Leonor E. Fraga Ruiz
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Esas perlas que tú guardas con cuidado

Cerraba los ojos, pero sus pestañonas postizas se los mantenían entornados, dándole a su rostro encerado aspecto de maniquí. ¡No podía creerlo! Segundos antes miraba las palmeras, el mar azul (¿lo era tanto cuando se fue?) y aunque todo el panorama era en dimensión pequeña, no hay dudas: allá abajo está Cuba. ¡Cuba y tía Yeya! ¡Tía Yeya y su collar de perlas! Cinco vueltas engarzadas en espléndido broche de piedras preciosas: un rubí, dos esmeraldas y brillantes. Nada de diamantes. A tía Yeya nunca le gustó ni el diamante ni el zafiro. Decía que eran piedras de pobres. Ella no. Ella tenía una cocinera, una lavandera, un mayordomo, un jardinero, un chofer y por supuesto quien puliera el piso de mármol y el pasamano de bronce de la majestuosa escalera. Por algo se casó con uno de los jóvenes, el más bizco, zambo, tartamudo, asmático y cardiaco de toda la capital. Lo eligió bien. Tuvo suerte. ¡Ay tía Yeya! ¿Sabes tú por qué la suerte no se hereda como la diabetes o la esquizofrenia? Y bueno, ya que no se hereda ¿por qué entonces no se pega como un hongo, o un virus? Basta un estornudo o un rascar con un mismo dedo de la mano los dedos de los pies y ¡zas! ¡Suerte! Por supuesto que hablo de la buena y no de la mala, la que nadie quiere.

    Los motores del avión la hicieron reaccionar. Ya estamos aterrizando, piensa y sonríe. Veinticinco años ausente y nunca antes la idea del regreso la conmovió.

    - Ahora lo hago por ella, mi tía linda. ¡Mi tía Yeya! ¡Cuba, qué linda es Cuba! Todos vienen a recibir a alguien. Yo no tengo a nadie. Bueno sí, tengo a la tía, pero ella no puede. Y aunque pudiera no lo haría. No le gustaban los niños, por eso a nosotras, sus sobrinas, nos quería de lejos. Una muñeca el día de cumpleaños y un vestido. Nunca faltaba el vestido de lazos, vuelos, tul almidonado. Ella se imaginaba que tenían que ser incómodos, y no se equivocaba. La muy bruja quería vernos con picazón y perretas para que nos lo quitaran. Pero las cosas de tía Yeya eran así. Sí, así de extrañas, peligrosas y ridículas. ¡Ay tía Yeya! ¡Cuántas gestiones tengo que hacer por tus extravagancias, vieja cabrona, caramba, todo lo complicas!

    - No encuentro la bóveda. Era por aquí. En el libro dice calle A y 12. ¡Qué precavida mamá! Mira que llevarse el libro de propiedad del Cementerio a noventa millas de sus muertos. Decía que acá, estaban enterrados los suyos, como si los insepultos de allá fuésemos ajenos. Esto está muy limpio, impresionante. ¿Qué sucede ahí? ¡Cuántas flores y velitas! ¡Qué raro! Cerca de tía Yeya. Anjá, aquí es. ¿Y qué hace toda esta gente reza que te reza?

    - Permiso, permiso.

    - Oiga, no empuje.

    - Qué barbaridad. ¿Hasta en el cementerio uno no se libra de los cañoneros?

    - Haga cola y espere su turno.

    - Usted debía disciplinarse. ¿No sabe lo que es el respeto a la propiedad ajena? Este espacio es mío.

    Entonces de golpe la verdad le empezó a transitar por el laberinto de su oído y por un momento creyó que el pabellón de su oreja tenía que ser similar al de un elefante.

    - A su tía le dicen "La Milagrera", afirmó satisfecha la secretaria de la Administración del Cementerio, con la boca llena de orgullo y dientes.

    - ¿Milagrera? Preguntó con pavor la recién llegada.

    - Sí, alguien le pidió una gracia y la señora se la concedió.

    - ¿Gracia, mi tía? Óigame, cómo se ve que usted no la conoció. A mi tía había que rendirle, y no al revés. Si usted la salvaba de caer por un precipicio sujetando su mano, una vez fuera de peligro se quejaba que se la había apretado muy fuerte.

    - Ja, ja, ja. ¡Algunas viejitas son un primor!

    - Usted lo ha dicho, algunas. Este no era el caso de tía Yeya. Es más, si se entera que le dijo viejita, le pega una trompada.

    - Usted quiere que le tome ojeriza a la pobre Milagrera.

    - ¿Pobre? ¿Usted no sabía que era una de las mujeres más ricas del pueblo? Aún así no le daba jamás una limosna al necesitado. Ahora usted no me puede hacer creer que ofrece dádivas.

    - Son cosas de difuntos.

    - Son cosas de locos. Yo lo sé mejor que usted.

    - Dicen que su tía es una santa y han solicitado al cura de la capilla que eleve su moción al papado.

    - ¿Usted me habla del sumo pontífice?

    - El mismo.

    - Pues lamento decepcionarla. No se puede conferir la certificación de santa a quien nunca lo fue.

    - No hable así, que se puede arrepentir. Usted está contrariada porque va a tener problemas con aquello de la exhumación.

    - ¿Problemas?

    - ¿Quién convence a esta gente que hay que quitar de encima de la lápida sus ofrendas para poder hacerla?

    - Dios te salve María llena eres de gracia... Padre nuestro que estás en los cielos... Dios te salve María llena eres de gracia... Padre nuestro que estás en los cielos...

    - Con su permiso.

    - ¿Qué van a hacer?

    - Vamos a exhumar un cadáver.

    - ¿El de la Milagrera? ¡No puede ser!

    - Pues sí, es su deseo expreso. Ella me dijo al morir, que estuviera donde estuviera y pasara lo que pasara, que viniera en treinta años y la exhumara.

    - ¡Es una locura! ¡A los santos no se exhuman!

    - Mire señora, no quiero caerle pesada, pero haga el favor de sacar el gato disecado que tiene amarrado a la argolla de la lápida, que los compañeros sepultureros tienen que levantarla.

    - ¡Por encima de mi cadáver! Esa argolla se queda abajo. Yo fui el encargado de pulir las seis y les puse un nylito para que no se pusieran prietas otra vez. ¡A la Milagrera nadie la toca, carajo!

    - ¿En qué idioma tendré que decirle que mi tía Yeya no es ninguna santa?

    - Sólo hay que mirarle a los ojos!

    - ¿Qué ojos?

    - Los del busto. ¿Usted no sabe que lunes, miércoles y viernes viene un jabaíto a vendernos busticos de ella?

    - Mire, yo tengo uno aquí.

    - Sí, se parece a tía Yeya, pero ¿quién pudo haberlos hecho? Esta es tía Yeya en una foto que se hizo un 31 de diciembre. Era una fiesta familiar. Hacía poco había quedado viuda de tío Toño y aprovechó la ocasión para emborracharse, por eso la sonrisa de felicidad. Así que los hace un jabaíto.

    - Un jabaíto con ojos de pantera.

    - Algo pecoso.

    - Estudió en San Alejandro.

    - Son a treinta pesos.

    - Un regalo.

    - Por treinta pesos tener una santa en la casa, es una ganga.

    - Para ser santa hay que ser pura, y tía Yeya no tenía de pura ni el nombre.

    - No hable así, que la santa se puede ofender y no va a curar a mi abuelito.

    - Mire, su abuelito se cura o se muere y mi tía no tendrá nada que ver en eso.

    - ¡Qué sacrilegio!

    - ¡Qué calor hace!

    - Si esto es ahora en junio, no lo quiero ver en agosto.

    - Aquí deberían poner un quiosco que vendiera refresco bien frío.

    - Y café. El cubano es muy cafetero.

    - Con cigarros, pero no tan caros.

    - Francamente es abusivo ese precio.

    - O que los vendan al menudeo o a granel, como quieran llamarle.

    - Como la cerveza peleona que por tener tanta espuma uno quiere matar a alguien después que la toma.

    - ¡Qué exagerado! Ni que la espuma fuera alucinógena.

    - Entonces habrá que poner ceniceros por todas partes.

    - No existe algo más desagradable que oler colillas viejas.

    - Yo prefiero pizzas o cajitas con congrí y masas de lechón asado.

    - No hay como un bistec de puerco empanizado.

    - Se dice empanado.

    - Eso es pasado por huevos y galleta molida.

    - ¡Coñooo! Las guaguas están de madre.

    - Qué falta hace, Milagrera, que nos ayudes en eso, madrecita.

    - Me pisaron los zapatos de todos los colores.

    - Y pan con tortilla que es bien barata y socorrida.

    - ¡Si Papo fuera más cariñoso conmigo!

    - El carburador se me tupió y me dejó embarcado a cinco cuadras.

    - Eso es así, cuanto más apurado está uno.

    - ¿Y por qué las flores plásticas?

    - No hay que echarles agua.

    - Sin agua no hay mosquitos.

    - Pero a los muertos no se les pone plásticas, sino naturales.

    - Los muertos cubanos saben que estamos en período especial. Que tenemos al imperialismo yanqui a 90 millas y tremendo bloqueo.

    - ¡Qué hijo de puta es Torricelli!

    - Más hijos de putas son Helms y Burton.

    - ¿Qué me dices de Pinochet?

    - ¿Y de Sabimbi? Lo que hizo en Africa no tiene precio.

    - ¡Ay, santica, protege a mi nieto! ¡Que no lo llamen al Servicio Militar!

    - ¡Que me saque el bombo!

    - ¡Que reciba dinerito de mi hermano!

    - ¡Que me den jabita en la Empresa!

    - ¡Que mi marido se tranquilice aunque para ello tengas que tumbarle el rabo!

    - ¡Permiso, permiso!

    - Les dije que no, que esta Milagrera se va a quedar donde está.

    - Esto no se queda así, lo voy a elevar.

    - Hasta el cielo si usted quiere, mi santica no será mancillada.

    - Miren, lo único que queremos es que saquen las casitas, los carritos y los perritos de aquí encima. ¡Ah, y esa caja! Porque estorba.

    - No lo diga con tanto asco. Esa caja tiene pastelitos de guayaba, calienticos, acabaditos de hacer.

    - ¿A cuánto?

    - Dos pesos el pastel.

    - Pero están chicos. Eso no mata el hambre.

    - ¿Y quién le dijo que yo soy un asesino?

    - Por ahí viene el hombre de los palitroques.

    - ¡Arriba su tacita de café a peso!.

    - Mire, señor cura, me tiene que ayudar a convencer a esta gente. ¡Dios los va a castigar!

    - ¿Y se cree que no les he dicho? ¡Son unos herejes!

    - Mi tía no es ninguna santa. ¡Si lo sabré yo...!

    - Ya se los dije, pero no quieren oír.

    - Tengo que exhumarla. Ella me lo pidió hace treinta años. Me lo dijo bien claro: ni un día más ni un día menos.

    - ¡Se van a consumir en la caldera del diablo!

    - Pero ¿se va? ¿No les va a leer la Biblia y a decir que sólo Dios hace milagros?

    - Eso depende. Dios nos utiliza y los elegidos hacen cosas imponentes.

    - Pastor, el cura me falló.

    - Hermana, esas cosas pasan.

    - Habló de los elegidos, de las cosas imponentes que hacen.

    - ¿Y quién garantiza que su tía no sea una elegida?

    - ¿Y quién puede asegurarlo?

    - Yo, que me salvó el pie, gracias a ella lo tengo.

    - ¿Cuál? ¿El derecho o el izquierdo?

    - No se haga la boba, el izquierdo lo perdí con una gangrena que no me quería soltar. Le pedí por el otro, y ahí está.

    - ¡Claro: uno es mejor que ninguno!

    - Sin ironías, eh, sin ironías.

    - ¿Y por qué no le salvó los dos?

    - La ambición del ser humano es inexplicable.

    - ¿Ambición dice? Eso es querer tener dos pies y no uno solo.

    - ¡Cosas de santos!

    - ¡Y vuelta que dale.

    - ¿Ustedes son enterradores cuentapropistas?

    - Pa’ lo que sea.

    - Ahora sí van a coger cajitas de dulce de guayaba. Vamos a ver si se hacen los guapitos ahora. Se acabó el relajito aquí. No me hace ninguna falta que vengan a ayudarme los de acá. Para eso traje hombres. Y donde hay hombres no hay santos.

    - Identifíquense. La licencia.

    - Aquí está.

    - Pero esta licencia dice de enterradores no de exhumadores.

    - Pero... mire...

    - Con esta licencia sólo pueden enterrar y no desenterrar.

    - ¿Una multa? ¡Mil quinientos pesos!

    - Tienen cuarenta y cinco días para apelar.

    - Eso es injusto.

    - Aquí dice bien claro de enterrador y no desenterrador.

    - No lo diga más que aquí nadie se lo quiere aprender de memoria.

    - Se parece al televisor cuando repiten que te repiten los programas en verano.

    - ¿Te acuerdas "De Fulanas y Menganas"?

    - ¡Tremendo serial!

    - Esos brasileños son unos caballos.

    - Pero es argentino.

    - Yo me refería a "Vale todo".

    - Todo en orden. No importa, yo les doy el dinero.

    - No podemos hacer nada.

    - ¿Pero este no es el Poder Popular?

    - El Cementerio no tiene que ver con nosotros. Ellos tienen sus propias regulaciones.

    - Se trata de mi tía, la que dicen que es santa y que concede milagros.

    - ¡La imaginación popular es prodigiosa!

    - Aquí está el de los busticos.

    - ¿De dónde sacaste el rostro de mi tía Yeya?

    - Yo se lo dije, que no era buena idea, pero fue su trabajo de curso: decía que Doña Yeya tenía una expresión dulce.

    - ¿Dulce, Francisca? Tú que la conociste bien, que la alimentaste por tantos años. ¿Ya se te olvidó que no te permitía estar con tu familia, que tu hija prácticamente te la crió una hermana por los celos que tenía? Hasta que murió.

    - ¡Que en gloria esté!

    - ¡Que en infierno se cocine!

    - No diga eso, señorita, que era su tía.

    - Ayúdame, Francisca. Ayúdame a convencer a esa gente.

    - Pizza calientica aquí.

    - Calientica como la pata de un muerto.

    - ¡Arriba, el chupa-chupa aquí.

    - ¿Y ese ajetreo?

    - Debe ser la parejita de siempre.

    - ¿No podemos exhumarla por la noche?

    - En ningún país latinoamericano se hace eso de noche.

    - En ningún país latinoamericano le van a pagar a dos enterradores, que ni siquiera saben donde están parados, lo que les voy a pagar yo por ese servicio.

    - Podríamos ser los primeros, ya que no fuimos los primeros en llegar a la luna.

    - ¡Perfecto! Si es lo que yo digo, por una vez se empieza.

    - ¡Coño, eso sería un batazo!

    - El primero en erradicar el analfabetismo.

    - En lo de la vacuna antimeningo.

    - ¿Ven? ¡Por qué razón nos vamos a dejar quitar el primer lugar en esto!

    - ¿Cómo pudiste Francisca? ¿Cómo pudiste burlarte así de tía Yeya?

    - ¡Cómo burla! Mi nieto sólo aprovechó la ocasión. ¡Los busticos le quedan tan bien!

    - Pero tú sabes que la tía no le hacía un favor ni a un perro. ¿Por qué ayudaste a que creyeran que era una milagrera?

    - Yo no tuve que ver en eso. La vida está muy cara. Mi nieto paga muy bien los materiales para hacer las reproducciones, ya hizo hasta el molde. No creas que nos caen del cielo.

    - Ahora ¿cómo hacemos? Porque tengo que hacerlo, Francisca, se lo prometí, tía Yeya me lo pidió. Treinta años. Ni uno más ni uno menos.

    - Sí. Doña Yeya era muy extraña en sus pedidos, si lo sabré yo.

    - ¿Te acuerdas de sus joyas, Francisca?

    - Cómo no me voy a acordar. ¡El sal pa’ fuera que formaron ustedes sus sobrinas cuando la Doña estaba agonizando.

    -¿Y se daría cuenta, Francisca? -

    - Vaya si se dio. Se estaba muriendo, pero no era sorda. Tenía un jipido en el pecho, se corrigió toda y mientras yo le limpiaba la mierda, ustedes con el ajetreo de las joyas.

    - Apenas un recuerdito. Todas queríamos algo de tía Yeya.

    - Ni una sola le pasó un trapito por el culo.

    - Y para qué. Si allí estabas tú, la más acostumbrada de todas, Francisca.

    - A la mierda no se acostumbra nadie.

    - Pero tú lo hacías con ternura maternal. Como si se tratara de una niña chiquita.

    - Se encogió. Con los años se encogió. Pero siguió jodedora como una gigante.

    - Vamos, no te puedes quejar, te quedaste con la casa.

    - Porque ninguna de ustedes pudo llevársela para Miami. No me la podían quitar.

    - Créeme que afuera se piensa mucho en los que dejamos aquí dentro.

    - A otro perro con ese hueso. Quererla Margarita, mi hija, que le traía las jabas de naranjas para que yo le hiciera jugo.

    - ¡Naranjas! Por eso la vieja se iba en diarreas.

    - Mi hija la quería como a una madre.

    - Bueno, ella sabía lo de la herencia. ¿No?

    - Mi hija la quería sinceramente y le enseñó a su hijo a quererla también, aunque ya estaba muerta.

    - Sí, lo comprendo. Para mí hubiera sido más fácil quererla también después de muerta, sin conocer sus burlas y bromas, que una nunca acabó por diferenciarlas.

    - Le enseñaba las fotos a su hijo.

    - Coño negra, ¿y por qué no se les ocurrió mejor hacer la leyenda con tío Toño? ¡Ese sí que era un santo!

    - Porque tenía cara de comemierda. Los santos no son bizcos ni tienen la boca virada. La gente termina por no creer en ellos. Además, por lo que me han contado, la inscripción de la lápida fue la que decidió todo. Y esa la pusiste tú.

    - ¿Inscripción?

    - Sí, la de su jardinera.

    - ¿Yo?

    - ¿No la recuerdas? "Eres un ángel tía Yeya, y lo seguirás siendo".

    - Angel no quiere decir santa y mucho menos milagrera.

    - Angel quiere decir muchas cosas, las que la gente se imagine.

    - Pero ninguna era ella.

    - Según tú...

    - Necesito que vengas conmigo, Francisca, y le cuentes a esos fanáticos que mi tía era una vieja normal. Bueno, algo más sádica e hija de puta que las viejas normales, pero no santa.

    - A mí no me metas en tus líos.

    - Cuéntales que cuando era joven le pegó los tarros a tío Toño y que se tiraba pedos apestosos como cualquier mortal.

    - Conmigo no cuentes. Yo le soy fiel a la Doña hasta los últimos días de mi vida.

    - Mira, Francisca, no me encabrones, que para pagar mi pasaje tuve que empeñar mi crucifijo de brillantes y no lo puedo perder. ¿Entiendes? ¡Tienes que decir la verdad!

    - Hoy esa verdad es un sacrilegio. ¿Qué te dijo el administrador del cementerio? Que una leyenda es una leyenda y que él no podía ir en contra de la cultura de un pueblo; que tú vives a noventa millas del cementerio y él a sólo 10 cuadras y que le van a echar brujería hasta por los poros.

    - ¡Tengo una idea! Que tu nieto diga que se equivocó de tumba, que no era esa y trasladamos la jardinera con inscripción y todo para otra y san se acabó.

    - No conoces a mi nieto. El no dice mentiras.

    - Pero bien que las apoya. ¡Uno cincuenta de dólar!

    - No creas que es mucho.

    - Claro que lo sé. Pero maíz a maíz se le llena el buche a la gallina.

    - Buche que se vacía rápido: detergente, el jabón que nos baña y el aceite para cocinar.

    - Ay, Francisca, Francisca... no me vas a convencer que ustedes son también unos santos.

    - Cafecito aquí a peso.

    - Vaya tu pan con croquetas de pollo.

    - ¿De pollo o de caldito?

    - Mi mujer compra los cuadritos y dicen que son de caldos de pollo.

    - ¿Y por qué mejor no vendes la taza de caldo? Por lo menos así, lo saboreamos.

    - Arriba. Pizza de jamón, queso y cebolla.

    - ¿Y de tomar?

    - Tía, sólo me quedan dos días, no te me hagas la difícil. Si de verdad estás ayudando a tanta gente, ayúdame, vieja. Tú sabes lo que yo quiero, no te hagas de rogar. No puedo regresar sin eso, vieja loca. ¡Mira que pedir que te lo pusieran!

    ¡Chiflada de remate! Pudo ser mío desde el principio y ahora no estuviera aquí echándome para un lado, pues el viejo del sombrero negro te baldea la bóveda diariamente y salpica de agua para todos lados. Cada vez que me ven redoblan la vigilancia, no me dejan tranquila. Por eso me vino bien la peluca de Margarita y los espejuelos de Francisca. El nieto me diseñó el vestuario. ¡Menos mal que el jabaito demostró que servía para algo, finalmente! El muy puñetero tiene imaginación. Sólo esperaré a que se vayan estos comemierdas y cuando vayan a cerrar, me escondo y ya. ¿Creías que me iba a dar por vencida? ¡Nada de eso! Luego vienen los enterradores que por cincuenta dólares para cada uno le sacan un ojo al diablo y ... de nuevo frente a frente, vieja flaca. Así ellos resuelven y yo también. ¿Crees que me gusta hacerlo tía? ¿Crees que voy a tener fuerzas para levantar yo sola esa lápida? ¿Te parece bonito que me hayas obligado a esto? Gasté mis ahorritos, empeñé mi crucifijo de brillantes, que por cierto, antes fue tuyo, por un buchito de dólares. ¿No te has puesto a pensar que si no te hubieras antojado que te enterraran con el collar, ahora podía haber sido mío? O de Laurita. Pero Laurita no vió el catálogo como yo, y tal vez me lo vendía por una bobería. ¿Dónde tío Toño lo habrá sacado? Lo buscan desde el siglo pasado. Era de un marajá persa, o no sé de donde rayos. ¡ Lo llegó a tener la reina de Francia! ¿Francia o Bélgica? ¿Sería una zarina? ¡Qué importa! Significa de diez a quince millones de dólares. Y está allá abajo, enganchado a tu esqueleto. Tú no vas a hacer nada con él y yo... no puedo más. ¿Qué le pasa a esta gente que no viene? Ya es de noche, estamos tú y yo solas, nadie nos ve y yo no puedo con esto que pesa tanto. ¡Cuánta porquería sobre la tapa! Estas flores plásticas son un horror y la réplica del gato y del perro... si se corriera un poco la lápida. ¡Me cago en la madre de los enterradores... ellos tienen correas y fuerza! ¡Coño, tía, haz el cabrón milagro!

    - ¡Arriba.. el cafecito rico...!

    - Sio, que está la policía.

    - ¿Qué pasó?

    - Encontraron una muerta en el cementerio.

    - ¿Y qué esperaban encontrar? ¿Una viva?

    - La Milagrera la castigó.

    - Dicen que es aquella loca que decía ser su hija.

    - No, era su sobrina y quería exhumarla.

    - ¡Ah, sí, la del cuentecito de los treinta años!

    - ¡Ni un día más ni uno menos!

    - Yo siempre lo he dicho, con los difuntos no se juega. Si ellos no quieren, no hay que obligarlos.

    - Eso es contra natura.
 
 

    - Oye, no hables mierda. Contra natura es hacerlo por el...

    - ¿Nadie querrá pizzas entonces? ¡Que no enciendan el horno que es de leña!

    - Mira, mejor quedamos quietos en base, que los forenses están tirando fotos por todos los lados y sin saberlo podemos aparecer en la primera plana del periódico.

    - Dicen que murió de repente.

    - La partió un rayo. Seguro que la partió un rayo.

    - Pero si anoche no llovió.

    - ¿Usted la conocía?

    - Sí, ella era la sobrina de la que fue mi patrona. Mi nieto me avisó. Pasó por aquí y vio el tumulto. La esperábamos. Ella tenía la idea fija de exhumar a su tía a los treinta años. Decía que la difunta se lo había pedido antes de morir.

    - Pa’ su escopeta. Se nos jodieron los cincuenta. La Yuma apareció muerta. Dicen que la violaron y le robaron. Le cortaron la yugular y le atravesaron el hígado.

    - Con el hígado no se juega. Un tío mío tuvo hepatitis y se puso amarillo.

    - Yo conocí a uno amarillo, pero era chino.

    - A lo mejor los chinos tienen ese color porque padecen del hígado.

    - A mí me aseguraron que los chinos la tienen así.

    - ¿Tan chiquita? ¡No jodas!

    - ¿Por fin la estrangularon?

    - Fue un aneurisma, mamá. El doctor me explicó que lo mismo le hubiera sucedido allá, es congénito. -

    - Menos mal que fue precavida y trajo la propiedad de la bóveda familiar. -

    - ¿Y vamos a ...?

    - Sí. Creo que es lo justo. Era su sobrina y tienen que estar juntas.

    - ¿Y la gente de allá no la querrá? ¿No podemos regresarla?

    - Se desentendieron. No quieren saber de eso. Es mucho gasto.

    - ¿Ya hablaste con la funeraria?

    - Sí, me ocupé de eso.

    - Me autorizaron a que trajera sus pertenencias para acá. Es cierto que no tenía apenas dólares, pero me alcanzó para pagar el hotel.

    - ¡Qué barbaridad! Aquí no hay ropa para vestir a una difunta.

    - ¿Y qué vas a hacer? No mamá, que esa blusa te la regalé por tu cumpleaños.

    - Hace quince años y nunca me la he puesto porque me parecía demasiado elegante.

    - ¿Y la saya esa también?

    - No protestes más. No puedo vestirla con los pantaloncitos que trajo. Muy cortos y ajustados para mi gusto.

    - Pero era el de ella.

    - Ahora todo se hará al mío, que para eso la voy a vestir. Y ni una letanía más, Margarita.

    - Como tú digas, mamá. ¿Y eso, mamá? No me irás a decir...

    - Sí, así lo quiso su tía también.

    - Me da escalofrío de sólo pensar que querías retratarme en los quince con ese collar puesto en mi cuello.

    - ¿Qué tiene de malo? Es un collar precioso.

    - Es el de una vieja que murió hace treinta años.

    - Era. Ahora es de su sobrina. Doña Yeya pidió que se lo pusiera durante el velorio y se lo quitara antes de ser enterrada. ¡Su collar preferido!

    - Ese cuento me lo sé de memoria, mamá. Es un collar muy antiguo.

    - Perlas.

    - Ya no se usan así, mamá. ¡Son cinco vueltas!

    - Su sobrina tenía razón. La Doña tenía unos gustos rarísimos. Me pidió que lo guardara y que si alguna de sus sobrinas moría en Cuba, pues a la última, se lo dejara para siempre.

    - Le va a quedar muy bien.

    - ¿Me ayudarás a vestirla?

    - ¡Ay, mamá!

    - No hay que tenerle miedo a los difuntos, hija.

    - Y pensar que tuvimos esas perlas guardadas en ese estuche, dentro del escaparate por casi treinta años... No quiero verlo más, mamá. No lo quiero volver a tener dentro del escaparate.

    - Estoy de acuerdo. ¿Para qué lo necesitamos ya?


Leonor Esperanza Fraga Ruiz, (Ciudad de La Habana, Cuba, 14 de marzo de 1951. Soltera. Madre de una hija). Escritora de programas humorísticos de la Televisión Cubana. Ganadora de concursos nacionales (guiones de televisión, así como cuentos, teatro  y  comedia musical para teatro). Estudió los idiomas francés, inglés y portugués, así como Dramaturgia, Dirección de Televisión, Metodología de la Investigación,  Dirección y Negociación y Relaciones Públicas. Ha participado en eventos internacionales como el Premio Juan Rulfo, de Radio Francia Internacional y en Teatro del Instituto de Cooperación Iberoamericano.


Argos 18/ Narrativa