Harriet Quint
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El amanecer de Stefan Zweig



El 22 de febrero de 1942, la policía de Petrópolis, en Brasil, encontró a un hombre acostado en su cama, vestido con un traje informal, pero elegante. A su lado, una mujer cuyo brazo izquierdo abrazaba su pecho. Este hombre era el escritor austriaco Stefan Zweig. Le faltaban días para cumplir los sesenta años. La muerta era su esposa de treinta y tres años, con nombre de soltera Altmann. Habían tomado Veronal.

    Sobre el escritorio ordenado con una meticulosidad extrema se encontraban cartas de despedida, los lápices con punta afilada, los libros prestados con la etiqueta de sus respectivos dueños y una declaración dirigida a las autoridades de Petrópolis en la que afirmaba haberse quitado la vida en pleno conocimiento del acto, y por voluntad propia.

¿Por qué el escritor exitoso, el hombre que tenía una excelente situación económica, que se había puesto a salvo de las persecuciones fascistas, había partido de la vida? Interrogantes que sólo se pueden contestar con suposiciones, interpretaciones de las palabras que dejó escritas, reflejo de su manera de pensar, de la visión que tuvo del mundo. Especulaciones que hacemos para tratar de entender el suicidio, para que no quede solamente como una anotación fría y burocrática en los documentos oficiales; respuestas que buscamos para justificar algo tan estrictamente personal como es la vida y la muerte.

El hombre que siempre consideró por encima de todas las cosas su libertad personal, una Europa unida por la hermandad y sin fronteras espirituales, vio truncada la realización de estos valores, porque le tocó vivir en una época bélica, en la que la humanidad se destruyó en dos guerras mundiales. Zweig tenía fe en el hombre, y cuando éste fracasó, buscó y halló refugio en la muerte. Senequiano en su último acto, estaba convencido de que "La vida depende de la voluntad de otros; la muerte. de nuestra propia voluntad" (Montaigne, Europäisches Erbe, Frankfurt, 1982, p. 48). Un acto de máxima libertad, desligado de cualquier dogmatismo religioso le concedió por último, eso, que tanto anheló, la esperanza de un nuevo "amanecer".


Declaración*

Antes de partir de la vida, con pleno conocimiento, y lúcido, me urge cumplir con un último deber: agradecer profundamente a este maravilloso país, Brasil, que me ofreció a mí y a mi trabajo una estancia tan buena y hospitalaria. Cada día aprendí a amar más este país, y en ninguna parte me hubiera dado más gusto volver a construir mi vida desde el principio, después de que el mundo de mi propia lengua ha desaparecido y Europa, mi patria espiritual, se destruye a sí misma.

Pero después de los sesenta se requieren fuerzas especiales para empezar de nuevo. Y las mías están agotadas después de tantos años de andar sin patria. De esta manera considero lo mejor, concluir a tiempo y con integridad una vida, cuya mayor alegría era el trabajo espiritual, y cuyo más preciado bien en esta tierra era la libertad personal.

Saludo a mis amigos. Ojalá puedan ver el amanecer después de esa larga noche. Yo, demasiado impaciente, me les adelanto.

Stefan Zweig
*Esta “Declaración” de Stefan Zweig se encuentra en: Hartmut Müller, Stefan Zweig, 8° ed., Rowohlt (Bildmonografien, 1290),  Reinbeck bei Hamburg, 1998, p. 129. [la traducción del alemán es mía].



 
Argos 18 / Narrativa