Marco Aurelio Suárez
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Tercero en línea


Las llamadas comenzaron a llegar minutos antes de que Fernando estuviera al micrófono. Vio las luces del panel parpadear, mostrando todas las líneas ocupadas. Entró a la cabina y dejó en el suelo su portafolio de estudiante en maestría de comunicación. Se quitó el saco, confundiendo un suspiro profundo con el roce de la tela deslizándose por sus brazos, atorándose en su teléfono celular sujeto al cinturón. -Hola, Nacho-, saludó. El ingeniero de sonido levantó la mano desde la cabina, sonriendo ridículamente, mostrando sus dientes amarillos. "Pinche Nacho, tienes cara para la radio" meditó Fernando mientras ocupaba su asiento, frente al micrófono. Tomó los audífonos y le indicó que podía dar la entrada. Escuchó el jingle grabado previamente interrumpiendo un éxito de Los Tigres del Norte. "Radio Vox, transmitiendo desde la parte central de su cuadrante" comentó la sensual voz del anunciador; "miembro del grupo Radio Centro. Fernando García con ustedes".

    -Hola-hola a todos ustedes que nos escuchan, desde casita o el trabajo, ¡gracias a Dios es viernes! Un saludo especial a todos nuestros ruleteros que nos escuchan, y también a mis amigos microbuseros. Dentro de un momento, si se ponen buzos, podrán ganarse boletos para Los Caminantes de Tibero, que tocan este fin de semana en Ciudad Deportiva, así que no le cambien de estación, ¡y órale!

    Comenzaba a fastidiarle aquel tono suave en su voz, que usaba como si fuera un compadre de película mexicana. Vio de reojo el libro que asomaba de su portafolio. "Leído para la semana que viene" ordenó el maestro –porque el profesor de maestría no pide, no deja tarea. Ellos ordenan-. Intentó un cálculo veloz de lo grueso del libro y el tiempo que le tomaría acabarlo. No llegaría ni a la mitad para el lunes.

    -¡Y órale! Ahora vamos con las llamadas. ¡Y ya saben, aquí estoy para servirles y ayudarles!

    "Pinche maestría, no la voy a sacar"

    Nacho escribía a toda prisa en el pizarrón lavable y lo levantaba para que Fernando pudiera leerlo. "MI MARIDO SE FUE AL OTRO LADO" decía en letras rojas. Fernando negó con la cabeza, la estación ya no quería pagar llamadas de larga distancia. Nacho borró el letrero y enseguida comenzó a escribir de nuevo.

    "Y de aquí me voy al doblaje" recordó de repente. Aquello reducía mucho su tiempo de estudio.

    "MI NOVIO ME ES INFIEL" decía ahora.

    "Y encima, tratar con esto" pensó mientras afirmaba con la cabeza. Era una voz joven, casi una niña. Le explicó por teléfono que había visto a su novio abrazando a otra chava de la escuela. Quería aclarar las cosas, y dedicarle una canción. Lo que Fernando no entendía era la necesidad de explicar las cosas en la radio, al aire. Trató de prestarle atención, de comprender su problema "¿Qué problema puede tener? Está pendeja". Sus pensamientos comenzaron a divagar, a perderse entre sus labores escolares, sus diferentes trabajos, Martha, que, aunque ella decía lo mucho que le quería y le importaba su realización profesional, no podía dejar de pedirle que la llevara a bailar y cenar a lugares caros, al menos una vez cada quincena.

    -¿Qué te parece si le hablamos a tu novio?- comentó cuando ella hizo una pausa prolongada. Escuchó voces, más de una, al otro lado de la línea. "Sus pinches amigas" pensó, "atentas al chisme. Parece que nunca dejaron la secundaria".

    Cuando la conexión tres en línea estuvo lista, dejó que ellos llevaran la conversación, realizando de vez en cuando interrupciones para que su voz (la de la estación) no abandonara el aire. Ella le pidió una razón. Él le dio una excusa. Ella se la creyó y comenzó a llorar. Él la consoló. Le dijo que la quería mucho -Fernando no recordaba haber escuchado alguna vez, en todo su primer año de locutor y seudo-terapista, un "te amo". No como los suyos hacia Martha; en cafeterías, en la oscuridad del cine, en la calle o cada mañana en la cama. Nunca un "te amo" como esos-. Agradecieron a Fernando y los tres cortaron comunicación, después de que ella le indicó la canción y con cuánto cariño –ojo, no amor- se la dedicaba a su "vida".

    -Soy Fernando García y estoy para servirles.

    "Me va a dejar" fue el pensamiento fugaz, apenas un segundo antes de que Nacho volviera a levantar el pizarrón. Fernando negó con la cabeza y le indicó que pusiera una canción que le habían solicitado. Dejó pasar la melodía, girando en su silla, con la cabeza apoyada en el respaldo, mientras Nacho revisaba la lista de complacencias del día, para de una vez tener preparada la siguiente canción. No escuchaba a Fernando susurrar al techo mientras su silla continuaba girando:

    -Me vas a dejar porque no tengo dinero. Ahora no tengo, pero deja que acabe la maestría. Primero empiezo de jala-cables, ahora soy un locutor mediocre, pero deja que tenga la maestría y no vas a querer soltarme. Ganamos mucho los que la tenemos y no hay que estar escuchando estupideces al teléfono. Deja que tenga la maestría, condenada.

    La melodía acabó. Fernando recuperó la compostura en el asiento, como si alguien aparte de Nacho pudiera observarlo. Éste le mostró de nuevo el pizarrón: QUIERO DECLARARME decía. Fernando asintió.

    -Radio Vox, Aquí Fernando García. ¿Qué podemos hacer por ti?

    -Hola- susurró con timidez una voz masculina. –Quiero declararme con Alma.

    -¡Y órale! Estás severo. ¿Declaración de que te gusta, o ya de plano matrimonio?

    -De que me gusta. Me gusta mucho.

    -¿Y desde cuándo la conoces?

    -Desde la prepa. Quiero decirle que la amo Ahora ella trabaja, pero hoy es su día de descanso, está en su casa. ¿Podemos hablarle?

    Normalmente era Fernando quien daba pie para comunicarse con el tercero en cuestión. Ahora parecía que era una obligación. "Dales una mano..." pensó. Ya había atendido declaraciones y, sin embargo, este sujeto se escuchaba más interesante que otros en el pasado. Sonaba sincero y con un poco de timidez en su voz. Tímido, pero sabía lo que quería y lo que Fernando debía hacer. -¿Cómo te llamas, mano?- le preguntó.

    -Carlos.

    -Bueno, vamos a hablarle a Alma. Nomás no te vayas a echar para atrás.

    -Para nada.

    Carlos le dictó el número. Nacho fue marcando y todos esperaron la conexión. El teléfono sonó tres veces. Cuatro.

    -Parece que no está, Carlos.

    -Sí se encuentra. Es su día de descanso.

    Siete veces.

    -Carlos, creo que...

    -Sí está.

    Ocho.

    -¿Bueno?

    Fernando sabía de voces y desde que Alma contestó el teléfono, pudo asegurar que ella tenía una voz hermosa. Parecía estar hecha para relajar los oídos de quien la escuchara. Comprendió a Carlos, una persona con semejante voz era alguien de quien se podía uno enamorar desde el principio. -¿Alma?- preguntó.

    -Sí. ¿Quién habla?

    -La Celestina.

    -¿Quién?

    -No es cierto, es choro. Soy Fernando García, de Radio Vox.

    -Radio Vox... A veces lo escucho cuando voy en los microbuses. O en el trabajo.

    -¿Y en qué trabajas, Almita?

    -En una tienda de telas, por el centro. Mido y corto.

    -Tienes una voz muy linda, Almita.

    La escuchó ahogar una risa. Él mismo sonrió. No pudo contenerse, tenía que decírselo. Nacho lo miraba, moviendo la cabeza de lado a lado, chasqueando la lengua, sonido que no podía oír por el vidrio que separaba las cabinas.

    -¿Estamos al aire?

-Así es, Almita. Y queremos hablar contigo.

    -¿Quién más?

    -Un amigo que te quiere decir algo muy especial.

    "¿Cómo se llama este pendejo" buscó entre las notas que tomaba en el transcurso de la llamada. –Carlos, es tu oportunidad, no la riegues.

    -Alma- susurró el tercero en línea.

    -¿Sí?

    -Soy Carlos.

    Un silencio prolongado. Aquéllos que García estaba comprometido a llenar. -¿Cómo ves, Almita? Dile algo.

    -Es que...

    -Tú también dile algo, Carlos. No te quedes frío. Tampoco se arrepienta, ¿eh?

    -Me gustas mucho, Alma.

    -¡Y órale! ¿Cómo la ve desde ahí, Almita?

    Otro silencio.

    -¿Alma?

    -Discúlpame, pero... ¿De dónde te conozco, Carlos?

    -¿Cómo que no te acuerdas de Carlos? De la preparatoria... ¿Dónde dices que estuvieron, Carlangas?

    -Preparatoria ocho.

    -¿Ya te acuerdas, Almita?

    -Estudié ahí, pero... En serio no me acuerdo de ti, Carlos.

    -Yo sí, Alma.

    -¿Tomamos una clase juntos?

    -No-

    -¿Alguna obra del taller de teatro?.

    -Tampoco.

    -¿Con los activistas?

    -No.

    -¡Ya, no la tengas en suspenso, Carlos! Dile de dónde te conoce.

    -Ella no me conoce, Fernando.

    -¡A´dio! ¿Cómo está eso?

    -Ella nunca me conoció. Nunca me viste, Alma, pero yo a ti sí. Te veía salir de la escuela con tus amigas. Se compraban unos refrescos y los tomaban en la puerta. Ninguna tenía prisa por irse. ¿Cierto?

    -Sí... Sí, tienes razón.

    -Esperaban a los del último semestre, ellos salían más tarde que ustedes, que apenas iban en segundo. Los esperaban para saludarlos.

    -Almita, pícara que nos saliste. ¿Eso es cierto?

    Alma reía. –Sí, eso hacíamos.

    -Y yo las veía- continuó Carlos. Se iban con los de último semestre. Tú esperabas, entre todos ellos, a Manuel, ¿cierto?

    -Ándele, ya te cayeron en la movida. ¿Quién es Manuel?

    -Era mi novio- susurró ella. Un tono de tristeza pudo percibirse en su voz.

    -Era alumno distinguido- interrumpió Carlos. –Inteligente, deportista, muy atractivo, ¿cierto?

    -Eso fue hace mucho- contestó ella.

    -No te enceles, Carlangas. Eso ya es agua vieja, ¿no es cierto, Almita?

    -No sé que decir.

    -Pues di que quieres conocer a mi amigo Carlangas.

    Fernando se dio cuenta que estaba participando más de lo que acostumbraba regularmente. Desde su voz, hasta su postura en la silla, con los codos apoyados en la mesa, revelaban un auténtico interés en aquella situación. Alma cambiaba el teléfono de manos constantemente, lo sabía por el ruido que hacía al acercar el teléfono de un lado al otro de su cabeza. Carlos permanecía en silencio casi absoluto. Sólo podía escucharlo respirar.

    -Me gustas mucho, Alma. Pienso en ti todo el tiempo. En tu rostro. Mis manos acariciando tu pelo ondulado, enredando los dedos en él. Tu fina cintura, la línea de tus piernas y la forma en que caminas cuando vas al trabajo, te he visto en ocasiones. Me gusta como sonríes. Me gustaría acariciar tu lunar que tienes en tu cadera, el que cubren las etiquetas de marca en los pantalones.

    En esta ocasión Fernando dejó pasar el silencio. La voz de Carlos había fluido como agua de río. Calmado y constante. En ningún momento tartamudeó, ni dejó caer su discurso. A todos los tenía encantados; Alma desde el otro lado de la línea, Fernando y Nacho, en Radio Vox, todos los que escuchaban la transmisión en ese momento, tal vez toda la ciudad. Nacho movía la cabeza afirmativamente, demostrando lo bueno que estaba resultando aquel segmento.

    -¿Cómo sabes que tengo un lunar en mi cadera?

    "Pícaro sinvergüenza" pensó Fernando imaginando que Carlos la había espiado en ocasiones. "A ver cómo respondes ésta".

    -¿Cómo lo sabes?- volvió a preguntar.

    -Lo estoy viendo ahora.

    Ambos guardaron silencio. La sonrisa de Fernando comenzaba a desvanecerse conforme ninguno hablaba. Estaba a punto de decir lo primero que llegara a su mente cuando Carlos retomó la conversación.

    -Es muy lindo. Discreto y fino. Dan ganas de morderlo.

    -¿Quién eres?- preguntó Alma con voz quebradiza.

    -Soy Carlos.

    -Estas vacilando, ¿verdad Carlos?

    -Yo no vacilo, Fernando. Soy Carlos y estoy viendo ahora mismo tu lunar. Te estas secando ahí con una toalla, pues te acabas de bañar.

    Alma iba a decir algo, pero Fernando escuchó cómo su voz se quebró en un suspiro. La escuchó respirar pausada y profundamente. Finalmente continuó:

    -¿Qué quieres?

    -Arrancarte ese lunar.

    -Carlos- llamó Fernando. –Carlos, ya bájale, nos estás asustando.

    -Voy a colgar- amenazó ella.

    -Fuiste a su funeral

    Otro silencio. Alma no cortó comunicación. Fernando no sentía su propia respiración.

    -Fuiste al funeral de Manuel la semana pasada. Saludaste a todos, familia y amigos. No esperaste al entierro.

    -¿Quién habla?- volvió a preguntar Alma.

    -Lo esperabas a la salida de la preparatoria. Iban juntos al cine y al parque. Te gustaba la forma en que te acariciaba en la oscuridad. Era violento, pero te gustaba. Así te gustan todos, ¿verdad Alma?

    -¡¿Quién habla?!

    -Violentos, fuertes y salvajes. Que te maltraten. Así era Manuel, así le gustaba.

    -¡¿Quién es?!

    -Te dejó cuando entró a la universidad. "Ya no tenía tiempo", eso te dijo. Pero sí lo tenía para que otros lo maltrataran. Nunca lo supiste, ¿verdad?

    -¡¿Quién?!

    -Pero nadie lo golpeó como yo.

    La pluma que Fernando sostenía entre sus dedos cayó al suelo. Nacho se levantó del asiento. Alma respiraba agitadamente en el teléfono.

    -Voy a arrancarte ese lunar- continuó Carlos. Su voz se tornaba firme, seca. Contenía un grito que proyectaba a través de la línea. –Voy a golpearte como te gusta, una y otra vez. ¡Vas a gritar como en el cine, como en el parque! ¡Vas a gritar como la puta que eres antes de que te mate!

    Alma cortó la comunicación. Fernando se desplomó sobre su sillón. Las líneas seguían comunicadas. Fernando respiró pesadamente, llenando sus pulmones del aire que se había negado durante el minuto anterior. Nacho hizo señas hacia el micrófono. Fernando se ajustó los audífonos y se apoyó firmemente en el escritorio. -¿Carlos?

    -Aun estoy aquí, Fernando- escuchó un chasquido tras la voz.

-¿Qué fue eso?

    -Ella acaba de salir de la habitación de sus padres, donde tienen el teléfono.

    La mente de Fernando estaba en blanco.

    -Sólo tiene puesta la bata de baño.

    -¿Puedes verla? ¿En verdad puedes verla?

    -Ahora viene a su propio cuarto.

    Fernando intentó hablar. Su voz se ahogó antes de salir.

    -Ya viene.

    -Carlos... ¿Estás en su casa?

    -Cállate. Ya viene.

    -¡¿Esto es una broma?!

    -Shhh

    Escuchó otro chasquido. Una puerta que se abre. Fernando se levantó tirando el asiento. -¡Alma, no entres, Alma!

    La escucho gritar. Era ella, la misma voz. Escuchó golpes, algo se estrelló. Golpes metálicos. Ella seguía gritando. Podía oír jadear a Carlos. Más golpes metálicos.

    "Están bajando una escalera"

    -¡Alma, sal de la casa! ¡Sal de la casa!

    Escuchó entre los gritos cómo otra puerta se abría. Pudo oír al fondo ruidos de una calle en la noche. -¡Sí, sí! ¡Sal de tu casa, grita por la calle!

    La puerta se cerró. Fernando guardó silencio. Ella seguía gritando, cada vez se escuchaba más cerca. Hubo un golpe. Alma dejó de gritar.

    Agudizó su oído, había otro sonido que no alcanzaba a identificar.

    -¿Carlos? ¡Carlos!

    -¿Qué?

    -¿Dónde está ella?

    -Aquí, conmigo.

    Escuchó el roce de la piel sobre el concreto. "La está arrastrando por el suelo".

    -Carlos, escúchame...

    -¿Quieres hablar con ella?

    Un momento de silencio transcurrió antes de que escuchara la débil respiración de Alma por el teléfono.

    -Ayúdenme...

    -¿Dónde estás? ¿Dónde vives, Alma? ¡Dime!

    -No... Por favor... ¡Por favo...!

    La voz se cortó de repente. En su lugar, Fernando escuchó débiles respiraciones y quejidos junto con gorgoteos típicos de alguien que se ahoga.

    "Con su propia sangre"

    Fernando se apoyó en el escritorio al sentir que sus rodillas amenazaban con doblarse. –"Que sea una broma" rogó en silencio. "Por favor, que sea una broma".

    -Voy a mandar a la policía- dijo en falso tono de amenaza, esperando escuchar carcajadas y la voz de Alma refiriéndole que, en efecto, todo había sido una broma.

    -Como quieras.

    -¡Hijo de puta madre!

    -¿Puedes decir eso en la radio? Porque todavía estamos al aire.

    Fernando escuchó entonces la distorsión del sonido en sus audífonos. "Le subió al volumen de su radio. Nos está escuchando. Estamos al aire..."

    Vio cómo Nacho lo miraba, con las manos fijas en la orilla del tablero, sin atinar a moverse. Fernando se acercó violentamente. Entró a la cabina mientras Nacho buscaba la tornamesa de discos compactos.

    -¡Sácanos del aire, Nacho! ¡Cómo eres idiota! ¡Sácanos, chingada madre!

    Nacho obedeció y la siguiente canción en la lista de complacencias comenzó a sonar por el Distrito Federal.

    -Llama a la policía- susurró Fernando. Nacho le señaló con la mano las luces intermitentes que indicaban que todas las líneas estaban ocupadas. Fernando le arrojó su celular.

    -¡Pues usa el mío, idiota! ¡Date prisa!

    Regresó a los audífonos. Ya no había nadie en línea. Carlos había colgado. Fernando dejó caer los auriculares al suelo. Ocupó su asiento y hundió la cabeza entre las rodillas. Sintió un fuerte mareo que hacía oscilar a toda la cabina, la estación, la ciudad.

    "Ella gritaba en serio" pensó. "Nadie finge así"

    Volvió a escuchar en su mente cómo ella se ahogaba con su propia sangre, los gritos, el jadeo de Carlos, las puertas que se abrían y cerraban. La inocente voz con su petición para declararse al aire y la que gritó cómo quería matarla y lo mucho que había lastimado a Manuel.

    Manuel... cerró sus ojos con fuerza, forzando el recuerdo que se asomaba tímidamente. Un encabezado de La Prensa; Un hombre encontrado hace un mes, muerto (no, con la garganta cercenada) frente al reloj del Parque Hundido. Vestía... ropas exóticas de piel negra. Se llamaba... Se llamaba...

    "Nadie se fija en estos muertos" pensó Fernando. Nacho entró con el celular –Ya les hablé, vienen para acá. Tienes una llamada en espera- comentó sin el menor rasgo de emoción. Volvió a la cabina para mantener la música andando. -¿Quién es?

    Era Martha. Quería saber si iban a cenar mañana en la noche. Comenzó una banal descripción de lugares adecuados para salir. Restaurantes franceses, italianos, argentinos. Le dijo con voz totalmente desinteresada que ella escogiera. De cualquier forma no iba a acudir.

    Tenía que ir al baño, la comida se le había revuelto en el estómago. Dejó a Nacho al frente de Radio Vox y se encerró en el sanitario para vomitar a gusto. No pudo hacerlo, la mitad ya estaba bien digerido. Escupió un hilo de líquido amarillo antes de mojarse la cabeza con el agua helada de los lavabos. Su teléfono volvió a sonar. –Bueno...

    -Soy yo.

    Su mano resbaló en la orilla del lavabo y el codo se estrelló donde antes estaba apoyado. Ignoró el dolor.

    -¿Cómo tienes mi teléfono?

    -¿Es lo único que te interesa?

    Fernando suspiró. Apretó el celular con fuerza. -¿Por qué?

    Hubo un silencio que Fernando no supo llenar. Sólo escuchó, antes de colgar:

    -Salúdame a Martha.

1 de agosto de 2000


 
 
Argos 18/ Narrativa