Steven F. White
swhite@stlawu.edu

Siete salmos penitenciales

1

Corrígeme en tu cólera, castígame en tu furor.
Líbrame para un larguísimo recuerdo de transgresión,
porque en la muerte nadie de ti se acuerda,
en el Seol, ¿quién te puede alabar?
Aniquila los límites de mi flujo y reflujo.
Bebe mi melodía, y el canto de mí mismo es tuyo.
No espero perpetuar la especie como mis enemigos.
Sólo deseo la divina retribución del deseo.
Sálvame para tu amor constante
en el cuero negro de una bestia del Edén.
Con la serpiente tatuada sobre tus senos
y el azote de tu verbo,
cabálgame como una perfecta desconocida.
Acércate a mi rostro como una lágrima de sangre,
después asola mis ojos.
Hazme llorar y gemir
en tu cama celeste.

2

Dichoso aquél que transgrede los límites
y conoce tu cuerpo que no perdona.
Cuando las noches eran largas en nosotros
y florecimos uno en el otro
con un veneno visionario,
agredimos la belleza de nuestra unión
tornándola invisible.
Confesé mis transgresiones
en pleno calor de verano
cuando pesabas sobre mí
y no había cómo parar
el cause de la pasión
como la furia de las aguas torrenciales.
Que los que sean divinos te posean
por un instante, sin importar el sexo:
los peregrinos tienen dientes y lenguas
para adorarte, para desgastarte lentamente
antes de que quiebres la forma de sus huesos.

3

¡No me abandones! Estoy esperándote
para que claves tu punta aguda otra vez en mí
y para que tu pulgar apriete la luz líquida
en la vena donde todos mis estados de ser
migran en una sola dirección.
Dejaste las marcas en mi antebrazo.
Circulas y subes a la superficie, herida tras herida.
El regalo de tu beso dispara por mi corazón
como el fuego devora la leña seca.
Los que buscan mi vida quieren gozar
del arder de nuestro amor desde lejos.
Ellos hablan de tenerme en la mira
cuando estoy en el auge del deseo,
trasmutado y temblando.
Cuando te retiras para salvarte,
estoy gastado y abatido.
Y tiemblo sin ti, y mi piel gatea
hacia desierto de las almas perdidas,
y te pierdo de vista cuando te apartas
porque sabes de tantos otros lugares
donde nutrirte de la necesaria salvación.

4

Tenme piedad en tu amor más allá del pecado,
lávame con las nieves eternas de tu mirada.
Devuélveme el gozo de ser
tan simple como tu espejo.
Cuando beso tus labios, me torno súbdito
de tu imperio de ocultos lazos eróticos.
Déjame tomar la alianza de tu lengua en mi boca.
Ámame como el fin del mundo
cuando los ojos brillantes tiemblen y caigan de un cielo anaranjado,
cuando algo sin viento rasgue la piel de la tierra
y rompa las ramas de los árboles.
Reabsórbeme gota a gota
en el mar de sal de tu sexo.
No hay forma de concebir la belleza
de esos cantos de inocencia
multiplicándose como peces y panes
como alimento del milenio.
Alza mi cuerpo de corazón limpio
en el altar de tu pelvis.
Regocíjate con nuestro sacrificio,
este sacramento de fuego, esta ofrenda quemada.

5

No ocultes de mí tu rostro.
¿Tienes miedo porque llevo el cielo en mis ojos?
El único infierno es no verte en mí.
Nuestros días se deslizan entre los dedos como humo.
De mi voz de fuego sólo queda ceniza.
Si pudiéramos simularnos.
Si pudiéramos capturar la superficie de cada uno.
Cúbrete conmigo como si yo fuera ropa negra
hasta que caiga de tus hombres en harapos
y aparezcas como una mendiga santa, carne y hueso,
gritando tal como te llamé
como un buitre, como un búho, como un solitario pájaro en el tejado.
Te vestiré como un collar.
Perfora mis orejas, y déjame deslizar el dedo
en el círculo enjoyado de tu cuerpo.
Pinta tu ropa en mi piel
como si yo fuera el fetiche que realmente necesitaras
y nada pudieras hacer sin mí.
Rasgar el tejido es hacerme sangrar.
Desvestirme para el amor es matarme.

6

Si pudiéramos quedarnos en las profundidades
de la larguísima noche de desobediencia,
conspirando, susurrando en los oídos.
¿Si segamos al centinela, podremos eclipsar la aurora?
¿Cómo podemos impedir que el espía violento
nazca en nuestra ventana
y lacere nuestra carne con luz?
Luna nueva de invierno, flor negra de nuestro abrazo...
La nieve afuera, el calor verde del exilio entre nuestras piernas...
Te esperé más de lo que los muertos esperaron las trompetas.
Que este sea un canto de ascensión a una oscuridad más profunda,
una noche futura, para que yo pueda perdonarte cuando nos despidamos
del peligro de caer de nuestros cuerpos de la tierra,
cuando nos marchemos solos para afinar nuestras habilidades mercenarias.
Olvidémonos de nuestras patrias y sus iniquidades,
porque nunca serán redimidas.
Que nuestro único país sea el hechizo de la piel de esta noche
y cuanto pueda el espacio de las manos acariciar.

7

Entrégame a mi enemigo, a ti.
Me persigues, y me derrumbas al suelo.
Trato de esconderme de ti dentro de ti.
Me haces yacer contigo en las tinieblas como los muertos para siempre.
Trabajas mi cantera en busca de señales de amor.
Me violas sobre la piedra fría.
El río final de mi sangre transgrede los márgenes.
Por tu nombre, no preserves mi vida.
En vez de eso, desmiémbrame en un rito,
y canibaliza mis partes.
O haz un hechizo y dame a luz.
Hocus pocus, hoc est corpus.
Éste es mi cuerpo. Libra este niño
que, no tragado, podría abrirte algún día
para consumir el refugio de tu útero.

De Fuego que engendra fuego, Ed. Verbum, Madrid, 2000.



Steven F. White (Abingdon, Pennsylvania, 1955) se educó en Williams College y la University of Oregon, donde obtuvo su doctorado.  Traductor de Poeta en Nueva York de Lorca, también ha realizado antologías bilingües de la poesía de Nicaragua, Chile y Brasil. Es el autor del libro de ensayos críticos Modern Nicaraguan Poetry: Dialogues with France and the United States y co-editor de Ayahuasca Reader. Como poeta publicó el libro bilingüe Fuego que engendra fuego. Actualmente enseña en el Departamento de Lenguas Modernas de la St. LawrenceUniversity.



 
Argos 18/ Poesía