Homero Muñoz
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El feroz continente





     La casa era impresionante - dijo la Cata recorriendo su cabello renegrido, con una mano.

    Habían salido de Madrid buscando la dirección del aviso, pero desconociendo la zona, no esperaban que fuera tan lejos.

    Tomaron la carretera que sale al norte de Plaza de Castilla, cruzaron Mirasierra y anduvieron una buena media hora antes de dar con el sitio. Iban balanceando internamente una mezcla de curiosidad y nervios, producto de lo original del anuncio clasificado:
 
 


Se requieren personas de ambos sexos para trabajo en laboratorio de investigación parasicológica.
Sueldo básico, alojamiento y comida. 4 días por semana de trabajo.
Llamar al número,...  etcétera.

 

    Cuando la Cata, que se había quedado, remolona, en la cama, leyó el aviso, recelosa y desconfiada, lo desechó. Más tarde, después de sacar la basura, lavar el autito y matear un rato, el Rafa suspendió la rutina dominical para entrarle a los avisos clasificados y lo encontró.

    - ¿Viste esto vieja?.

    - Viejos son los trapos - rezongó la Cata que no había llegado a los treinta. - ¿Qué cosa?

    - El aviso éste. Dice que dan sueldo básico, casa y morfi. ¿Será un curro?

    - ¿Y a vos que te parece?. ¿Es ese del laboratorio parasicológico?

    - Sí.

    - ¿Y nosotros que sabemos de eso?

    - No dice que haya que saber nada - acotó el Rafa pensativo, lo que significó que después de los tallarines, se subieron al auto y enfilaron hacia el norte.

    - Y cuando llegamos nos abrió un mayordomo de librea - dijo la Cata apoyando con manos y cejas para evitar incredulidades.

    La mansión parecía un castillo de cuento de terror. Rodeada por un infinito jardín cuidadísimo, con árboles enormes - eso es una secoya - dijo el Rafa bajito mientras señalaba una árbol gigantesco, que destacaba, empequeñeciendo a pinos majestuosos de cincuenta y más metros de altura.

    El mayordomo portero, con un circunspecto aire británico, tomaba por el collar un mastín de verdad. Perro grandote, al tono con el tamaño de todo. Y con cara de malo, que hacía juego con el inamistoso ceño de su conductor.

    - Parecía Boris Karloff el de Drácula - ilustró la Cata mientras encendía un Ducados.

    La puerta del caserón no crujió como la Cata esperaba, ya imbuida del espíritu del ambiente, pero le pareció una puerta de entrar. Una de esas puertas que claramente están ahí para que no salga persona alguna, una puerta para infierno, para morgue. La Cata clavaba sus uñas en el antebrazo del Rafa y caminaba muda a su lado haciendo equilibrio sobre los zapatos de taco alto, desempolvados para la ocasión.

    Los hicieron pasar a una salita, en penumbras, con un banquito de madera, donde esperaban tres muchachos coetáneos de la pareja, con pintas inconfundiblemente sudacas. Se sentaron. El Rafa, al lado del joven de la punta, la Cata en el borde del banquito, lo que ocasionó una corrida general para hacer sitio.

    - Gracias - murmuró el Rafa.

    - ¿Argentino? - preguntó su vecino.

    - No, uruguayos - aclaró el aludido.

    - ¡Ah!. No podían faltar - dijo el argentino. - Ellos son chilenos. Al intercambio de holas, sucedió un silencio como de velorio, roto por uno de los chilenos: - ¿Y qué huevada será esto?

    Se miraron tratando de averiguar para quién iba la pregunta. Y en ausencia de respuestas, se reinstaló el silencio dubitativo.

    - ¿Montevideanos? - hurgó el argentinito conversador.

    - Sí - murmuraron a dúo la Cata y el Rafa.

    - Yo soy porteño. Claudio - se presentó.

    - Y yo Patricio.

    - Y yo Miguel - aportaron los chilenos.

    - Rafael y Catalina - intervino la Cata estirando la mano en complicada maniobra, que obligó a los otros a levantarse, momento en el cual se abrió la puerta de la salita y apareció el anfitrión.

    Quedaron todos congelados, con los gestos a medio camino, las manos estiradas como en una instantánea, que resolvió el porteño con un giro a la derecha, ofreciendo su mano al anfitrión y presentándose:

    - Claudio Paglione, a sus órdenes.

    El hombre que había entrado, era veterano, sesentón y muy alto. ¿ Un metro noventa?, ¿uno noventa y cinco? Dio la mano al argentino, con gesto amable, pero un poco distante. Y habló con voz de bajo: - yo soy Ravel Razán... ¿y Uds.? - preguntó dirigiéndose a todos los demás y a nadie en especial.

    Después de las presentaciones, Ravel Razán, los hizo pasar a una sala también en penumbras y los invitó a tomar asiento en un tresillo amplio que acomodó a los cinco, mientras él se sentaba en un sillón de oreja, enfrentado a los postulantes.

    Estaba vestido apenas con una bata que parecía de seda y que a juzgar por el entorno seguramente lo sería y calzaba zapatillas de cuero sin talón. Extrajo del bolsillo de su bata un cigarro de hoja y lo encendió parsimoniosamente mientras observaba a su auditorio, actitud que contribuyó al nerviosismo general, toda vez que uno de sus ojos muy azules, desviado, le daba un aspecto de enajenado.

    - Parecía que me miraba a mí con un ojo y al Rafa con el otro - sonrió tímida la Cata.

En el índice de su mano derecha lucía un gran anillo, con una piedra roja engarzada.

    - Yo soy parasicólogo - empezó. - Estudio fenómenos supranormales. Y necesito gente, digamos, conejillos de indias, para mis experimentos. ¡Pero no os asustéis!, que esto no hace daño a nadie - advirtió el extraño personaje.

    - ¿Vosotros sois rioplatenses verdad? - preguntó al trío compuesto por la Cata, el Rafa y Claudio y sin esperar respuesta: - ¿ y vosotros...?¿ peruanos?, ¿chilenos?

    - Chilenos - respondió Patricio.

    - Vale. Da igual - chupó de su cigarro y lo dejó en un cenicero sobre una mesita. - Vamos a empezar - se puso de pie. - Les voy a hacer unas pruebitas de sensibilidad. Yo tengo algunos poderes de... como decirlo... magnetismo. Y quiero ver quiénes de vosotros sois sensibles a ello. Los que lo sean, ¡hala! a trabajar. Los que no, pues, muchas gracias y sabrán disculpar las molestias. ¿Vale?

    - Pero, disculpe ¿y cómo es el trabajo? - se animó Claudio.

    - Bueno, de eso ya te enterarás si funcionas. Pero en líneas generales te diré que se trata de potenciar y medir vuestras capacidades de precognición, telepatía, telekinesis y todo ese rollo. ¿De acuerdo? Y ya que hablaste ¡venga!, pasa al frente.

    - Yo estaba muerta de miedo - dijo la Cata - pero el Rafa parecía tranquilo. Todavía no lo puedo creer - la Cata apoyaba la cara entre sus manos y negaba en silencio.

    Ravel Razán se paró detrás de Claudio y acercó sus manos hasta menos de un centímetro de sus omóplatos. Le pidió que cerrara los ojos y respirara pausadamente. Súbitamente retiró sus manos hacia sí mismo, sin que esto ocasionara cambios en la postura de Claudio. Repitió el proceso con las mismas consecuencias y le pidió que se sentara.

    Sucesivamente pasaron los chilenos y la Cata, con idéntico resultado. Pero cuando le tocó al Rafa, éste sintió que algo tiraba de él hacia atrás cuando con los ojos cerrados obedecía la propuesta de relajarse y respirar hondo que Ravel Razán le trasmitía. Tanto fue el tirón que cayó de espaldas y sin aviso ni asidero, hubiera terminado en el suelo de no recibirlo el caballero de la mansión en sus brazos antes de que se golpeara.

    - Y le hizo lo mismo que a todos - reafirmaba la Cata. - Lo mismito. Así, sin tocarlo.

    Ravel Razán, arrimó uno de los sillones laterales del tresillo y lo puso frente a frente con el sillón de oreja. Invitó al Rafa, que ya no estaba tan tranquilo, a sentarse en él mientras hacía lo propio en el asiento de enfrente.

    Descalzó el pie izquierdo y lo apoyó en el pecho del Rafa, mientras tomaba su brazo izquierdo con sus manos. Le ordenó cerrar los ojos y respirar profundo. Pero con su pie, oprimía el pecho del Rafa de modo que cada expiración, llevaba a una inspiración más corta que la anterior.

    - Deja que tu mente vuele. Libre... - hablaba con su voz de tumba muy modulada, muy suave.

    Y el Rafa se dejaba.

    - Ahora vas a subir a un avión de Aerolíneas Argentinas y vas a irte a Buenos Aires. Cuéntame cómo es... - su voz invitaba a dormir. No se oía otro ruido que la respiración acompasada del Rafa y ahora su voz describiendo los asientos, las azafatas, la comida.

    - Bueno, ahora bajas en Ezeiza y te vas a caminar por ahí. Te vas a la casa de Claudio el argentino que debe vivir por allí. Descríbela...

    El Rafa oía al hombre como desde lejos, pero estaba perfectamente consciente.

    - ¿Ud. me quiere hipnotizar? - preguntó.

    - Sh, sh, sh, tú tranquilo. Esto no es hipnosis pura. Es inducción hipnótica. Tú, a tu aire. Yo te sugiero cosas y tú me cuentas qué ves ¿vale?

    - Vale.

    - Bueno, estábamos en que caminas por ahí y te vas a lo de Claudio.

    - Ta. Veo una puerta de vidrio, con números de bronce.

    - ¿Qué números?

    - Seis, siete y ocho - dijo Rafa.

    Se oyó un murmullo proveniente de Claudio que Ravel Razán acalló con la mano libre.

    - Entra - dijo.

    - Está cerrado - respondió el Rafa.

    - No importa. Tú puedes entrar. ¿Qué ves?

    - Un señor, un niño y una viejita con una venda negra en los ojos - dijo el Rafa, todavía con los ojos cerrados.

    Los comentarios guturales de Claudio aumentaron de volumen motivando otro manotazo hacia atrás de Ravel Razán que hizo que el Rafa abriera los ojos.

    - ¿Y los nombres? ¿Cómo se llaman? - preguntó otra vez.

    - No sé - dijo el Rafa. Ya no veo.

    El pie de Ravel Razán, bajo lentamente por el pecho del Rafa, recorriendo melancólicamente su retirada. El hombre miró al argentino con el ceño fruncido. - ¿Qué pasaba para que me interrumpierais?

    Claudio se puso de pie, contrito. - No, disculpe - dijo. - Es que... me sorprendió.

    - ¿Y por qué?

    - Porque yo vivo en Esmeralda 786 y la puerta es de vidrio. Y los números son de bronce ¿vio?

    - Ya - dijo Ravel Razán con una amplia sonrisa, mientras el Rafa miraba fijamente al argentino.

    - Pero eso no es lo peor - Claudio se frotaba las manos y cambiaba su peso de un pie a otro.

    - Sigue, sigue - lo animaba Ravel Razán.

    - Es que ahí vive mi papá, con mi hermanito y mi abuelita. Mi mamá falleció - el argentino levantó la vista y miró al Rafa como acusándolo. - Mi abuela es ciega.

    - Bueno, ¡albricias! ¡Parece que hemos encontrado un sensitivo! - palmeó Ravel. - Los demás... lo dicho. Lo siento y muchas gracias.

    - Bueno - dijo el Rafa - pero yo estoy con mi mujer.

    - Eso se puede arreglar - dijo Ravel Razán. - Ven por aquí - invitó, mientras hacía pasar al Rafa a una habitación lateral.

    La Cata se sentó en el banquito después de despedirse de los frustrados postulantes conosureños. Y esperó. Una larga, larguísima media hora esperó.

    - Y después ya salió raro - dijo. Miraba fijo al frente y no hablaba demasiado. Volvimos a Madrid y en el viaje me dijo que el tipo le había dado todas las seguridades de que los dos íbamos a tener alojamiento y comida. Que a mí no me iba a poder pagar sueldo, pero que de todos modos el sueldo era para ahorrárselo ya que estaba todo pago. Y que al principio, mientras liquidábamos el apartamento él podía empezar y yo me hacía cargo de los trámites y que después me mudaba. Y después desapareció. Así nomás. Un día me levanté y no estaba. El auto tampoco estaba. Se quedó esperando por si había ido a hacer compras y a las once se le ocurrió llamar al número de Ravel Razán. Que en este momento estaban en sesión le dijo el mayordomo y no se podía interrumpir. Que llamara después de las cuatro. Que sí hombre, que sí estaba allí, joder, le había dicho el tipo. Pero a las cuatro el Sr. Razán y el Sr. Rafael habían salido. Que le tomaban el mensaje. Y así dos días. Hasta que pudo hablar con el Rafa, que declaró que habían arreglado eso. Que ella se quedaba y él empezaba a trabajar.

    - ¡Pero Rafa!. ¿Qué te pasa? ¿Cómo te vas a ir así, sin despedirte? ¿Sin llevarte nada?

    - ¡Ya sé que te llevaste el auto! ¡Rafa, Rafa, esperá! ¡Voy a llamar a la policía Rafa!

    Le había cortado. El Rafa le había cortado.

    - Si querías irte me hubieras dicho le dijo en la segunda llamada.

    - No están señorita ironizó el mayordomo, cuando medio sueldo de taxi la llevó hasta la mansión. Y no sé si volverán en estos días. Me parece que se fueron para Lanzarote.

    La Cata miró al hombre sentado del otro lado de la mesita.

    - ¡Pero Manolo, vos sos abogado! ¡Sos amigo nuestro! ¿Cómo me vas a decir que si firmó el contrato no se puede hacer nada? ¿Vos lo conoces al tipo? ¿Qué me querés decir con eso de las opciones sexuales que uno hace en la vida?


Homero Muñoz (Uruguay). Es fundamentalmente narrador, aunque ha publicado algo de poesía. Ha recibido varios premios.
    Publicaciones: Forja 95 (Selección de narradores y poetas, 1995, narrativa y poesía, colectivo); Revista Cultural Graffitti (1996, narrativa, colectivo); Cuentos de boliche (Ed. Trilce, 1997, narrativa, colectivo); Letras Uruguayas I (Selección de narradores y poetas, Bianchi Ed. 1997, narrativa, colectivo); Cuentos eróticos (La República, 1998, narrativa, colectivo); Historias Casi Ciertas (La República, 1999, narrativa); FER 68, Ed. ACD, México, 2000, novela).



 
Argos 18/ Narrativa