distinguida. Los dos se dirigen resueltamente a la mesa del fondo.)

    VALDÉS: ¿De quién se trata?

    SEÑOR: Es el barbero del Hospital de San Juan de Dios. Un buen hombre mi comandante.

    VALDÉS (mirando las listas que hay sobre la mesa): Sí. Está en la lista de los cuarenta que serán fusilados en represalia por los bombardeos de los rojos. No hay inconveniente en borrarlo. Indíqueme usted un nombre de los que hay en esta otra relación y se le sustituye.

    SEÑOR (horrorizado): ¡Pero yo no quiero llevar algo así sobre mi conciencia!

    VALDÉS: Han de ser cuarenta. Ni uno más ni uno menos. Usted verá. Ahora le ruego no me retenga más. He de salir al punto para reunirme con los camaradas de Lanjarón.

    (Sale el comandante Valdés. Todos en el escenario reemprenden su actividad anterior. El Bufón se dirige ahora al público.)

    BUFÓN:

    ¿Un cargo para su hijo?
    ¿Un piso para su amante?
    Es el momento oportuno
    de los hombres importantes.

    Con buenos antecedentes
    y mejores relaciones,
    se libraran de enemigos,
    ganaran hojas de roble.

    Pidan ustedes señores.
    La relación ya habrán visto.
    En el mercado de sangre
    el que gana es el más listo.

    ¿Hay alguien en su trabajo
    que no le deja medrar?
    Si usted lo pinta de rojo
    ¡Ya puede echarse a temblar!

    Si hay mujer que no le quiere,
    ¡Busque su nombre en la lista!
    Si sabe sus apellidos
    No hay mujer que se resista.

    Pidan ustedes señores.
    La relación ya habrán visto.
    En el mercado de sangre
    el que gana es el más listo.

    (Entretanto, el Ordenanza ha puesto un cartel que dice "Cerrado"' sobre la mesa y ha hecho mutis. Todos los presentes empiezan entonces a marcharse. El Pintor recoge su tenderete y también el Bufón hace mutis. Cuando ya la sala está desalojada, entran Federico, del brazo del falangista joven, Alonso y Trescastro. Alonso llama a la puerta de uno de los despachos y entra después en él.)

    FALANGISTA JOVEN (a Trescastro): Ya me has oído. Que tengo un interés personal muy grande en que a este hombre no se le maltrate.

    TRESCASTRO: Bien, bien; pero no hace falta que insistas tanto. En cualquier caso, el asunto de este detenido es de más altos vuelos. No va a ser ninguno de nosotros quien vaya a decidirlo.

    FEDERICO (a Falangista Joven): ¡Por favor, por favor, busca en seguida a Pepiniqui! ¡Tiene que sacarme de aquí cuanto antes! Él es un hombre importante, un mandón de la Falange. Podrá hacerlo. No vayas a olvidarte, por favor. ¡Dile que yo nada he hecho, qué no sé por qué estoy detenido aquí!

    FALANGISTA JOVEN: ¡No te preocupes Federico! En cuanto me asegure de que quedas en buenas manos, iré directamente a buscarlo. Seguro que, hoy mismo, podrá venir a verte y hablar con Valdés. Éste le debe mucho a Pepiniqui. ¡Ya verás hombre como todo irá bien!

    (Alonso sale del despacho acompañado por el Teniente Coronel de la Guardia Civil Velasco. Éste es un hombre ya viejo que refleja en sus ademanes que no tiene ya poder alguno y que no desea tenerlo. Velasco lleva un papel en la mano y le hace un gesto a Federico para que le acompañe a la mesa del ordenanza, donde él se sienta. Federico queda de pie frente a él.)

    VELASCO (leyendo el papel): ¿Es usted Federico García Lorca, natural de Fuentevaqueros, provincia de Granada, con residencia habitual en Madrid?

    FEDERICO: Sí. Yo soy.

    VELASCO (enciende un puro y termina de leer el papel que deja después sobre la mesa): Esta denuncia contiene acusaciones muy graves contra usted. ¿Acepta tales acusaciones?

    FEDERICO: ¡No las conozco! Mire usted señor Teniente Coronel de la Guardia Civil, yo nunca he hecho nada malo. Yo, señor, soy un poeta.

    VELASCO: ¿Y qué es un poeta?

    FEDERICO: Alguien capaz de recordar nítidamente la niñez, un cómplice de la luna.

    VELASCO (desconcertado): Pero, pero... ¡Yo soy Teniente Coronel de la Guardia Civil!

    ALONSO: Sí.

    FEDERICO (continúa): Alguien que no necesita alas para volar. Vuela sin ellas.

    VELASCO (levantándose): ¡Qué doblen la guardia de las azoteas y cierren todas las ventanas! (sentándose de nuevo) ¿Niega usted que es locutor de Radio Moscú?

    FEDERICO: ¿Pero como podría serlo? Si yo no he nacido para aprender idiomas y menos el ruso. Si hasta tienen otras letras. ¡Madre mía!

    VELASCO (continúa, volviendo a coger el papel): ¿Niega que contribuye con grandes cantidades de dinero al Socorro Rojo?, ¿que es amigo de Rusia?, ¿que nos espía para ellos?

    FEDERICO: Lo niego y lo niego. Yo tengo amigos en todas partes. En los bosques y en los ríos; en los palacios y en las cuevas. Algunos son cruzados que usted manda o le mandan a usted.

    VELASCO (levantándose de nuevo): ¡Yo soy Teniente Coronel de la Guardia Civil!

    ALONSO: Sí.

    VELASCO: ¡No me desmienta! (volviendo a leer) ¿Pertenece usted a la masonería?

    FEDERICO: En invierno tengo frío y en agosto cirios encendidos.

    VELASCO: ¡Ya le he dicho que no me desmienta! Si continúa contestando así, lo mando fusilar ahora mismo. ¿Es que no ha comprendido todavía que yo soy Teniente Coronel de la Guardia Civil? ¡Hable usted como Dios manda! (continúa leyendo) Aquí dice que usted es, es...un desviado sexual. Usted ya me entiende; que es usted de la cáscara amarga, ¡un mariquita!

    FEDERICO: ¡Del Sur! Yo soy Don Juan y soy también Alejandro. Soy sol y soy luna, alba y ocaso; Europa y África, Mediterráneo. Yo no nací sólo en su tiempo. Yo he nacido en todas las épocas pasadas y futuras y en mí están los suplicios de Sócrates, todas las guerras de César y Darío, la grandeza de Abderramán y la tristeza incomprendida de Boabdil.

    VELASCO: Pero, ¿qué dice? Yo no comprendo nada.

    FEDERICO: Yo, señor, soy síntesis, barro andaluz y, aunque usted no lo comprenda, el producto más lógico, la voz que corresponde. La línea invertida de mis amores, señor Teniente Coronel de la Guardia Civil, es la única posible que no ofende mi linaje.

    VELASCO (llevándose las manos a la cabeza): No me siento bien. Estoy un poco mareado y me duele la cabeza. (recuperando su seguridad, grita) ¡Ordenanza tráigame un café bien cargado y lleve después todos los códigos militares a mi despacho!

    ORDENANZA (cuadrándose): ¡A sus ordenes mi Teniente Coronel de la Guardia Civil!

    ALONSO: Sí.

( Sale el ordenanza. La tarde cae.)

    VELASCO: Con esto ya es suficiente. La declaración ha terminado. (se pone a rellenar despacio unos formularios mientras, fuera, se oyen músicas cuarteleras y cornetines de mando. Al concluir, se pone en pie de nuevo) Todos ustedes han sido testigo de sus palabras. ¡Se dictará sentencia! Por ahora, hemos terminado. (el ordenanza le trae el café. Se lo bebe de un trago) Señor Alonso, señor Trescastro, lleven al acusado a la habitación de detenidos. (dirigiéndose a Federico) Ya todos hemos oído su declaración. Aténgase pues a las consecuencias. (se marcha, entrando en su despacho).

    ALONSO (cogiendo a Federico por el brazo): Vamos señor García Lorca. A partir de ahora tendrá que esperar en este despacho.

    VELASCO (asomándose por la puerta de su despacho): Que no salga de ahí bajo ningún concepto. Ahora ya todos saben quién es y cómo piensa. Si se marchara del Gobierno Civil o, incluso, si saliera de esa habitación, no podríamos garantizar su seguridad. Importa mucho que en el asunto García Lorca, todos actuemos con mucho tiento. (entra de nuevo y cierra la puerta).

    FEDERICO: ¡Ay, estan todos contra mí! (al Falangista Joven que ya se marcha) ¡Por favor, que venga enseguida Pepiniqui! ¡No me abandonéis!

    ALONSO y TRESCASTRO (empujándole): Vamos, vamos.

    (Entran los tres en la habitación de detenidos.)
 
 

TELÓN RÁPIDO





 
 

Segundo Cuadro




    (Habitación de forma cuadrada, no muy grande. Al fondo hay un balcón con barrotes que da al Jardín Botánico. A la derecha, la puerta de entrada que está cerrada. A la izquierda, una mesa de escritorio y una butaca donde está sentado Federico. Hay también dos sillas corrientes cerca de la mesa. En la esquina opuesta hay un perchero donde está colgada la chaqueta del traje de Federico. Éste está sólo, con la chaqueta del pijama puesta. Se oyen algunas voces fuera y, lejanas, música y canciones militares. Federico aparece absorto, con la cabeza baja y una mano en la mejilla. El cuadro comienza cuando ya anochece en Granada.)

    FEDERICO:
 

¿Cuánto esperar y a qué y con qué esperanza?
¿Por qué yo aquí y por qué la espera y la esperanza?
Yo no sé de qué manera de mí prendido
aquél que darme la libertad que anhelo
ha de venir ahora en esta noche aparecida
que mi mente a comprender no alcanza.


    (levantando la cabeza)
 

Pero si llamo a la luz de poeta en mí encendida
y acuerdo que, por ahora, la comprensión no es necesaria,
¡Cuántas dudas aún, cuánta zozobra, qué inquietud de luz desfallecida!
¡Qué multitud de luciérnagas me asaltan!
¿Dónde estará, quién lo encontrará y en qué manera
a mí su voluntad estará unida?
¿A qué altura su poder sobre mi suerte se levanta?
¿Será su vida, y así la mía, respetada por las balas enemigas?
¿Podrá mi corazón resistir esta angustia de muerte anticipada?
¡Oh, locura de la noche granadina!
¡Oh, pesadilla terrible de estupidez alimentada!


    (Queda desesperadamente pensativo. De pronto, se abre la puerta de la habitación y entra Julián, un agente de policía que parece conocer a Federico. Al oir la puerta Federico se asusta.)

    JULIÁN: ¡Tranquilo Federico!, que soy yo, Julián, tu viejo camarada del Alameda. ¡No tengas cuidado! Pero, ¿qué coño pintas tú aquí, detenido? He venido en cuanto me he enterado, para ver si quieres algo, que vea a alguien.

    FEDERICO (ansioso): ¡Lo primero, ver a los Rosales! ¡Y sobre todo a Pepiniqui! El que yo esté aquí es un error. ¡Un error muy grande! Tu sabes las cosas que yo hago: escribir y preocuparme por los pobres, ¡nada más! (pausa) Me tienen en esta habitación solo, sin decirme nada, hora tras hora; sin saber nada.

    JULIÁN (sonriendo): Si es Pepiniqui quien va a hacer una gestión por ti, no tienes por qué preocuparte. Pepiniqui tiene mucha influencia y muchos amigos en esta casa.

    FEDERICO: Sí. Dicen que es un mandón aquí. De cualquier modo, muchas gracias Julián por los ánimos y también por la visita. La necesitaba. ¡No puedo resistir esta soledad, esta incertidumbre, el no saber nada!

    (Entretanto, Julián ha liado un cigarrillo. Lo enciende y fuma, aparentando una confianza que, en realidad, no siente.)

    FEDERICO: Por favor, ¿me das un cigarrillo?

    (Julián le entrega la petaca y un librillo de papel de fumar. Federico intenta liar el cigarrillo, pero no es capaz de hacerlo.)

    JULIÁN (sonriendo): ¡Trae acá hombre de Dios! Tampoco es para ponerse así de nervioso (le quita la petaca y el librillo)

    (Julián lía rápidamente un cigarrillo y se lo entrega a Federico. Éste intenta encenderlo con una cerilla, pero tampoco es capaz de hacerlo.)

    JULIÁN: Déjame. (enciende él mismo el cigarrillo y se lo vuelve a dar a Federico. Mirando nervioso hacia la puerta) Lo siento Federico, pero ahora tengo que irme. Me encantaría acompañarte un poco más, pero es que estoy de servicio en la Comisaría y ahora, ya sabes, hay que andarse con mucho tiento. Pero tú, estáte tranquilo. Si yo estuviera en tu lugar y me dieran a elegir a alguien para que hablara en mi favor, no lo dudaría: el elegido sería Pepiniqui. Estás en buenas manos. Bueno ya me voy. Adiós Federico.

    FEDERICO (triste): Adiós Julián.

    (Sale Julián, dejándole un paquete empezado de "Caldo de Gallina" sobre la mesa. Después de una breve pausa, Federico comienza a pasear por la habitación.)

    FEDERICO: ¿Qué podría ocurrirme si mi salvador no viene? Quizá me peguen, maltraten mi cuerpo. (pausa) Tal vez me obliguen a luchar en el frente en favor de ellos. ¡Dicen que la guerra es algo terrible! (tapándose la cara con las manos) ¡No, eso no! ¡No puede ser! ¡Tengo que apartar de mí este pensamiento funesto e ilógico! (pausa al final de la cual se atreve a decirse) ¿Por qué habrían, ¡ay de mí!, de matarme? Yo soy Federico García Lorca, tan famoso en Granada que todos aquí saben, sin duda, que no he hecho nada malo, que tengo mis manos limpias de sangre. No, por este lado debo estar tranquilo. (deteniéndose) Me convendría mucho que Pepiniqui le dijera a Valdés: "Sí, sí, señor Valdés, Federico es sólo un poeta lírico, ¡muy lírico!, ni siquiera es un poeta social. Es incapaz de matar una mosca. Ya podrá usted ver como está de nervioso y trastornado". (pausa después de la cual reemprende su paseo por la habitación) Quizá me retengan prisionero mientras dure la guerra. ¿Podrían verme entonces mis padres, mis hermanos y mis amigos? Yo creo que en este caso improbable lo más natural es que llegaran a canjearme por otro preso famoso del otro lado. Sí. Esto es lo más lógico que harían.

    (De nuevo se detiene. Mira desesperadamente a un lado y otro. Se asoma al balcón enrejado. Se dirige después a la puerta y, al ir a abrirla, se detiene asustado. Finalmente, retorna de nuevo al centro del escenario.)

    FEDERICO (mientras trata de encender un cigarrillo; esta vez, uno de sus habituales Lucky preliados): ¡Ay Dios mío qué calor tengo!, ¡qué terror, qué angustia! (pausa corta) No, no, ¡no tengo que pensar en eso! Yo debo creer que los que han fusilado habían cometido delitos de sangre, pero ni sé aún lo que habrán hecho con mi cuñado Manolo, él siempre tan correcto y tan bondadoso. ¡Ay, ay, ay, qué sudor tan frío, qué plomo fundido se disuelve en mi corazón!

    (Federico se sienta junto a la mesa. Se abre de nuevo la puerta. Por ella se asoma un guardia que parece conocer al detenido. Esta vez Federico no se asusta. Está como ausente, terriblemente lejano. Ni siquiera levanta la cabeza.)

    GUARDIA (sorprendido): ¿Pero qué hace usted aquí?

    FEDERICO (habla lentamente): Me han detenido. No sé por qué. (pausa corta) ¡Qué vida ésta, qué vida ésta!

    GUARDIA: Estoy de guardia aquí afuera. Tengo que cerrar la puerta. ¿Quiere usted agua o algún refresco?

    (Federico dice que no con la mano. Sale el guardia, cerrando la puerta tras sí. Federico se vuelve a levantar y retorna a sus paseos por la habitación.)

    FEDERICO: Debo tranquilizarme, ser dueño de mí. En circunstancias tan horribles como éstas, uno se pone siempre en lo peor. Yo sé que mis poemas no tienen un significado que se adecue a las palabras que contienen. Son los otros los que interpretan las cosas que escribo como si fueran premoniciones, barruntos de una muerte joven. Todos los poetas han escrito sobre la muerte y la mayoría han muerto de viejo, de muerte natural. (deteniéndose) ¿Pero por qué escribí yo: "Mi corazón reposa junto a la fuente fría"? ¡Bah, ya no recuerdo!, ¡hace mucho tiempo de aquello! (pausa) Era así:
 

Mi corazón reposa junto a la fuente fría
(Llénala con tus hilos araña del olvido)


    ¡Tengo que olvidarlo! ¡Tengo que olvidarlo! ¡Yo no puedo morir ahora! Tengo que escribir tantas cosas, hacer tantos viajes. (pausa breve) No. Es imposible. Absurdo. (pausa breve) ¡Federico, ico, ico; no seas tan gallina ni tan borrico! Además, ya me lo han dicho ellos mismos: No se preocupe; son sólo declaraciones. Y yo nada, no me preocupo en absoluto. ¡No me preocupo! (Deteniéndose de nuevo y después de una pausa breve) Me han dicho que a los catedráticos, a la gente de cultura, los llevan a algún sitio, un pueblo, para enterrar a los fusilados. Pero, ¿qué he hecho yo?, ¿qué hay en mí que tanto molesta a estos fascistas? ¡Será posible cómo estoy temblando, cómo tiemblo! ¡Qué angustia! (pausa breve) ¡Víznar! ¿A qué se me viene este nombre a la cabeza?, ¿dónde lo habré oído? ¿Es tal vez el nombre de algún moro famoso, quizá de algún pueblo? (se sienta, relajándose) Es extraño, pero este nombre me detiene el pensamiento, me tranquiliza; produce en mí un miedo grande y serio. Un miedo asimilado. Esta palabra, ¡Víznar!, me arrastra lejos, muy lejos de aquí y hace imperceptibles mis miedos anteriores. Es amargo, pero puedo utilizarlo para tranquilizarme.

    (Entretanto, la noche a través del balcón abierto se ha hecho oscura. Federico, muy cansado ya, enciende la luz de la habitación.)

    FEDERICO: Bueno, ya va pasando el tiempo. ¡Dios mío, qué tarde estoy pasando!

    (Después de un pausa, la puerta de la habitación se abre bruscamente. Aparece un hombre joven, con mono e insignias de Falange. Es Pepiniqui. Peina su abundante y rubio cabello con raya en medio y lleva un gran pistola en el cinto. Entra en la habitación como un torrente.)

    FEDERICO (de nuevo asustado): ¡Eh! ¿Quién viene?

    PEPINIQUI (sonriendo y optimista): ¿Es que no me conoces? ¡Venga un abrazo fuerte, Federico! (se abrazan) Acabo de volver del sector de Güéjar Sierra. ¡Uf, menudo follón que hay allí! (mirando fijamente a Federico) ¿Pero cómo estás tú? (riendo) ¡Joder, joder, la carilla de miedo que tienes! ¡Arriba ese ánimo poeta, que ya estoy yo aquí!

    FEDERICO: No sé. ¿Has hablado ya con Valdés?

    PEPINIQUI: ¡Claro que sí! Y le he dicho: "¿Qué ha pasado en mi casa?, ¿por qué cojones se ha atropellado mi domicilio? Él dice que hay una denuncia muy especial contra ti. Pero no vayas a preocuparte; tú siempre tranquilo, ¿eh?, que este cabrón me debe mucho. ¡Yo intervine con Arrese y algún otro en su nombramiento como jefe de milicias!

    FEDERICO (con ansiedad): Gracias, gracias. ¿Me puedo marchar ahora?, ¿me llevas tú? Yo me ahogo entre estas paredes.

    PEPINIQUI (poniéndose serio): No. Aún no. Hay que esperar a mañana.

    FEDERICO: ¿Quedarme aquí esta noche?, ¿toda la noche? Pero, ¿dónde voy a dormir? (pausa breve) Yo he pensado que le digas a Valdés...

    PEPINIQUI (interrumpiéndole): ¡Dame un abrazo y no te preocupes más, coño, que no te va a pasar nada! Mañana, a primera hora, iré a hablar con el Gobernador Militar. Nunca me negó poner en libertad a alguien que yo le pidiera y ahora tampoco lo hará. ¿Y sabes por qué? Es muy sencillo. Él sabe muy bien que yo intervine en el alzamiento como Jefe de Falange. Mira, si no fuera ya tan tarde, iría ahora mismo a verle, pero a estas horas él ya no está. ¡Pero da igual! Poeta no te preocupes. Yo te prometo que sólo estarás detenido esta noche. Mañana por la mañana todo se resolverá felizmente. (busca en sus bolsillos y saca un paquete de cigarrillos) ¡Este paquete de tabaco te ayudará a pasar la noche! (lo deja sobre la mesa. Después se abrazan de nuevo). Trata de dormir lo que puedas. (dirigiéndose a la puerta) Hasta mañana ¡en libertad! Federico.

    FEDERICO (sonriendo): Bueno, bueno. No sabes como te agradezco lo que haces. (saluda con la mano) Hasta mañana ¡en libertad! Pepiniqui. ¡Por favor, no te olvides de mí!

    (Sale Pepiniqui. Mucho más animado, Federico reanuda sus paseos por la habitación.)

    FEDERICO: ¡Ya tengo tres paquetes de tabaco! (ríe. Después mira la hora en su reloj) Es muy tarde ya. Me convendría dormir un poco ahora. Después del día que llevo, estoy agotado. ¡Menos mal que al final ha venido! ¡Seguro que él lo arreglará todo! (se sienta en la butaca y enciende un cigarrillo. Lo apaga enseguida. Después trata de dormir apoyando la cabeza sobre la mesa. Permanece en esta postura unos segundos. Una vez más, se pone en pie y reanuda sus paseos) El problema ahora es dónde y cómo dormir esta noche. Este sillón es incómodo. Quizá uniendo las dos sillas. En cualquier caso, necesitaré alguna manta. Aún en verano, las noches en Granada son frías. (se sienta de nuevo en el sillón y permanece en silencio unos instantes) ¿A ver quién dice ahora en Madrid que Federico no ha estado en peligro? Mucho verso de guerra y mucho mitin, pero tú nunca has estado detenido, primo Rafael. Cuando vuelva a Madrid voy a impresionarlos a todos. Les voy a decir que me detuvieron tras una lucha terrible en la que, junto a unos pocos gitanos, defendíamos un carmen del Albaicín, ¡el Carmen de la Libertad! Los fascistas...(alarmado, mirando a todas partes) Más bajo, Federico, más bajo. Puede que estén escuchando. (en voz baja) Los fascistas me llevaron a un pueblo para fusilarme... ¿Que qué pueblo? Pues Víznar, eso es. (queda en silencio unos instantes) Es muy extraño este nombre. Se me viene a la cabeza sin que yo lo llame y me siento ajeno a mí mismo, como si ya tuviera quinientos años o estuviera a punto de nacer.

    (Federico queda sentado en el sillón, en silencio.)
 
 

TELÓN MUY LENTO



 
 

Tercer Cuadro





(El mismo escenario del cuadro anterior. Sólo se ha añadido un reloj de pared cuya presencia se hace muy aparente ya que está iluminado por un velón encendido, mientras la luz del cuarto está apagada. Federico duerme en el sillón con la cabeza apoyada sobre la mesa. Mantendrá esta postura durante todo el cuadro. Éste comienza con la entrada de cuatro encapuchados en la habitación. Debajo de las capuchas, se adivinan Valdés, el Falangista Joven, Trescastro y Alonso. Llevan sendos cirios encendidos y dan vueltas, en fila india, alrededor de la mesa.)

    FALANGISTA JOVEN: Entonces, ¿está todo decidido?

    VALDÉS: Sí. El destino de este hombre ya le ronda por la frente. Vedlo.

    ALONSO: Su sueño parece ya eterno.

    FALANGISTA JOVEN: ¿Y quién sabe el día, la hora, el nombre de los verdugos?

    VALDÉS: Es un secreto. Nada diré. Por razones de seguridad de nuestra causa, este delicado asunto está sujeto a la censura. Pudiera bien ser que, andando el tiempo, gentes de nuestras mismas ideas necesiten de la magia que su nombre irradia.

    TRESCASTRO: Un secreto que, en el futuro, ha de producir beneficios políticos y sus buenos dividendos.

    ALONSO: Su fecha postrera, su hora última y el nombre de cada una de sus balas serán interpretables de acuerdo con los intereses legítimos que en su voz y en su sangre tienen todos los pueblos, tenemos cada uno de nosotros.

    FALANGISTA JOVEN: Así pues, Réquiem aeternam Federico García Lorca, poeta de Granada y del mundo.

    TRESCASTRO: ¡Qué Dios perdone sus pecados!

    TODOS: Amén.

    (Los cuatro continúan su lenta procesión alrededor de la mesa.)

    FALANGISTA JOVEN: Sería conveniente no dejar ningún vestigio de que ha estado aquí. Habría que borrar su espacio y su tiempo con nosotros.

    VALDÉS: Estoy de acuerdo. Toda previsión es poca. ¡Procedamos inmediatamente!

    TRESCASTRO: ¡Asesinemos el tiempo de esta habitación de detenidos!

    (Los cuatro se reúnen alrededor del reloj de pared. Todos a la vez la emprenden a golpes con el reloj hasta que lo dejan destrozado. Una vez perpetrada su violencia, por la pared, empieza a resbalar el flujo de un tiempo imaginado.)

    ALONSO: Ya nada queda por hacer aquí.

    VALDÉS: A este asunto le hemos dedicado el tiempo necesario.

    FALANGISTA JOVEN: Dejemos pues que descanse ahora.

    ALONSO: Desatemos los perros de su destino y dejémosle solo con ellos.

    TRESCASTRO: Ya hasta a mí produce pena este poeta.

(Salen todos los encapuchados de la habitación de detenidos. Federico continúa durmiendo.)

TELON



 
 

Cuarto Cuadro

(El mismo escenario del segundo cuadro. Federico aparece ahora sentado en el sillón, pensativo. Llaman a la puerta.)

    FEDERICO: Pase, la puerta está abierta.

    (Entra el comandante Valdés acompañado por Trescastro. Valdés se dirige resuelto a Federico, como con prisa, mientras Trescastro queda junto a la puerta, como siempre, sonriendo. Federico se pone inmediatamente en pie.)

    VALDÉS: Señor Federico García Lorca, sus delitos contra la causa nacional son muy graves. En consecuencia, usted será trasladado inmediatamente a Víznar, donde ha de cumplir la condena que corresponde.

    FEDERICO (descompuesto): ¿Víznar?

    VALDÉS: Si. Víznar. Un pequeño pueblecito por la sierra de Alfacar. (con sorna) ¿Es que no ha oído nunca nombrarlo?

    (Federico se derrumba en la butaca completamente abatido.)

    VALDÉS: ¡Compórtese usted como un hombre! Aténgase con dignidad a las consecuencias de sus actos.

    FEDERICO (frenético): ¿Qué actos?, ¿qué consecuencias? (levantándose bruscamente) ¿No ha hablado usted con Pepiniqui, el jefe de Falange? él me ha dicho...

    VALDÉS (interrumpiéndole): Señor Lorca, usted ya debe conocer el contenido de la denuncia. El teniente coronel Velasco me ha dicho que se la leyó a usted. (más conciliador) Vamos, vamos, señor García Lorca, no deje que sus nervios le traicionen, ¡anímese! Si quiere, le puedo ofrecer un café antes de que lo trasladen.

    TRESCASTRO (al público): Sí. Café. ¡Denle café, mucho café! (ríe).

    FEDERICO (cada vez con más entereza): ¿Cuál es mi condena?

    VALDÉS: Generalmente, en estos días confundidos, pues las cosas se deciden sobre la marcha. (mintiendo) En muchos casos, a los presos se les sube a Víznar para que trabajen allí en las fortificaciones. No quiero ocultarle, sin embargo, que también podría ser usted fusilado. Ocurre a veces.

    TRESCASTRO (al público): En Víznar siempre dan café, mucho café, ¡pero no en vaso sino con escopeta! (ríe).

    (Federico conserva una calma extraña.)

    VALDÉS: En unos minutos, vendrá un coche a recogerle. Prepárese. Adiós señor García Lorca. Hasta siempre.

    (Salen Valdés y Trescastro.)

    FEDERICO (en pie, en el centro del escenario): Ya no me quedan fuerzas para la esperanza. Ya no hay motivo para la esperanza. ¡Y qué esfuerzo tan grande, tan imposible, defenderla! Ni tan siquiera el miedo puede ya ayudarme. Este abandono sin horizontes al que me han llevado la mentira cobarde y la maldad execrable de todos estos derechistas de pistolón y cafeína me deja solo, ¡solo!; tan solo que ya me voy olvidando de mí mismo. ¡Ay qué destino tan terrible el mío!

    (Se sienta en una de las sillas y queda ensimismado unos segundos.)

    FEDERICO:
 

Ya ni espera, ni amigo, ni esperanza.
Sólo una larga noche a mi voz prohibida;
Ya sólo una muerte oculta, equivocada.

Y si llamo a la luz de poeta en mí encendida,
y acuerdo que esta noche la comprensión no es necesaria,
¡cuánto dolor aún, cuánta tristeza en mi alma confundida!,
¡qué tenazas de angustia fría me muerden la garganta!

Ya me requieren los precipicios de mi vida,
el abismo ignoto que ni la muerte alcanza.
Ya las alondras de la mente restañan las heridas.
Ya es la hora precisa en que termina la batalla.

Yo ya no me llamo Federico.
Yo ya no soy el poeta de Granada.

¡Oh, locura de una noche granadina,
pesadilla imposible de estupidez alimentada!


(Entran dos guardias de asalto y esposan a Federico. Uno de ellos le pone la chaqueta del traje sobre los hombros. Después, salen los tres en silencio, mientras se oye la voz lejana de un cantaor.)
 

VOZ DE CANTAOR:
 

Ay, ayayay.
Cerco tiene la luna.
Mi amor ha muerto.
Ayayay.

 

TELÓN LENTO



 
 

TERCER ACTO
 
 

Primer Cuadro

(Exterior de la Colonias de Víznar. La fachada con la puerta entreabierta y dos ventanas cerradas. A la derecha hay un molino de agua. El agua fluye continua y sonoramente, bañando una rueda de molino encalada que yace junto a la acequia. A cada lado de la puerta de las Colonias hay un banco alargado de madera. En uno de ellos están sentados tres guardias de asalto y, en el otro, lo hacen tres falangistas. De vez en cuando beben de sendas botellas de vino, mientras juegan a las cartas a la luz incierta de una bombilla que alumbra pobremente la escena desde el dintel de la puerta. Uno de los guardias se levanta y se asoma por la puerta al interior de las Colonias.)

    GUARDIA 1 (gritando): ¡Eh, vosotros, cabrones! Estaos calladitos y quietos de una puta vez. Que no os lo tenga que decir más. Por cierto, si tenéis hambre, os jodéis. No tenemos nada para vosotros.

    EDUARDO (uno de los falangistas, a uno de sus compañeros): Esto no me parece bien. ¡Ya bastante tienen esos hombres!

    FALANGISTA 1: ¡Joder, ya salió otra vez el Eduardo, el abogaico de los pobres! ¡Cuándo te vas a enterar que tú no mandas aquí, qué sólo estás para cumplir las órdenes y de que órdenes son órdenes! Si te jode, piensa en otra cosa.

    EDUARDO: Para hacer cumplir las ordenes no se precisa tanta brutalidad. No me parece necesario.

    FALANGISTA 1: Ésos de ahí dentro son unos extremistas. ¿Sabes tú lo que estaba haciendo uno, el que es maestro? ¡Quería quitarle la idea de Dios a los niños de su escuela y el pan a nuestros soldados! Todos están aquí por castigo.

    EDUARDO (dejando de jugar): ¡Pobre gente! ¡Qué destino tan terrible el suyo! A veces me pongo en su lugar y se me hiela el corazón sólo de pensarlo.

    FALANGISTA 2: No hay que ponerse en eso. Esta guerra y todas las guerras que han habido son así de jodidas. Yo las comparo con el dolor que sientes cuando te revientas un grano. Es un dolor necesario. Esto es lo único en lo que hay que pensar. Eduardico, ¡no se puede ser blandengue!

    EDUARDO: No sé. Yo creo que todos estos fusilamientos no son buenos ni sirven para nada.

    FALANGISTA 1 (a Eduardo): ¡Oye tú!, ¡no te metas en camisas de once varas! Los de ahí dentro son rojos y si te oyera el jefe de sector decir las cosas que dices lo ibas a sentir una jartá. ¡Déjate de tonterías y sigue jugando!

    (Los falangistas reanudan su partida de cartas. Se empieza a oír el sonido lejano de una guitarra que tocan en algún cortijo. Por la izquierda, entra Federico con dos guardias de asalto.)

    GUARDIA 2 (lleva una orden por escrito en la mano): ¡Arriba España!

    GUARDIA 1 (levantándose): ¡Arriba España! ¿Qué de bueno por aquí?

    GUARDIA 2: Os traemos a este pajarito. (guiñando cínicamente) Vosotros ya sabréis qué hacer con él. (lee el papel) Se trata de un tal Federico García Lorca, un escritor, poeta incontrolado. Los detalles sobre su persona y sus crímenes de pluma y culo están en este papel.

    GUARDIA 1 (cogiendo el papel): ¡Venga para acá señor de Lorca o como demonios se llame! !Y no me tiemble coño que nosotros cuidaremos muy bien de usted, doña lunares! (ríe).

    (Desde la entrada de Federico en escena, Eduardo no se ha dejado ver el rostro por el poeta. Parece muy nervioso.)

    EDUARDO (al público): ¡Es Federico García Lorca! ¡Dios mío! ¡Y yo aquí, guardándolo para entregarlo a la muerte, siendo cómplice del asesinato del mejor poeta español, del hombre más bueno del mundo! (dirigiéndose a los demás) Este señor me salvó de morir ahogado hace algunos años. Él es un gran escritor. Una gloria de España y, además, un hombre bueno y caritativo. ¡Nunca ha hecho daño a nadie!

    FALANGISTA 2: Algo malo ha de tener en su conciencia. Lo más seguro es que sea un rojo. Suele ocurrir con los que se dedican a ejercer con la pluma.

    EDUARDO: ¿No podríamos hacer algo nosotros? En nuestras manos está dejarlo que se escape por el monte. Podríamos pasarlo nosotros mismos a las líneas de los rojos. Están ahí mismo.

    FALANGISTA 1: ¿Pero qué estás diciendo? ¡Yo no expongo mi pescuezo ni por mi padre y mucho menos por un tipo como éste! No has visto la facha que tiene. Así que mucho ojito compañero, no me vayas a obligar a denunciarte a ti también. Además, con esos de ahí (señalando a los guardias de asalto) no tendríamos nada que hacer. Si es verdad que este hombre te ha salvado de morir, lo siento por ti y por él, pero así es la vida. ¡Tú no puedes hacer nada! Ahora ni Dios puede ya salvarle.

    EDUARDO (al público): ¡Ay de mí! ¡Ay qué pena tan grande, que noche más malísima! (se sienta aparte en el banco y comienza a llorar con mucho sentimiento).

    (Entra en escena Tripaldi, un muchacho joven y mal vestido.)

    TRIPALDI (a Federico): No se preocupe usted, señor. A usted y a los otros de ahí dentro los han traído aquí para trabajar en las fortificaciones. Mañana, al amanecer, los llevarán. Los de dentro ya lo saben. No se preocupe y trate de descansar porque el trabajo que van a hacer es muy duro.

    FEDERICO (escéptico): Gracias muchacho pero, ¿es verdad lo que dices? Este lugar, la brutalidad de estos guardias, no me dicen nada bueno. Me producen escalofríos, barruntos lúgubres de muerte prematura.

    GUARDIA 1 (le quita las esposas a Federico y después lo empuja dentro de las Colonias): ¡Vamos dentro con las ratas, con tus compinches marxistas! Y escúchame bien gitano maricón: No te muevas de tu sitio, ni hables con nadie, ni tan siquiera te estremezcas. ¡Vamos dentro!

    FEDERICO (resistiéndose): ¿Pero a dónde me lleváis? ¡Dejadme fuera! No intentaré escaparme, os lo prometo.

    (Federico es obligado a entrar en las Colonias. Después, mientras los guardianes del edificio continúan jugando a las cartas, sólo es posible oír el sonido lejano de la guitarra y del agua en el molino.)

TELÓN RAPIDO



 
 

Segundo Cuadro

(Interior de las Colonias. El suelo está formado por losetas blancas y rojas. Todas las ventanas están cerradas y, al fondo, la puerta al exterior permanece entreabierta, dejando adivinar un paisaje de noche fresca y oscura, sin luna. Sólo pueden oírse algunos cuchicheos de los vigilantes y aún el sonido del agua del molino. La habitación es grande y, en ella, sólo hay cuatro sillas pegadas a las paredes. Sentado en una de las sillas, a la izquierda, está Federico. A su lado, también sentado, Don Dióscoro, el maestro de Pulianas, con las muletas apoyadas en la pared. En las dos sillas de enfrente están Galadí y Cabezas, los toreros granadinos. Como Don Dióscoro, llevan ropa de pueblo, barata y mala, con la camisa arremangada y alpargatas. Galadí es muy alto y delgado; Cabezas, de complexión atlética, lleva puesta una gorra. Todos aparecen silenciosos y abatidos. La luz en la habitación es escasa lo que no permite distinguir nítidamente a los personajes. Todo ha de ser en blanco y negro.)

    GALADÍ: ¿Qué hora es ya?

    DIÓSCORO: Las cinco de la mañana.

    FEDERICO: Ya llevamos aquí más de cuatro horas.

    (Quedan de nuevo en silencio. Después de una pausa, entra Tripaldi.)

    TRIPALDI (temeroso): Presos de las Colonias, escuchadme. Tengo algo muy importante que deciros. Es algo terrible. Lo hago, entendedme bien, sólo por caridad a vosotros.

    (Pausa breve.)

    DIÓSCORO: ¡Vamos muchacho! ¡Dinos pronto lo que tengas que decirnos!

    TRIPALDI: Por caridad, antes os mentí. No es verdad que al amanecer vayáis a trabajar en unas fortificaciones.

    CABEZAS: ¿Pues dónde iremos?

    TRIPALDI: Más cerca. Pero no a trabajar. Vais a rendir vuestra vida. ¡Es algo terrible! Seréis fusilados al amanecer, apenas aparezca el sol.

    FEDERICO: ¿Por qué? ¿Qué he hecho yo para que me tratéis así? Yo soy del partido de los pobres, de los pobres buenos. ¡Ay, pobrecitos de nosotros! ¡Pobrecitos!

    TRIPALDI: Yo no sé nada de vosotros, ni nada quiero. Os lo digo sólo por caridad, por si queréis confesaros, escribir una carta a alguien o encomendar alguna prenda a los guardias. Yo no sé nada.

    GALADÍ: ¡Asesinos! Ni cojones tienen para decírnoslo ellos. Tienen que mandar a un niño.

    CABEZAS: ¿Y dónde nos llevaran a matarnos?

    TRIPALDI: Será por Fuente Grande; por allí me han dicho. A pocos kilómetros de aquí. Yo ya os lo he dicho. Perdonadme, pero ahora tengo que marcharme. Si queréis algo, se lo decís a los guardias.

    FEDERICO: ¡Espera, espera! ¿No hay de verdad nada que hacer? Yo, en Granada, tengo buenos amigos.

    TRIPALDI: Nada. Ya nada se puede hacer. Tened entereza y confiad en Dios. ¡Adiós a todos!

    (Sale Tripaldi. Federico, Galadí y Cabezas se dirigen al sitio donde está Dióscoro, que permanece abatido.)

    FEDERICO: ¡Ay de mí!

    GALADÍ y CABEZAS: ¡Ay de nosotros!

    DIÓSCORO: ¡Ay de todos nosotros!

    GUARDIA 1 (asomándose): ¡Guardad silencio! ¡Vamos, volved a vuestras sillas y que no vea yo que nadie se estremece de su sitio!

    (Lentamente, todos vuelven a sus respectivos asientos. Allí quedan en silencio unos instantes. El bajo nivel de luz debe prestar a la escena un aspecto fantasmagórico. En lo que resta de acción en este cuadro, todos hablarán en voz baja.)

    GALADÍ: Debemos estar unidos. Apoyarnos unos a otros.

    DIÓSCORO: Ya no tenemos otra cosa.

    FEDERICO: Sí, sí. Unidos. Estaremos unidos porque ahora todos somos iguales. Debemos apoyarnos. Tener caridad con nosotros, amor unos con otros.

    DIÓSCORO: ¿Pero qué significa todo esto? ¿Es de verdad o es una pesadilla?

    CABEZAS: Es que no hay ningún remedio. Aunque parezca una pesadilla, esto es real. No. No es tiempo para entender, sólo para sentir amor por los nuestros y por nosotros. Ya no nos queda otra cosa.

    FEDERICO: ¡Estaba seguro de que llegaría esta locura! ¡Es un error increíble, pero tenía que ser así! Valdés ya me lo insinuó y este pueblo se llama Víznar, ¿verdad?

    DIÓSCORO: Sí. El pueblo de ahí arriba es Víznar. Yo solía traer por aquí a los niños de mi escuela. Ahora esto se ha quedado como madriguera de una de esas escuadras negras de asesinos. La que nos matará a nosotros seguramente.

    FEDERICO: Entonces, todo esto es seguro, definitivo. La muerte es ahora la dominadora. (pausa breve) ¡Por favor, no os quedéis con los pies quietos! Los pies quietos son obsesionantes, tienen ya la horma de la muerte.

    GALADÍ: Federico, querido poeta, díganos usted cosas que nos conforten. Usted sabe hablar, sabe muchas cosas y es famoso.

    FEDERICO: ¿Pero qué voy a decir yo? Esta es la hora de la cultura de la sangre, de respetar los propios instintos.

    CABEZAS: ¡Tenemos que estar unidos!

    FEDERICO: Tienes razón. Mi sangre y tu sangre, Juan, y la tuya, Paco, y la de usted, Don Dióscoro, ¡todas nuestras sangres!, prisioneras todavía en los circuitos rítmicos de nuestros propios cuerpos, dóciles aún a la dictadura de un solo corazón, pronto correrán juntas e indistinguibles por la tierra, como si tuvieran un corazón común, fuera ya de nosotros, como un amor verdadero.

TELÓN LENTO



 
 

Tercer Cuadro




(El mismo escenario que en el cuadro anterior, pero ahora la puerta de las Colonias está cerrada. La escena se ha desconectado por completo del exterior de las Colonias. Toda la acción ha de parecer irreal, como transcurriendo en un tiempo de reloj imaginado, ajeno al tiempo exterior. Los cuatro presos están sentados en sus sillas, en silencio.)

    GALADÍ: ¿Qué hora es?

    DIÓSCORO: Las cinco y media en punto.

    (El nivel de luz va disminuyendo lentamente hasta que el escenario queda oscuro. Después, también lentamente, vuelve a alcanzar su nivel luminoso anterior. En el centro de la escena aparece ahora la figura de la Sombra. Su aspecto es grave y, a la vez, amigable. Lleva una túnica larga y blanca que le cubre de la cabeza a los pies descalzos. Su rostro ha de poseer una hermosura desgarradora. Hay manchas de tierra en su túnica y lleva en sus manos algunas flores blancas y violetas de cementerio. La Sombra se mueve pausada y delicadamente y demuestra sentir cierta timidez ante los otros personajes.)

    DIÓSCORO: ¿Quién eres tú que vienes a perturbar nuestra intimidad postrera, nuestro derecho a la última ternura? ¿Eres acaso una sombra o quizá una burla macabra urdida por nuestros verdugos? Mira que la paciencia no es ya necesaria, que no nos queda tiempo para el miedo o el escarnio.

    FEDERICO: ¡Las criaturas no quieren ser sombras!

    SOMBRA: No temáis nada de mí. Yo soy vuestra amiga. No una sombra de paraíso o infierno, ni una burla postrera de verdugo. Soy vuestro ser potencial irrealizable y sólo me separa de vosotros el corto término que os resta de la vida.

    FEDERICO: Visitante macabro de la madrugada, ¿en nombre de qué vienes? ¿De las hojillas trémulas del Arte o de las enciclopedias oscuras de la Ciencia?

    (La Sombra va mirando sucesivamente a cada uno de los condenados con gestos de gran ternura.)
 

SOMBRA:
 

Yo soy el futuro ignorado que tuvieran
vuestra palabra y vuestra carne maltratadas.
Yo seré de vosotros la historia verdadera
cuando la vida os roben al rayar el alba.

Yo soy como un niño que quisiera
volver a nacer, y nacer cada mañana
a la hora precisa en que la tierra
reciba vuestra sangre acribillada.

Yo soy el fruto imposible, la cosecha
producida por esta tierra resignada,
cultivada con odio, sangre y calaveras
por los carroñeros terribles de la madrugada.

No soy sueño, ni luz ni sementera.
No soy fuego, ni odio ni palabra.
Una vida imposible soy, una quimera
desvanecida en la fuente donde llora el agua.


    FEDERICO: ¡Donde el agua llorará eternamente por este crimen increíble del amanecer! Tú eres pues la muerte mía. La muerte anticipada de cada uno de nosotros. Pero yo te pregunto, ¿es cierto que eres nuestra amiga?; ¿puedo llamar amiga a mi propia muerte y esperar su consuelo?

    SOMBRA: Sí. Y también podéis llamarme madre o hija y esperar todo mi amor.

    GALADÍ: ¡Qué amor de hielo!

    CABEZAS: ¡Así todo se confirma! Nuestra vida se desvanece.

    DIÓSCORO: ¡Ay de nosotros!

    FEDERICO: Es verdad que en ti yo percibo algo celeste y cálido; algo que me recuerda todos los momentos de mi niñez, todas las tristezas de mi vida futura.

    SOMBRA: Trascendida y liberada del dolor de todo nacimiento, sí, yo soy vuestra muerte. A vosotros sólo sonriente, amable, amiga. Sólo vuestra, sólo a vosotros debida: el producto más acabado de vuestra infancia. En mí, todas vuestras criaturas imposibles, las luminarias de vuestro miedo fecundo y los ecos de los hijos que la naturaleza ha negado a vuestro amor de alcoba.

    GALADÍ: Yo nunca tuve miedo: fui fecundo en el valor y generoso con la vida.

    CABEZAS: ¡No me abandones ni me lleves contigo, amiga mía!

    SOMBRA: Sabed también que yo soy la recompensa amarga que los habitantes de esta tierra de cicuta dan a la altura de vuestro valor y genio, el precio exacto que han de pagar por su ignorante locura.

    FEDERICO: Si de verdad eres mi amiga, dame tu consuelo, las fuerzas que me faltan.

    SOMBRA: Me encontraré con tu corazón alado junto a la fuente de Ainadamar, la fuente fría de las lágrimas y, cada tarde, bajaremos juntos por la acequia cantando la canción eterna del agua, para regar los cármenes de las colinas y los jardines de la Vega, para dar frescor en el verano y, en primavera, formar un prado apacible de flores y caracoles. Nos sentaremos en remanso a conversar con los gitanillos a la orilla de los ríos, a escuchar los secretos de las muchachas inocentes y llorar con Boabdil la gran pérdida de Granada. Y por el mar, llegaremos a Harlem, donde los negros han reunido a todos los pobres del mundo y esperan impacientes tu regreso. (hace un gesto de cansancio)

    FEDERICO: ¡Allí ya te conocí!; siempre furtiva por entre los rascacielos y los cubos de basura, jugando al poker con los negros musicales en los muelles ocultos.

    SOMBRA: Tu ausencia limpia, ilimitada, los perfiles que tuviera tu alegría, quedarán para siempre en todos los escenarios, por todos los callejones de silencio y en las cumbres de las ganaderías. Serás reconocible en la frente de los niños inocentes y en la oscuridad de los besos furtivos. Excepto en ti, convertido para siempre en fotografía, algo que llamarán Federico permanecerá en la vorágine de las generaciones, como un gesto magistral de la creación.

    FEDERICO: ¡Ay qué belleza compartida tan triste me prometes, qué dolor de clavos oxidados traes a mi corazón! (se acerca a la Sombra y trata de acariciar su rostro) Si me han de arrebatar mi vida verdadera, mi certidumbre de tacto, única prueba real de que vivimos, ¡qué me importan a mí ni mi obra ni su cosecha mezquina, germinada por los martirios infinitos que las raíces darán a mi cuerpo enterrado a la vera de los olivos! ¡Oh, amargo sabor de esta hora funesta!

    (Federico queda cabizbajo, resignado en una tristeza infinita.)

    SOMBRA: ¡Pobre Federico! ¡Tan niño aún y ya tan incomprendido y amable con su muerte! No soy yo quien apresura el momento fatal de nuestro encuentro. Nadie como tú ha comprendido toda la extensión de mi tristeza.

    DIÓSCORO: ¡Sombra! Somos hombres a punto de rendir nuestras vidas. Te ruego pues que contestes a esta pregunta: ¿Es Dios un invento de los hombres, una mentira provechosa para algunos?

    SOMBRA: Con esta duda te has de ir de este mundo. Yo, Dióscoro, nada tengo que ver con esas cosas.

    DIÓSCORO: ¡Extraña sombra que nada prueba de la vida futura!

    SOMBRA: Yo tengo sentimientos y, como todos, estoy condenada a la misma ciencia positiva.

    DIÓSCORO: ¿Y qué tienes que decirme para mi consuelo?

    SOMBRA: ¡Ay Dióscoro! ¡Querido maestro de escuela republicano! Aquí, en estas mismas Colonias, cada mes de agosto se han oído las risas de los niños de las escuelas. Pero este año sólo una muerte mucho más poderosa que yo misma, es aquí la dominadora. Tu pérdida, Dióscoro, reducirá el horizonte de las escuelas y llenará de veneno el aire de los pupitres. Vendrán generaciones enteras de niños ignorados de ternura, de niños tristes. Fíjate bien Dióscoro en lo que digo, ¡niños tristes! Sin hombres como tú, a la naturaleza le dolerán las entrañas.

    DIÓSCORO: ¿Cómo podría ser esto un consuelo para mí? Lo que dices me duele hasta en el hueco de la pierna que me falta.

    SOMBRA: La inteligencia entusiasmada que tuviste, buen Dióscoro, el hueco que dejas en las causas de futuro, son esperanzas verdaderas para el mundo. Y yo se de ti que eres tan cabal, tan generoso, tan buen republicano, que esta sola idea será suficiente para tu consuelo. Toda la tristeza que te quede es absolutamente irremediable, sin embargo.

    DIÓSCORO: Yo quiero sentir la risa de los niños de mi escuela y adivinar la de sus hijos. ¿Qué será de ellos ahora, abandonados en las manos de estos asesinos?

    SOMBRA (dirigiéndose a Galadí y Cabezas): A vosotros quizá os conozca mejor que a ninguno. Vuestra vida ha sido una continua invocación a mi presencia prematura. ¿Qué os podría decir yo a vosotros, tan acostumbrados a mirarme cara a cara? Me siento orgullosa de vosotros.

    CABEZAS: A veces no estamos seguros.

    GALADÍ: ¡Hemos oído tantas cosas sobre nosotros!

    SOMBRA: Para las gentes bien nacidas, habréis de representar el valor, la gallardía, la grandeza incomparable del gesto defensivo de los pobres. Los otros os llamarán extremistas, aprendices de toreros y sólo os concederán el mérito dudoso de haber acompañado, con la vuestra, a un poeta en su agonía. Todo el Albaicín conoce vuestras gestas; los buenos aficionados, saben de vuestras tardes de triunfo, y yo, que estoy hecha del futuro infalible que vuestro impulso conforma, os digo que también hubierais podido morir en algún ruedo, después de una faena memorable.

    GALADÍ (sonriendo): Hubiera sido un gran maestro. Un Belmonte hubiera llegado a ser. No me falta valor ni arte para ello.

    CABEZAS: A mí me habría bastado el ganar pan suficiente para los míos.

    SOMBRA: ¡Queridos toreros granadinos!, depositarios de todas las tradiciones de un mar, ¿podríais vosotros decirme de algo más triste que ser el futuro malogrado y compartido de un poeta, un maestro de escuela y dos toreros? Descansad ahora, amigos míos, que ya la vida os ha cobrado bastante amor, suficiente valentía.

    GALADÍ: Aunque tu faz, Sombra, siempre es ingrata, a ti me consagraré por mi querida República.

    CABEZAS: ¡Ojalá nuestra sangre sea la última que se derrame impunemente en el mundo!

    (Los cuatro condenados quedan en silencio. La Sombra se dirige entonces al público.)

    SOMBRA:

¡Ay qué oficio tan triste es este mío
venir reducida a ser final sangriento
de dos valientes toreros granadinos
de un poeta genial y un buen maestro!


    (Dirigiéndose a los cuatro presos) Fuera la hora del alba se aproxima. Ya es tiempo que os deje por ahora. ¡Hasta pronto, queridos amigos míos!

    (La Sombra se desvanece. Después hay una breve pausa.)

    GALADÍ: ¿Qué hora es?

    DIÓSCORO: Las cinco y media en punto.

    FEDERICO: ¡Oh, pesadilla incomprensible de esta hora funesta!
 
 

TELÓN RAPIDO



 
 

Cuarto Cuadro

(El mismo escenario con la puerta entreabierta del Segundo Cuadro. Todos están sentados ahora en sus sillas. Lentamente se levantan y, silenciosamente, van reuniéndose en el centro del escenario. Se oyen de nuevo el sonido del agua en el molino y el rumor de la guitarra lejana. El diálogo que sigue transcurre lentamente, en tono decaído.)

    FEDERICO: ¡Ay de mí!

    GALADÍ: ¡Ay!

    CABEZAS: ¡Ay de todos!

    DIÓSCORO: ¡Ay de todos nosotros!

    (pausa)

    FEDERICO (mirando su reloj):
 

¿A qué hora vendrán?


    GALADÍ:

A la hora en que muere la oscuridad.


    (Empieza a clarear por la puerta.)

    CABEZAS:

¿Dónde nos llevarán?


    DIÓSCORO:

Junto a la fuente de Ainadamar.


    GALADÍ:

¿Y cuándo nos matarán?


    FEDERICO:

Cuando suenen las campanas de la catedral.


    (pausa)

    DIÓSCORO: ¡Ay de mí!

    CABEZAS: ¡Ay!

    GALADÍ: ¡Ay de todos!

    FEDERICO: ¡Ay de todos nosotros!

    (Después de una pausa breve, entran tres guardias junto con varios desconocidos siniestros de paisano. Parecen tener prisa y actúan como si de un trabajo rutinario se tratara. A partir de este momento y hasta el final del cuadro, todos los movimientos de los personajes han de ser rápidos y violentos y sus diálogos, apresurados.)

    GALADÍ: ¡Ya llegó nuestra hora!

    FEDERICO: ¡Sí! ¡Ya llegó! Pero aún es oscuro. ¡No nos separemos!

    CABEZAS: ¡Mantengámonos juntos! ¡Ya para siempre juntos!

    DIÓSCORO: ¡Por favor, ayudadme a levantarme!

    (Mientras los guardias atan a Federico con Dióscoro y a Galadí con Cabezas, los cuatro condenados se debaten tratando de que no los separen. Los civiles miran la escena sonriendo.)

    DIÓSCORO:
 

Nos matarán cuando el alba
no deje a los carniceros
distinguir, ¡no les importa!,
a quien matarán primero.


    GALADÍ:
 

Compartiremos las balas.
La muerte compartiremos.
Dos torerillos marxistas,
un poeta y un maestro.


FEDERICO:
 

Se mezclará nuestra sangre.
Nos abrazaremos muertos.
Vuestra será mi carne.
míos serán vuestros huesos.


    CABEZAS:
 

Reunidos por la muerte,
muertos nos miraremos.
Mía será vuestra carne
y vuestros serán mis huesos.


    DIÓSCORO:
 

En las noches de tormenta
os contaré mis secretos;
y cuando la luna brille,
vosotros a mí los vuestros.


    GALADÍ:
 

Y cuando pasen los años
ya nada distinguiremos.
Mi tierra será vuestra tierra
y nuestro destino el viento.


    FEDERICO:
 

Nunca encontrarán una tumba,
ni en la Tierra ni en el Cielo,
con dos toreros del Sur,
un poeta y un maestro.
    (Los sacan violentamente de las Colonias. La luz empieza a entrar por todas partes.)
 
 

TELÓN



 

CUARTO ACTO (Epílogo)




(Amanece en un lugar hermoso del campo de verano granadino por el que pasa un arroyo de aguas claras. A un lado, las ruinas de guerra de una casita pequeña que fue blanca. Todo el fondo del escenario debe ser una imagen lejana de Granada: las torres de la Alhambra y Sierra Nevada. Sentado en la orilla del arroyo hay un gitano aún joven y delgado con una vara de mimbre. La acción transcurre lentamente en un tiempo imaginario. Los personajes poseen un aire de ausencia y olvido.)

    GITANO (canta):
 

Ay, ayayay
Cerco tiene la luna.
Mi amor ha muerto.
Ayayay


    (El gitano se entretiene jugando con su vara. Aparece un niño vestido de primera comunión con un gato muerto en brazos. Lleva una corona de rosas blancas. Podría ser el Niño Muerto de "Así que pasen cinco años". El niño se sienta a la vera del gitano y, sin dejar de abrazar al gato, juega con el agua.)

    NIÑO: Eso que cantas, ¡qué bonito!

    GITANO: Así me entretengo.

    NIÑO: Pero es bonito.

    GITANO: ¿Sabes cómo me llamo?

    NIÑO: ¡Claro que lo sé! Te llamas Gitano. (pausa) ¿Y tú, sabes tú como me llamo yo?

    GITANO: Te llamas Niño y estás muerto.

    NIÑO: ¡Anda que gracia! ¡Tú también estás muerto!

    GITANO: Pues claro.

    NIÑO: Y el gato también está muerto. Nunca hemos vivido, somos personajes de teatro.

    GITANO: No. Yo vivía. Luego me mataron.

    (Los dos quedan en silencio. Mientras el Niño juega con el agua, el Gitano dibuja con su vara palomas y barcos en el suelo.)

    NIÑO: Estoy triste.

    GITANO: Yo siempre estoy triste; soy gitano.

    NIÑO: Pero yo estoy muy triste.

    GITANO: ¿Por qué?

    NIÑO:
 

Han matado a Federico
sin piedad, luna ni causa.


    GITANO:
 

¿Qué dices?


    NIÑO:
 

Lo asesinaron al alba.


    GITANO:
 

Y tú como sabes eso
si siempre estás con el agua.


    NIÑO:
 

En el libro del olvido
lo he leído esta mañana.


    GITANO:
 

¡Ay de la hiel
de los papeles que hablan!


    NIÑO:
 

Se le vio, caminando entre fusiles,
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas de la madrugada.


    GITANO:
 

Eso son cosas que dicen.
No prueban nada.


    NIÑO:
 

Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.


    GITANO:
 

¿Y cómo los asesinos
hicieron esta desgracia?


    NIÑO:
 

Todos cerraron los ojos;
rezaron: ¡Ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico
- sangre en la frente y plomo en las entrañas -


    GITANO:
 

Dime niño en qué lugar
la muerte fue tan amarga.


    NIÑO:
 

Que fue en Granada el crimen.
Sabed - ¡Pobre Granada! - en su Granada.


    (Pausa breve.)

    GITANO:
 

Sí. La luz de la mañana se derrite en las pupilas
y se han secado los brotes de mi vara.


    NIÑO:
 

Las fuentes están secas.
¿Nos vamos a Granada?


    GITANO:
 

No. Es imposible.
Desde hace muchos años está sitiada.


    (El Gitano se pone en pie y vuelve su mirada hacia Granada.)

    GITANO:
 

¡Pobre ciudad de cobre sin estrellas!


    (Pausa muy breve.)
 

Amanecida imposible, acribillada;
tratando de ocultarte de tu Vega.
Sin futuro, huida, fracasada,
Ciudad hoy te llamas tristeza.

Poblada de fusiles y arcángeles de frío,
tus fuentes son ahora heridas terribles de la tierra.
Desiertos tus vergeles, cerrados tus caminos,
Ciudad hoy te llamas tristeza.

Inundados de sangre tus aljibes, tus barrios confundidos;
florecida de cicuta, acogida a las tinieblas.
De espinos rodeada, secos tus ríos,
Ciudad hoy te llamas tristeza.

Los moros no te hubieran construido
para que dieses muerte a tu poeta.
No hay crimen más grande que tu crimen
ni tristeza mayor que tu tristeza.


    (Pausa. El Gitano vuelve a sentarse.)

    NIÑO: ¿Y qué hacemos ahora?

    GITANO: Si tú quieres, seguimos conversando.

    (Caminando inseguro, aparece Federico vestido con el traje oscuro de verano y una gran mancha de sangre en la frente.)

    FEDERICO: Yo os conozco. Sé quiénes sois.

    GITANO: También nosotros te conocemos a ti.

    NIÑO: Y además te estábamos esperando.

    FEDERICO: Me parece que soy un peregrino hacia el Sur, que huye de Granada.

    GITANO: Huir de Granada es imposible.

    FEDERICO: Entonces me quedaré esperando aquí con vosotros, si queréis.

    NIÑO: ¿Qué tienes en la frente?

    FEDERICO: Han debido matarme al despuntar la alborada.

    NIÑO: Déjame limpiarte la sangre de esa herida.

    (Federico se agacha un poco para que el Niño, con agua del arroyo, le limpie la sangre de la frente que, después, queda sin señal alguna.)

    GITANO: Desde aquí se ven todos los mares y todas las ciudades.

    NIÑO: Sí. Pero no es posible vivir en ninguna, ni vadear ríos, ni navegar mares.

    FEDERICO: ¿Me dejáis jugar con vosotros?

    GITANO: Sí.

    NIÑO: ¿A qué quieres que juguemos?

    FEDERICO: Al juego que estabais jugando. Tendréis que enseñarme, porque yo ya no sé jugar.

    (Federico se sienta entre los dos.)
 

    GITANO (canta):
 

Ay, ayayay
Cerco tiene la luna.
Mi amor ha muerto.
Ayayay.

 

TELÓN LENTO
 

FIN



Argos 18