Alejandro Olivo

Un hombre de cascarón®

Ya antes había pensado en esta historia, y es sobre un hombre que sentado a la taza del baño de su casa una rata se le adentra por el ano. El hombre, en lo sucesivo, no intentará sino ver cómo irá a despedirse al animal de allí. Es una historia que se antoja entronizada en escenas de curiosidad y risa, pero no lo es. Aunque con una rata en sus adentros, el hombre, debía vivir, es decir, debía dar paso a las circunstancias normales de su vida y esperar que en algún momento aquel funesto ser le abandonara, por propio esfuerzo o por suerte, las entrañas. Pero no fue en las entrañas donde únicamente le anidó el roedor, sino que poco a poco fue explorándole, desde el primer momento de su entrada (dolorosa como terrorífica entrada) más y más partes de su cuerpo. Quienes lo vieron muerto, al final, cuando por fin el animal le salió, comprobaron el estado en que lo había dejado. El periódico dio cuenta de ello y se había preocupado, con la frivolidad propia de dar a conocer a todos el caso. Fue así como las señoras llegaban a casa de El hombreque se le metió la rata para pedirle que probara ruda cruda revuelta con bocanadas de tequila y ceniza de cigarro. Nunca se estableció a ciencia cierta qué había contribuido más a descomponer de modo tal al hombre, si los remedios que ofrecían los piadosos visitantes o el enemigo real.

    Le llevaba comidos el hígado, el intestino delgado y uno de los pulmones. La totalidad de costillas del lado izquierdo estaban semiderruidas por voraces dientes y un orificio empezaba a adivinarse bajo una de las axilas.

    Un científico formó la idea de adentrar un animal más de la misma especie para que originada una lucha por la definición de un territorio uno de los dos saliera siendo seguido por el otro y se acabase así el problema. Y esto ocurrió, sólo que animal alguno salió nunca y en cambio el hombre defecó a alguno de los dos, muerto, asesinado por el contrario porque reclamaba para sí solo aquel palacio de blanda carne y deliciosos huesos.

    Antes de que avanzara tanto tamaña desgracia, el hombre había descubierto que ingiriendo cacahuates embadurnados con mantequilla el martirio cesaba, aunque por instantes. Y fue que convidado a reunión alguna y conversando con una mujer, el animal empezó a roerlo, a engullirle pedazos de carne. Y al momento se alejó para, a solas, llevarse los cacahuates a la boca, porque ante personas no quedaba justificado que hombre alguno extrajera de una de sus bolsas un envoltorio de cacahuates embadurnados con mantequilla y los devorara con la misma rapidez con que un animal en sus entrañas empezaba a borrarlo de la existencia. Ya a solas no halló el envoltorio que buscaba, y la mujer le dio alcance para decirle por qué te alejaste así nomás. Y el hombre, entonces, ve pasar la vianda de confiterías y le tira la mano y hasta entonces tiene un descanso. Y ese ser, o pedazo de ser, del que diríamos una piltrafa, se preguntaba, ahora sí con lágrimas en los ojos, si al besar a mujer alguna ese odioso ser que lo circundaba no le brincaría a ésta y la historia se repetiría. Se lo preguntaba con verdaderas lágrimas, llorando de coraje, de impotencia, de bruta rabia.

    Fue una vieja que casualmente se enteró del hecho quien le dijo duerma con la boca abierta, tirado al suelo y boca abajo, póngase al frente, al pie de la boca, una ratonera con un buen pedazo de pan y la verá muerta al día siguiente. Y el hombre lo intentó, pero animal alguno salió nunca.

    Ahora le corría hasta las piernas. Le estaba comiendo el par de rótulas y fue cuando dejó de caminar. El hoyo por el que alguna vez vieron asomar al animal estaba ya hecho por debajo de la axila.

    No había más cestos de basura en casa, conforme iba generándose la inmundicia era retirada lo más posible de la vivienda, y se habló con los vecinos sobre implementar estrictas medidas de higiene en el vecindario, porque si el animal la olía con tamañón olfato, inquietábase tanto que el protagonista de esta acibarada historia debía aventar por toneladas los cacahuates embadurnados con mantequilla a su boca.

    Cualquiera que viera su emasculación llevada a cabo poco a poco por durísimas sierras sentirá lo que nuestro hombre cuando así empezó a hacerle el rollizo animal. Se lo hacía al tiempo que sonaba terribles chillidos. Los chillidos del uno se confundían con los del otro.

    Las ratas mismas se encargaron de sacar a la homónima. Debieron hacerlo envidiando su posición privilegiada. Pero en su violento actuar acabaron con la delgada cortina de vida que pendía del cascarón de hombre de que aquí se ha contado su historia.

Guadalajara, 2000


 
 
Argos 18/ Narrativa