Miguel Ángel Cabrera Expósito
miguelitox@latinmail.com
 

De Protágoras a Dante: Iniciación a la cultura escrita




La cultura occidental, con la que vivimos y entendemos, nació bajo los auspicios de un triple ente: la conjugación de lacultura arábigo-musulmana, la civilización germano-eslava y el mundo clásico-bíblico; todos éstos vendrían a encajar, en principio, los miembros articulados del hombre moderno occidental.

    En concreto, las lenguas modernas han resultado un vehículo habitual y pertinente de la cultura clásica, en mayor o menor proporción y la someten a su propio arbitrio, creando una nueva dinámica literaria, determinada por razones estilísticas o de prestigio. Por ello, no dejan de ser preocupantes los constantes vaivenes de una sociedad ávida de informaciones y conocimientos, sin ningún rumbo a seguir ni alguna meta humanamente satisfactoria.

Esta desorientación literaria, la denuncia ya en el siglo XVII el político español D. Diego de Saavedra Fajardo, abrumado por la excelencia del invento de la emprenta: cuya forma clara y apacible convida a leer; no así cuando los libros manuscritos eran más difíciles y en menor número. Quizá por esto se aventajaron en las artes y sciencias los romanos y los griegos, más, porque estudiaban en menos. Procura, pues, enfrenar este apetito desordenado y mira más por tu salud, tan gastada con el contínuo desvelo de leturas (1).

    Sin duda, la diversidad de culturas, credos, lenguas, códigos, entre otros, no facilitan la elección de un camino a seguir, después de un previa iniciación natural. Sería una postura precipitada encarrilarnos a causa de nuestra supuesta necesidad educativa a una súbita selección en edad prematura, better to ask the way than go astray.

    Sin abandonar nuestra insípida realidad el logos del pasado, de hecho, no es un mito en el que refugiarnos para olvidar el presente; antes, este pretérito es una evidencia histórica, que da ejemplo y validez a una forma de entender el mundo en que vivimos, como la propia experiencia, en las agitadas vidas, de nuestros abuelos. Vivencias, frustraciones, hallazgos, de toda una serie de autores clásicos, sin otra intención que presentarnos el producto de sus vidas.

    Para entender toda esta cantidad de "materia viva", a través de sus mensajes escritos o literarios, sería apropiado no dejarse llevar por actitudes inflexibles ante la pluralidad, muy lícita, de opiniones: sin aferrarnos a nuestro método de análisis formal para extrapolar nuestras interpretaciones, sin seguir ciegamente los preceptos y modelos clásicos, que nos clausuren en el laberinto del Minotauro, como ha ocurrido más de una vez: época helenística, época augústea, humanismo italiano, el siglo de Winckelmann y de Goethe.

    Épocas históricas y movimientos culturales señalan las coordenadas a partir de las cuales podemos discernir el estado actual en el que nos hallamos. A veces tratamos de huir irremisiblemente, de movimientos culturales que tratan con diversos motivos individuales o sociales ya sea por tener una razón de transmisión vertical y/o horizontal. Desconocemos el porvenir y, a veces, nos angustiamos, pero no se nos ocurre haber conocido mejor nuestro código genético cultural, con sus defectos y virtudes. Nuestro A. D. N. cultural tiene más de 2000 años, como la cuna de nuestra sabiduría.

    La lectura moderna de los clásicos aporta un modo de conocimiento susceptible de analizar y entender históricamente, tras apartarlos de los elementos extraños de nuestra comprensión. Los clásicos nos ayudan a percibir nuestro idioma, nuestra literatura, nuestro mundo y llega a satisfacer casi nuestra insana curiosidad.

El helenismo

Con el término helenismo se designa una época posterior al reinado de Alejandro Magno, quien sentó las bases de la cultura helénica en una amplia diáspora cultural (2). Después, la filología en Roma, siguiendo los pasos de sus antecesores, retomó esta inquietud divulgativa. Pero antes, a partir de los siglos V-IV a. C. ya se vislumbra el precedente de la filología.

La GRAMMA(3) era la base de fijación de todos los saberes en la antigüedad aunque se restringió a veces su estudio a cuestiones gramaticales o retóricas (4) de manera estricta. Protágoras (s. V a. C.), Pródico de Ceos (s. V a. C.), Platón (s. V-IV a. C.) (5), Aristóteles (s. IV a. C.) (6) demostraron cómo la antigua filosofía se interesó en transmitir un depósito de enseñanzas lingüísticas, connaturales a todos ellos durante un primer período histórico llamado ático.

Varios fueron los discípulos de Aristóteles (7): Teofrasto (S. IV-III a. C.) fue el único señalado que discernió desde los elementos de la botánica hasta los principios de la estilística. Dos alumnos muy aventajados de éste simbolizaron el paso de la cultura de Grecia a Egipto y la transformación de la cultura literaria y filosófica en erudición y filología. Estos fueron Praxífanes y Demetrio Faléreo (s. IV-III a. C.). En el reinado de Ptolomeo Soter, Demetrio Faléreo sugirió la fundación de lo que después sería la biblioteca, dentro del gran Museo de Alejandría (c. 295), centros de saber y conocimiento del mundo antiguo.

    Al período de tiempo que va desde el siglo III al I a. C. se denomina también época alejandrina, en la que no destacó más una ciudad que otras, sino que hubo una serie de sedes intelectuales: Pérgamo, Rodas, Antioquía. Su unión era un DIALEKTOS común, la lengua griega, la KOINH. Los literatos eran hombres doctos y cortesanos que corregían, anotaban, editaban, clasificaban las obras antiguas, bajo la mirada de disciplinas históricas o literarias, derivando en una erudición enciclopédica.

Un máximo exponente de esta época fue Calímaco de Cirene (s. III a. C.), que inició un catálogo de escritores clásicos griegos, clasificó la literatura y resultó un excelente escritor. Estuvo relacionado con la élite de la biblioteca de Alejandría (8) y fue discípulo de Zenódoto de Éfeso (340-265 a. C.), primer regente de la Biblioteca.

Otros directores de la biblioteca fueron: Apolonio Rodio (s. III a. C.), el autor de las Argonáuticas. Su rivalidad con Calímaco le condujo a dejar Alejandría y seguir escribiendo en Rodas (9). A su vez, Eratóstenes (s. II-II a. C.) se dedicó en su labor a la geografía y a la cronología (10). Aristófanes de Bizancio (s. II a. C.) mejoró las ediciones, juzgó y aumentó los escritores del canon alejandrino, empezado por Calímaco (11). El último de los bibliotecarios aventajados fue Aristarco de Samos (s. II a. C.) Se dedicó al comentario crítico y a la divulgación de la ciencia en 800 volúmenes.

Dionisio El Tracio (s. II-I a.C.), discípulo de Aristarco, escribió una TECNH GRAMMATIKH, esta gramática se utilizó durante unos 1300 años. En ella se distinguen los acentos, las sílabas y las categorías de las palabras, junto a la lectura y crítica de textos. De Apolodoro (s. II a. C.) se tiene noticia de 24 libros de Mitología, pero sólo nos ha llegado una obra conocida Biblioteca, de Pseudo-Apolodoro (s. II d.C.). La gramática fue difundida por los estoicos, como un complejo sistema dialéctico. Crisipo (s. III a. C.) defendía la anomalía en sentido gramatical, o sea, que el discurso no está sujeto a leyes fijas, pues la naturaleza de los pensamientos es variable. En contrapartida, el principio de analogía lo sostuvo Crates de Malos (s. II a. C.), quien colaboró en la Biblioteca de Pérgamo (12), fundada por Eumenes II.

Se contabilizaron varios incendios en la biblioteca de Alejandría (13), en los que se perdieron muchos volumina. Los daños no fueron irreparables y bajo dominio romano el Museo siguió con sus actividades, si bien se dejaba sentir cierto desánimo en el esfuerzo por mantener viva la cultura griega. Por otro lado, se consolidaban las bibliotecas públicas en Roma y se difundió el comercio de obras escritas en griego no muy escrupuloso.

Filología en Roma

Fueron los gramáticos alejandrinos quienes elevaron la enseñanza elemental o PAIDUKH GRAMMATIKH, a un nivel científico, en el que, además de leer y escribir, se practicaba la interpretación de la literatura clásica. En su estructura y desarrollo, la gramática latina fue siempre una imitación de la griega y constaba de tres partes principales: TECNIKHN, dedicada a las cuestiones morfológicas; ISTORIKHN, relativa a la coherencia narrativa y gramatical del texto y la IDIAITERAN, una especie de crítica de texto. La explicación gramatical sobre los textos de autores clásicos se ceñía a las pautas: una lectura expresiva, difícil (por la carencia de puntuación); enarratio, comentario de la forma y del fondo y la explanatio, explicación palabra por palabra, verso por verso.

En gran parte del Imperio Romano, los hombres cultos sabían griego y algunos de estos, insistentemente, pretendían demostrar la genialidad de sus conocimientos (14). La cultura cristiana no solía aprovecharse de los escritos de sus hermanos griegos, pero tampoco posibilitó el progreso de los estudios helenísticos.

    Más tarde, los hombres del Renacimiento reavivaron el interés por la Antigüedad, los trabajos científicos y literarios -que se realizaban en Bizancio- que fueron recibidos como dones.

Una estancia de Crates (vid. supra) en Roma contribuyó a la introducción del gusto por la filología en ambientes selectos de Roma. Tiranión, en su reclusión, aportó el estudio gramatical a Roma (15) según el método alejandrino, así como Trifón o Dídimo Chalcentereus (16) (s. 65 a. C.-10 d. C.). A éste último se atribuyen más de 3500 volúmenes y fueron modélicos sus escritos lexicográficos. En los siglos II-I a. C. hay un fuerte movimiento filohelénico en Roma, promovido por figuras destacadas o familias influyentes entorno a los círculos culturales (17). La filología iba a menudo unida a la retórica, disciplinas ambas entendidas como mera formas de expresión (18), para aquellos que mostraban una inclinación especial hacia ellas. En estos momentos, la retórica aventaja a la filosofía (19) y, precisamente, a partir de una época -Pax Augusta- que favorecerá el desarrollo de las letras y las artes.

    La crítica literaria en griego recibe un impulso extraordinario. Dionisio de Halicarnaso (s. I a. C.) procuró la admiración de los latinos en sus Antiquitates Romanae, ensayo histórico sobre la cultura romana. Pero su talento crítico lo demuestra en Peri Twn Araiwn Rhtorwn: estudia a Lisias, Isócrates, Iseo, Demóstenes; en PERI SUNQESEWS ONOMATWN, muestra las diferentes clases de prosa oratoria. De tradición indirecta, como gran parte de la literatura griega, podemos leer fragmentos del PERIMIMHSEWS, o el PERI EKLOGHS ONOMATWN. De Cecilio de Celeacte (s. I a. C.) conservamos las líneas generales de su Peri Oyous través de una réplica anónima y provista con abundantes ejemplos y comparaciones literarias. A Longino, se le atribuye otro Sobre lo sublime (s. II d. C.); su estilo refleja el de los modelos estudiados. Otra obra significativa es el PERI ERMHNEIAS, posiblemente de Demetrio (s. I d. C.), estudio valioso sobre la literatura griega clásica, con una distinción sobre los estilos. En la próxima centuria, Apolonio Díscolo (s. II d. C.) funda la sintaxis científica, PERI SUNTAXEWS, un resumen sistemático del análisis del discurso. Su hijo, Herodiano (s. II-III d. C.), heredó el interés lingüístico en su KAQOLIKH PROSWDIA, una ampliación al compendio del padre. Hefestión (s. II d. C.), siguiendo la tradición alejandrina, escribió en 48 volúmenes PERI METRWN, sólo conservada en su epítome EGCEIRIDION. Ateneo de Naúcratis (s. II-III d. C.) nos ofrece abundantes citas literarias en su DEIPNOSOFISTAI -15 libros- de casi 700 autores.

Otros lexicógrafos destacados del siglo II fueron: Elio Dionisio, Pausanias el Sirio, Moeris o Frínico; Harpocración (S. II-III d. C.) estudió de buenas fuentes la judicatura ática en sus LEXEIS TWN DEKA RHTORWN; Pólux de Naúcratis (S. II-III d. C.) es autor de un ONOMASTIKON de palabras áticas, derivando su interés por el contenido de éstas. Destacan los manuales retóricos de Hermógenes de Tarso (S. II-III d. C.) y Casio Longino (S. III d. C.) Todos estos escritores fueron el fruto de un movimiento de recuperación de la cultura clásica griega, como también lo fue Plutarco (S. I-II d. C.) o Luciano de Samósata (S. II d. C.), hacia el Cristianismo primitivo y el comienzo fetal de la literatura latina (20).

    La primitiva filología latina tenía un carácter nacional, aunque en su método de investigación y exégesis se basaba en los trabajos helenísticos. Se dedicaba a exaltar los valores de Roma y la investigación de sus antiguos documentos. En época imperial algunos emperadores y altos magistrados se preocuparon de la enseñanza y la cultura, Adriano (117-138 d. C.) fundó el Ateneo en Roma, una escuela superior de letras y fueron muchos los emperadores que nombraron profesores de retórica en diversas escuelas otorgándoles privilegios.

    Inicia las tareas filológicas en Roma, Lucius Accius (170-85 a. C.), aunque no tardaría en destacar su discípulo Aelius Stilo (154-74 a. C.). M. Terentius Varro (117-27 a. C.) en su tratado De Lingua Latina adapta de ambos una posición intermedia en el debatido problema de "anomalía" y "analogía". O se basa en la postura aristotélica de la lengua como QESIS. En su obra perdida De Discipliniis distribuyó la cultura enciclopédica en nueve disciplinas, además de las artes medievales del trivio y quadrivio -gramática, dialéctica, retórica; geometría, aritmética, astronomía y música- la medicina y la arquitectura. Otras obras suyas son: De poetis, De comoediis plautinis, De personis.

    Volcacius Sedigitus (S. II-I a. C.) se dedicó a los cómicos latinos, Asinius Polio (76-5 a. C.) a la crítica literaria. M. Venius Flaccus (I a. C.-30 d. C.) en su De Verborum significatu hizo una mezcla de léxico y enciclopedia de antigüedades romanas, históricas y gramaticales. M. Valerius Probus (S. I d. C.) preparó ediciones críticas, comentarios lingüísticos y escribió monografías. De viris illustribus es el trabajo literario-biográfico de C. Suetonius Tranquillus (S. I-II d. C.), que también se dedicó a cuestiones gramaticales y arqueológicas. Aulus Gellius (S. II d. C.) fue gramático, crítico e historiador. Su obra Noctes Atticae- 20 libros- es un tratado de erudición, compuesto con notas y extractos de muchas lecturas. Se ocupa de crítica gramatical, etimologías y origen del lenguaje.

    Los mayores esfuerzos para adaptar la retórica al latín y hacerla accesible a sus conciudadanos se deben a Cicerón (106-43 a. C.), no sólo con sus propios discursos, sino también en sus tratados retóricos: De inventione, Partitiones oratoriae, De oratore. Sin embargo, la obra retórica más importante es el tratado De institutione oratoria de Quintilianus (35/40-100), dedicado principalmente a la formación del hombre ideal, pues la enseñanza retórica iba encaminada a prepararse para los discursos que tenían que pronunciarse en la vida práctica.

    Bajo el gobierno del emperador Teodosio (378-395 d. C.) hubo un movimiento de restauración, cuyas metas principales fueron la lectura y transcripción de textos, su imitación y la defensa de las tradiciones romanas. Los gramáticos son más bien compiladores de obras anteriores y su valor fundamental es en ser continuadores de aquéllas. Nonius Marcellus (IV d. C.) escribió un léxico De compendiosa doctrina, una colección de glosas de poetas. Aelius Donatus (s. IV d. C.) compuso una Ars grammatica, dividida en Ars minor y Ars maior. La primera se dedicaba a las pautas del discurso y la segunda, a los elementos de la palabra y los vicios de dicción. Continuador de esta tradición gramatical, fue Servius (s. IV d. C.) en sus Commentarius in artem donati, además escribió un comentario muy completo de Virgilio.

    Entre los filólogos destacados de la época, merecen nombrarse a: San Jerónimo (348-420 d. C.), con una formación latina como base, estudió el hebreo y griego; por encargo del Papa Dámaso revisó la traducción latina de la biblia, renovando casi por completo el texto primitivo. Más tarde, el Concilio de Trento, por decreto del 8 de abril de 1546 declaró aquella traducción auténtica: "antigua y ampliamente divulgada", de donde le viene el nombre de vulgata. También tradujo unas homilías de Orígenes, la Crónica de Eusebio. De su cuño es la primera historia de la literatura cristiana De viris illustribus.

    De Ambrosius Macrobius Teodosius (cónsul en el 410 d. C.) resaltamos un tratado de lingüística comparada de la Antigüedad De diferentiis et societabus graeci latinique verbi, pero su obra principal es la Saturnalia dedicadas a la interpretación literaria: resultan un compendio de poética de la tardía Antigüedad. Cabe destacar también una curiosa enciclopedia de los siete artes liberales De nuptiis philologiae et mercurii, expresada con lenguaje artificioso, mezcla de prosa y verso, compuesta por Marcianus Capella (360/80-429 d. C.) Prisciano fue maestro de latín en Bizancio en tiempos del emperador Anastasio (491-518 d. C.); escribió Institutio de arte grammatica, en 18 libros, muy difundida en la Edad Media, aunque depende su arte de los gramáticos griegos Apolonio Díscolo y Herodiano (vid. supra). El valor principal de la obra es el habernos conservado citas y frases de autores latinos y filósofos griegos.

    El gusto por la retórica griega perdura hasta el siglo V, según los tratadistas. Destacan oradores en torno el emperador helenista Juliano el Apóstata (331-363 d. C.), que intentó resucitar el paganismo, en unos momentos históricos protagonizados por el Cristianismo. Oradores célebres de la época fueron: Libanio de Antioquía (314-343 d. C.) e Himerio de Prusa (n. 310 d. C.)

    La época imperial es, en la cultura griega, la continuación de la etapa final declinante del Helenismo, pero aún puede sorprendernos con el vigor de ciertos géneros literarios y algunas escuelas de pensamiento, con su resistencia a la pérdida de la tradición clásica y el trasvase del antiguo saber en el nuevo molde de la cultura cristiana (20) .

    Entre el 30 d. C. y el 100 d. C., resulta una época de transición, con una tendencia al barroquismo expresivo, una moralización del arte, curiosidad por fenómenos esotéricos, que apuntarán el horizonte histórico de la fuerza del Cristianismo.

    En torno al año 100 d. C., hay un Renacimiento Ilustrado, bajo emperadores como Adriano o Marco Aurelio; se impondrá una restauración del clasicismo de la prosa ática de los siglos V-IV a. C. En torno al 300 d. C., debe situarse una nueva caída. Bajo los emperadores autócratas del siglo IV d. C., tiene su paralelo un declive literario. Las formas genéricas y literarias de esta literatura tardía parecen cada vez más un mero envoltorio en que tiene escasa cabida la realidad patente. Alejandría, rival de las ciudades más cultas de Asia Menor y Atenas, a pesar de la ruina de sus bibliotecas, mantuvo su papel de foco cultural hasta bien entrada la época bizantina. Tras el Edicto de Milán del 313 d. C., dejó de perseguirse el Cristianismo, que se afianzó rápidamente en todas las capas sociales de la ilustre Roma. El emperador romano Constantino I El Grande se trasladó a la capital del Imperio a Bizancio y que pasó a llamarse Constantinopla (330 d. C.). En este nuevo centro de poder se concentrarán las escuelas de toda clase de ciencias bajo el amparo de la nueva corte y donde se congreguen los principales sofistas y maestros.

    El final de la época imperial, que es a la vez el final de la Antigüedad, puede situarse hacia el 530 d. C. en el reinado de Justiniano (en el 526 d. C.), éste prohibe el ya agonizante teatro; en el 529 d. C. clausura la escuela platónica de Atenas, la Universidad por antonomasia), cuando se producen hechos determinantes para la extinción de un mundo y el tránsito a la cultura bizantina propiamente dicha.

Filología del medievo: Bizancio, el Islam, occidente

En el siglo VI, consumada la escisión del Imperio en dos mitades, el Occidente cristiano latino se distanciará cada vez más de la cultura del Oriente cristiano griego (21). Con todo, éste será un período en el que ni siquiera Bizancio se interesará por la conservación de viejos textos, ni por el desarrollo de la cultura helénica. El cierre de la Escuela de Atenas en el 529 d. C., no es más que una tendencia general.

    Entre los siglos VII-IX d. C., Bizancio consolida su personalidad nacional aguantando las ofensivas de los persas, ávaros, eslavos y búlgaros; el Islam se cierne, desde ahora, como principal enemigo. Una crisis interna aguda estalla con las disputas entre iconoclastas y defensores de las imágenes, en la que toda una serie de generales ambicionan la púrpura imperial por la vía del asesinato y la conspiración. Hasta el siglo XI, con la vuelta a la ortodoxia, tras liberar las energías contenidas por Bizancio, Constantinopla será el centro cultural que influirá por su esplendor y prestigio los pueblos circundantes.

    Varias circunstancias originan, entre los siglos XI-XIII, el declive de Bizancio: el cerco de los turcos y los normandos, la idea de la Cruzada llevó hasta Oriente a muchos occidentales que terminaron por controlar gran parte de los antiguos territorios bizantinos, formando en ellos reinos y principados independientes. Además, el contacto con la cultura bizantina provocó en los occidentales el deseo de someter a la propia Constantinopla, hecho que se materializó con motivo de la IV Cruzada, en 1204. Tras el saqueo fundan el Imperio Latino de Constantinopla. Las pérdidas para la Biblioteca de Constantinopla fueron cuantiosas, probablemente mayores que las que podrían haberse sufrido en el 1453- entre volúmenes destruídos y los que fueron trasladados para salvarlos de la destrucción. Este Imperio latino duró hasta 1261, después se descompuso en varios estados satélites. También, provocó el desplazamiento de la actividad de producción de textos a otros centros, especialmente a Salónica.

A partir de 1280 hasta mediados del siglo XV, asistimos a un rápido desarrollo de la filología y una enorme producción de textos; esto fue debido, en parte, al uso del papel, más barato que el pergamino y multiplicador del número de copias. Una nueva dinastía, la de los paleólogos, regirá un imperio disperso, reducido prácticamente al ámbito egeo y amenazado de muerte por los turcos, presentes ya en los Balcanes desde mediados del siglo XIV, fecha a partir de la cual la subsistencia del Imperio durante un siglo es casi un milagro inexplicable (22). Con la toma de Constantinopla por los turcos en 1453 se puso fin a este brillante período de la erudición bizantina, pero no a la transmisión.

Durante esos siglos inestables, se produjo una renovación del interés por conservar y volver a estudiar a los clásicos. Hesiquio de Alejandría (s. V d. C.) compiló un léxico griego, usando trabajos precedentes, como también Esteban de Bizancio (S. VI d. C.), en su léxico geográfico. Una fórmula selectiva de transmisión literaria fue la Antología, o compilación, que nos acerca los autores clásicos, pero, a veces, supone la pérdida de la fuente original, o su conocimiento. La más temprana antología es la Florilegia de Estobeo (s. V d. C.) La Biblioteca o Myriobiblon de Focio (820-891 d. C.) daba en 250 volúmenes noticias y reseñas sobre prosistas griegos e historiadores, con relativa ausencia de la poesía. En la décima centuria, el emperador Constantino VII Profirogénito (912-959) aportó a la tradición una compilación de textos históricos y jurídicos, así como diversos escritos técnicos. De esta misma época debe ser la Anthologia palatina(23), un poco posterior a la de la Constantino Céfalas (s. X-XI d. C.) y el léxico Suda, obra de Suidas (976-1028), quien trató de recoger el saber enciclopédico de la época, en citas, referencias e informaciones de autores clásicos.

    A partir del siglo XI, aumenta el interés por el comentario y desciende la actividad editorial. Miguel Pselo (1018-1078), consejero de emperadores, polígrafo y filósofo, revitalizará la obra platónica y, en menor medida, la aristotélica. Bajo la influencia de Focio, se escribió en el siglo XII, el léxico Etymologicum magnum, título dado por su editor en el 1499. En esta misma centuria destacan: Juan Tzetzes (1110-1180), que comentó a Hesíodo, Aristófanes y Licofrón, sin otra fortuna que haber sido de los pocos comentarios conservados; y Eustacio (s. XII d. C.), autor de unos comentarios a Píndaro y Homero, además parafraseó a Dionisio Periegeta, en escolios. Un peculiar trabajo dialectológico fue compuesto por Gregorio de Corinto (circa 1150).

    Más tarde, los estudiosos de la época de los paleólogos (1261-1453) realizaron numerosas ediciones, de las que conservamos varios manuscritos, con escolios y notas críticas. Tal inclinación literaria, alejada de la afición de Focio y Eustacio, prefiguraría el espíritu humanístico de la Italia Renacentista. Pertenece a esta época Máximo Planudes (1260-1310), monje y escritor erudito, conocedor del latín -rara avis entre los bizantinos- que recopiló una serie de poesía+s hasta Nono, catalogó las obras de Plutarco y configuró la colección de epigramas griegos reconocida como la Anthologia Planudea. Como editor, se deja llevar por la conjetura, sin vislumbrarse un espíritu crítico profundo. Discípulo suyo fue Manuel Moscópulo (s. XIV d. C.), autor de una Sylloge de textos desde Homero hasta Teócrito, que llegaría a tener gran difusión. En otro centro, en Salónica, ejerció su actividad Tomás Magister (s. XIV d. C.), más dirigida al comentario que a la edición. Su discípulo Demetrio Triclinio (s. XIV d. C.) fue el primer editor de la antigüedad que se interesó profundamente por la métrica y que aplicó sus conocimientos sobre la materia -basados fundamentalmente en Hefestión- a la crítica textual. Comentó en forma de escolios a Hesíodo, Píndaro, Esquilo, Sófocles, Eurípides y Teócrito y, asimismo, compuso tratados de métrica. El nuevo punto de vista desde que el Triclinio examinaba los textos le permitió corregirlos, en muchas ocasiones, de lecturas contra metrum, pero, otras veces, enmendó innecesariamente pasajes con su postura mecanicista. A esta época debemos la mayoría de manuscritos que nos han llegado a las manos, así como la prolijidad de scholia que en ellos hallamos (24). Tan sólo unos pocos datan de períodos anteriores y muy limitados.

    No hay que olvidar otro imperio que floreció entre los siglos IX y XI y recabó un acervo cultural y científico fundamental para el desarrollo de la sabiduría medieval e imprescindible para comprender la evolución de las letras, ciencia y artes en el mundo cristiano: los árabes. La rápida expansión musulmana incorporó una serie de tierras en las que existían hombres doctos, dedicados a la literatura y al arte. Estos hombres pasan a ser ciudadanos del Estado musulmán. Por este importante aporte de culturas (persa, griega, helenística, visigoda) tuvo una proyección mayor, debido a la especial idiosincrasia árabe, que supo asimilar cualquier novedad que se le ofreciera.

    En el ámbito histórico -del Islam- se pretendía hacer una Historia Universal, para lo que se recogían datos referentes a Grecia y Roma. Los geógrafos árabes tuvieron en cuenta los apuntes cartográficos de la Antigüedad. La medicina no desperdició ninguna de las aportaciones de los tratadistas griegos. Como introducción a la filosofía, tradujeron obras escritas en otras lenguas y fundamentalmente en griego. En el Occidente cristiano, la cultura de la Antigüedad clásica se conoció, en la mayoría de los casos, por traducciones realizadas a la lengua árabe y sin esta salvedad, no se sabría de gran parte de ellas. También, se hicieron aportaciones originales que enriquecieron tal legado.

Aristóteles, Platón y la filosofía helenística se conocieron gracias a estas traducciones, efectuadas muchas veces, a partir de fuentes originales griegas. De entre todos los filósofos (25), citaremos a Avicena (980-1037), que vivió en Bujara en el siglo XI y contribuyó con su presencia al esplendor cultural de dicha ciudad.

En Occidente, la filología medieval, más que por el comienzo cronológico de la Edad Media (26), puede denominarse así por los nuevos problemas que a la erudición plantea la nueva fe la lucha religiosa entre la Iglesia y la Sinagoga se saldó con la reducción del judaísmo a una opción espiritual puramente residual. El Cristianismo se difundirá culturalmente en los medios dominados por el Helenismo. En lo que se refiere a su simbolismo unitario- en el Occidente-, la Iglesia fue heredera del Imperio Romano (27), en esta área, más aún si tenemos en cuenta que copió algunas de sus estructuras de gobierno. Las fuerzas reprobatorias del paganismo entre los cristianos nunca faltaron a lo largo de los primeros siglos de nuestra era.

    Entre los siglos V-X d. C., la sociedad feudal no facilitó la formación de estados definidos, debido a la división e independencia de los latifundios. Por otro lado, la nueva cultura cristiana trató de ignorar la amenaza que representaba el mundo pagano. Asimismo, los peligros exteriores (árabes, normandos, eslavos, húngaros) fueron contenidos, milagrosamente, por una simple organización militar.

    En el 800 d. C., Carlomagno fue coronado Emperador, pero a su muerte su imperio se desmembró. A pesar de la debilidad que imperaba en el año 1000, se venció la amenaza exterior y se tomaron iniciativas. Se fue gestando una civilización industrial y comercial, entre los siglos XI-XIII, debido a la importancia de las ciudades, que necesitaron paz para su desarrollo y confiaron para ello en las monarquías. El comercio y el Cristianismo (los cruzados) ayudaron a integrar el Oriente en el sistema occidental.

    El Papado desbancó al Emperador de Alemania en la pugna por heredar la tradición imperial de la Roma antigua. La civilización pasó a ser más ciudadana y técnica y también sufrió influencias paganas: se empezó a reflexionar sobre la fe, ello dará lugar a las Sumas, como la de Santo Tomás de Aquino. El siglo XII conoció un notable auge científico y técnico. Los príncipes escogían funcionarios capacitados para la administración que, luego, perdurarían en el gobierno de los estados absolutistas. La población aumentó, hecho que obligó a una mayor producción y a una adecuación técnica.

    En los finales de la Edad Media, siglos XIII-XV, epidemias y crisis se ciernen sobre la población. El poder político pasa a nuevas naciones (Francia, Inglaterra, Borgoña, Castilla, Aragón), que se enfrentan por superponer su primacía (Guerra de los Cien Años, Las luchas de Nápoles y Sicilia): los reyes se apoyan en la burguesía para contener el poder de la nobleza feudal. El Imperio Bizantino, atacado por los turcos, dejará de ser codiciado, totalmente, aunque sí se buscará una forma de llegar a las Indias y conocer otros países ricos. Todo ello fue abonado por la invención de la pólvora y la brújula, entre otros. Así, en las antiguas formas de civilización del Medievo se desarrollan los nuevos aspectos de la sociedad moderna.

    En realidad es muy poco lo que produce la Edad Media occidental en materia puramente filológica y sus líneas generales pueden reducirse a las características de: conservación de textos antiguos y copia de manuscritos; reagrupar en enciclopedias y compendios todos los conocimientos transmitidos -enciclopedias de Rábano Mauro y de Papías, Etimologías de San Isidoro, Speculum de Vicente de Beauvais-, que seguían demostrando la autoridad y ciencia de los antiguos; tendencia al plagio y al anonimato en las obras y un interés por la cultura clásica, tan sólo como instrumento para las necesidades pedagógicas.

    Es cierto que desde mediados del siglo V hasta la época de Carlomagno, el mundo occidental atraviesa un período de barbarie, en el que están a punto de perecer los restos de la civilización antigua. En el año 529, San Benito (480-547) funda en Monte-Casino, entre Roma y Nápoles, una abadía modelo (benedictina) y junto a las reglas que impone a sus monjes, además de la oración, figura el trabajo manual y como parte de esta labor, la copia de manuscritos antiguos, aunque un tanto distanciado de los trabajos literarios. Fue después cuando San Mauro (512-584) y Casiodoro (490-583) introdujeron en los monasterios el estudio y el interés por la literatura clásica, pues según el propio Casiodoro las doctrinas profanas son muy útiles para la comprensión de la ley divina.

Se ha querido, con frecuencia, marcar distancias entre los intelectuales, amparados por Roma, como San Agustín (354-429/30) y los demás (28). Lo cierto es que tuvieron que adaptarse a las dificultades del momento. Los intelectuales que les siguieron, por el contrario, tuvieron que adaptarse a una nueva situación política, surgida de la atomización del Imperio en Occidente. Con todo, la unidad cultural se mantuvo en sus rasgos esenciales. La continuidad del Pontificado Romano permitió, en todo momento, un mínimum de vida cultural en la península itálica.

    Miembro de una antigua familia nobiliaria romana, Boecio (480-524) trató de traducir íntegros a Platón y Aristóteles en su Organon, empresa malograda debido a una acusación y condena por traición. En su presidio, nos dejó el De consolatione Philosophiae, en el que se abordan temas éticos y morales. Frente al espíritu teórico de Boecio, Casiodoro (vid. supra) se muestra eminentemente práctico. Sus Institutiones divinarum et saecularium litterarum son orientaciones dirigidas a los monjes para los estudios intelectuales y profanos, entre otros estudios, gramáticos, retóricos y ortográficos.

    En Gallia, después del 600 no encontramos otro latinista tan insigne como Venancio Fortunato (530-610), retórico y cultivador del panegírico. La conciencia histórica, ante el fenómeno de las invasiones, cuenta en el siglo VII con la figura de San Isidoro de Sevilla (570-636).

    Su más famosa obra -las Etimologías- recoge en veinte libros un compendio del saber humano del momento, desde el Trivium y Quadrivium, a las grandes líneas de la economía y la vida cotidiana. Las limitaciones de la obra son evidentes y la explicación de algunos términos verdaderamente ingenua. Asimismo, las Etimologías constituyeron, junto con la biblia, uno de los más apreciados libros del Medievo.

    Las Islas Británicas fueron un área de agitada inquietud cultural. Seguramente, fue en la sexta centuria, cuando pasó la cultura griega de Gales a Irlanda y unos monjes irlandeses, a su vez, la transmitieron al País de los Francos. Un siglo después, el griego fue estudiado en Canterbury, bajo la tutela de Teodoro de Tarso (602-690). Luego, la promoción de fundaciones monásticas favorecieron la formación de focos culturales propios, en torno a figuras como Adhelmo de Malmesbury (639-709) o Beda el venerable (673-735), quienes consideraron la retórica y la filosofía como instrumentos diabólicos, usados por los heréticos y por filósofos.

    Una corriente cultural trascendente en el siglo VIII fue el Renacimiento Carolingio. Este movimiento clerical estaba encaminado a proveer los cuadros de gobierno civil y, sobre todo, eclesiástico, dotados de un mínimo bagaje cultural.

    Primero se tendió a la restauración gramatical- hasta el siglo IX- pero, luego, se descubrieron nuevas expectativas para las especulaciones filosóficas.

A una primera etapa pertenecieron Alcuino de York (735-804), educador de Carlomagno, maestro y promotor de diversas escuelas monásticas. Su pedagogía contribuyó a la difusión de las scriptoria eclesiásticas, al establecimiento de textos y su depuración gramatical (29). Su discípulo Rabano Mauro (784-853) perpetuó los propósitos de su antecesor en el monasterio de Fulda, centro de enseñanza de primer orden.

Una segunda etapa, la protagonizarían diversos estudiosos de ciertos círculos de la intelectualidad europea. En esta época de inicios de la reconquista en España, sobresalieron diversos focos culturales en la Península, que influyeron en el occidente cristiano (30). Servato Lupo (805-862), abad de Ferrièrres, adelantó con su intención filológica respecto a su época. Uno de los pocos conocedores del griego fue Escoto Eriúgena (810-877), una figura genial, que se demostró en su De divisione naturae, pero que se mantuvo apartado del panorama cultural de su época.

    Un punto clave para la comprensión del Medievo resulta la concepción del saber humano de la época, como producto de la, casi, íntima trabazón entre filosofía y teología. El desapego de los paladines de la ortodoxia (cristiana) por las sutilezas filosóficas y su prevención hacia los autores paganos, no fueron un obstáculo insalvable frente los afanes especulativos, incluso caras a las ciencias sagradas.

    Hasta el siglo XII no tendríamos que esperar un despunte cultural de una Europa en expansión. El Renacimiento Otoniano, de este siglo, supuso una apertura intelectual a las innovadoras corrientes del pensamiento. Figuras destacadas fueron San Anselmo (1033/4-1109) o Pedro Abelardo (1079-1142).

    El siglo XIII fue el siglo de las universidades. La Universidad -Universitas magistrorum et scholarium- surgió como una comunidad heterogénea, resultado del impacto frente al mundo de los estudios, del movimiento corporativo general que estaba llevando a los oficios a agruparse para la defensa de sus intereses. El intelectual universitario fue, a la postre, un producto más de la expansión urbana del pleno medievo.

    París pasa por tener la corporación universitaria arquetípica con sus cuatro facultades: artes, decretos, medicina y teología. Toda universidad gozaba de unos privilegios esenciales: autonomía jurisdiccional con posibilidad de apelación al Papa; monopolio en la promoción de los puestos de enseñanza y derecho a la secesión y a la huelga.

Antes del 1300, había fundadas en Europa cuarenta y cuatro universidades, en las que se forja un individuo especial dotado de cierta uniformidad: homo scholasticus. Un tipo de hombre que se iba a ver pronto presa de diversas contradicciones, a la hora de compatibilizar la fe y la razón o la razón y la experiencia (31).

    Ante el escolasticismo, la expansión del Aristotelismo por traducciones árabes o estudios generales provocó reacciones entre el pensamiento, estrictamente religioso: San Alberto Magno (ob. 1280), Santo Tomás de Aquino (1223-1274) o el matemático Roger Bacon (1210/4-1292/4). Es de creerse que este sometimiento a Aristóteles haya impedido que la Universidad de París (aunque allí se refutó al Estagirita hacia el año 1300) y el norte de Europa, en general, hayan tomado la delantera en la renovación de los estudios clásicos- y un interés especial por Platón.

    Una combinación de condiciones políticas y sociales, unida a la tradición latinista y al contacto ininterrumpido con regiones donde se hablaba el griego, hicieron de Italia el centro natural del movimiento que se denomina Renacimiento. Sin embargo, esta singular tendencia fue resultado de una lenta travesía, propuesta a partir de figuras como Dante Alighieri (1265-1321), cuya Divina Comedia es presentada como una suma poética del saber y de la mentalidad medievales. Es el primer gran hombre de letras desde Boecio y un estimador del pasado clásico. Con su muerte, se acostumbra señalar la conclusión del medievo.

    A partir de este momento, el Renacimiento aportará el vigor del mundo antiguo a las ciencias y a las artes. Se destacarán las perspectivas naturalistas y antropocéntricas en las nuevas corrientes intelectuales.

    La ciencia se fundamentará en la razón, principio fundamental que servirá para responder a las demandas y problemas planteados acerca del hombre, de la sociedad y de la Historia, a la búsqueda de una ordenación racional de la vida y de la sociedad. La vuelta a lo clásico influiría definitivamente en la configuración de la ciencia y el pensamiento modernos.



NOTAS

1. De la dedicatoria "Al letor", en la República literaria, ed. José Carlos de Torres, Barcelona, 1985.

2. Johann Gustav Droyssen (1808.1.884) recogió la historia de Alejandro Magno y sus sucesores, diádocos y epígonos, en una obra titulada Geschichte des Hellenismus, en 1877.

3. No debemos olvidar que la palabra literatura, deriva de la voz latina littera, como la gramática de la voz griega GRAMMA.

4. Los sofistas (a partir del siglo V a. C.) recorrieron la Hélade enseñando su sabiduría, con el objetivo de ser abundantemente remunerados. Eran los SOFOI poseedores de la ciencia pertinente, basada en la palabra justa, en la frase brillante y afortunada retóricamente.

5. En el Cratilo se adelantan temas tales como si el lenguaje es " por convención" o "por naturaleza", además presenta el juego etimológico. Se muestra desdeñosamente crítico con los sofistas, hábiles profesionales del lenguaje y la persuasión.

6. Sin duda, la Retórica y la Política de Aristóteles exponen una reflexión estética y crítica, que ayudaron a los filólogos posteriores en sus trabajos.

7. Teodectes destacó en retórica, Eudemo en ética, Teofrasto en botánica, Menón en medicina, Dicerarco en geografía y Aristoxeno en música.

8. A la escuela de Calímaco pertenecían Apolonio Rodio, Eratóstenes y Aristófanes de Bizancio.

9. Posiblemente, Apolonio heredó de Zenódoto la dirección de la Biblioteca, ya por su talento, ya por su predilección por la poesía épica, que aborrecía abiertamente el propio Calímaco.

10. Asumió el primero el nombre de FILOLOGOS, como un profesional capacitado, por sus conocimientos, para editar, comentar o interpretar los textos literarios, en todos sus aspectos.

11. Calímaco escribió sus PINAKES de 180 libros. Era la formación de un gran catálogo de todos los fondos de la biblioteca alejandrina. En su catálogo, se clasificaban los autores helénicos, según los principales géneros literarios (épica, lírica, drama, oratoria) por orden alfabético. Además, añadía una pequeña biografía del autor que no pocas veces desembocaba en un estudio histórico y literario de su obra. También intentaba aclarar dudas sobre la autenticidad de los textos, incluso hasta llegar a la crítica literaria.

12. En Pérgamo se montó, en el reinado de Eumenes, una biblioteca, basada en el pergamino, producto del pellejo de bovinos, pues el comercio del papiro, base para escribir, estaba vetado fuera de Egipto. En tiempos de César, los fondos de la biblioteca de Pérgamo fueron trasladados a Alejandría por el noble romano Antonio.

13. En el 47 a. C., César, al encontrarse bloqueado en su Cuartel General de Alejandría, tomó la decisión, como represalia, de incendiar la biblioteca de Alejandría.

14. A estos intelectuales doctos se les conoce por el nombre del movimiento cultural: la Segunda Sofística. Su objetivo vitalera culminar la carrera oratoria en un excelente cursus honorum para poder destacar en un status social. La educación escolar era el reflejo de esta época: primero, se aprendía teoría oratoria de manuales, imitaciones de la Retórica de Aristóteles. Después, se estudiaba la literatura clásica e imitaban las obras leídas. Finalmente, se coronaba la educación con la elaboración de la MELETH: un discurso sobre un tema ficticio. Éste era el producto final de la PAIDEIA, que se materializaba a través de diversos niveles de instrucción PROGUMNASMATA (ejercicios retóricos rígidos).

15. Crates llegó a Roma en calidad de embajador del rey de Pérgamo y Tiranión, hecho prisionero en la guerra contra Mitrídates fue conducido por Lúculo hasta la capital del Lacio.

16. Se le dio el nombre de Calcentéreo, es decir "vientre de bronce", que quería decir empollón aplicadísimo. También, se le llamó olvidador de sus libros -BIBLIOLAQAS- pues, en su afán inconsciente por la escritura, repetía en un libro lo que declaraba en otros o se olvidaba decir lo que quería decir.

17. Se produce una instrumentalización de la cultura por el poder. Cuando Roma llegó a consolidar sus posesiones orientales, el filohelenismo de tantos emperadores será tan sólo un aspecto de su política interesada. Roma, desde pronto, tutelará la retórica, más tarde, la filosofía y formará la institución de sus enseñanzas.

18. El formalismo retórico -en prosa- era un vehículo ideal para una literatura fuertemente condicionada por el poder político. Durante los siglos imperiales, la prosa será el principal medio de expresión artístico, en el Helenismo será la poesía. Se crean géneros como la novela, se continúa el gusto por la biografía o la epistolografía y hasta se arrebata a la poesía el encomio. Este movimiento destierra la KOINH y se reduce a una lengua anacrónica y con pretensiones de literatura elevada.

19. La filosofía también se supeditará a las necesidades políticas. Ampararán un eclecticismo de raíz estoica y académica, dos movimientos de claras tendencias conservadoras. Después con el Cristianismo, las más influyentes corrientes filosóficas terminaron convertidas en auténtica teología, sólo el Neoplatonismo despuntó tardíamente.

20. Quizás pueda parecer que la Segunda sofística se excedió por su culto al pasado y su afán de recuperar su sitio, pero fue un error de perspectiva menospreciar la literatura latina y el Cristianismo en defensa de su propia tradición. El Cristianismo absorbió los saberes paganos y, como guía espiritual, se convirtió en represor activo de las antiguas formas religiosas e ideológicas. El definitivo dominio del Cristianismo subordinaría la reflexión racionalista a la defensa de la fe.

21. El Imperio Romano experimentó sucesivas divisiones a partir de Diocleciano en el 285, hasta Teodosio, quien a su muerte (395 d. C.) repartió sus dominios entre sus hijos: Honorio (384-423), que recibió Occidente que desaparece en el 476 al ser destronado Rómulo Augústulo por Odoagro, jefe de los Hérulos- y Arcadio (377-408), Oriente. Mientras la parte occidental se encaminaba a su ocaso, la oriental se consolidaba, especialmente, en la Historia de Europa: el Imperio Bizantino, pues, nació de la división del Imperio Romano. Duró desde el 390/395 hasta el 1453, año en que Constantinopla cayó en poder de los turcos de Mohamed II (1451-1481), con lo que empezó el Imperio Otomano.

22. La historia entre Bizancio y los países eslavos durante la Baja Edad Media está marcada por dos circunstancias: una, la Cruzada de 1204 y la formación consiguiente del Imperio y de los Estados Latinos de Oriente y otra, la invasión de Rusia por los mongoles, sometida a la dependencia de los Khanes de la Horda de Oro. A pesar de ello, los lazos entre los países eslavos y Bizancio de mantuvieron a través de la Iglesia Bizantina. Pero, partir del siglo XIV, con la emergencia del Principado de Moscú, los patriarcas de Constantinopla tutelaron la Iglesia Rusa y favorecieron, así, el estado moscovita, de cuyo pueblo podía obtenerse mucha ayuda para Bizancio. En el Concilio de Florencia (1439), se proclamó la unión de las iglesias. El príncipe de Moscú, Basilio II (1425-1462), rechazó la Unión y aprovechó las circunstancias para adoptar la costumbre de nombrar él mismo, en lo sucesivo, el titular de la dignidad patriarcal rusa. La invasión del Soberano turco (1453) supuso la sumisión del patriarca bizantino y el eclipse de Bulgaria y Serbia, recientes entidades políticas independientes; todo ello ayudó a Moscú y su soberanía para la captación de protagonismo en el ámbito de la Europa Oriental. Tras la divergencia de las Iglesias en el Concilio de Florencia, una nueva fe ortodoxa se difundía en el estado moscovita. Se abría camino la idea de Moscú como Tercera Roma, con un hondo significado religioso y político. Con esta intención, el segundo matrimonio de Iván III (1462-1505) se contrajo con Sofía Paleólogo, sobrina del último emperador bizantino.

23. Constantino Céfalas, Protopapa de Bizancio en el 917, compuso su antología a partir de tres anteriores: el Stéphanos de Meleagro de Gádara, la Corona de Filipo de Tesalónica y el Kyklos de Agatías. Esta antología, ordenada por grupos alfabéticos, fue recopilada, a su vez, por el filólogo Máximo Planudes, en 1301, en la llamada Antología Planudea. La Antología Palatina (980 d. C.) recoge el trabajo amanuense de cuatro escribas -con escolios- un corrector y un lemmatista. Aparecida en el siglo XVI en el Codex Palatinus 23 Heidelbergense, Maximiliano de Baviera lo regaló al Vaticano, al Papa Gregorio XV (1623): un codex encuadernado en dos partes. Napoleón en 1797 exige aquél y queda en la Biblioteca Nacional de París. Con la Paz de 1815, sólo regresó a Alemania la primera parte. K. Preisendanz edita en 1911 ambas partes. Resulta una colección de 3.700 epigramas de tema vario y de poemas antiguos y tardíos (como los cristianos). Tuvo como referencia la recopilación anterior de Constantino Céfalas.

24. La actividad tardobizantina nos procuró toda una serie de textos, escritos en códices, escalonados cronológicamente. De los ejemplares transliterados del original proceden los prototipos, directa o indirectamente, es decir, los modelos de cada rama de la tradición (hasta el siglo XIII). Después disponemos de los recentiores, de formato pequeño, copias privadas de profesores que utilizaban como instrumentos de trabajo. El texto ocupa media página y va acompañado por glosas y escolios marginales. Luego se divulgan los deteriores, libros de lectura o colección, producidos por calígrafos, a veces dudosamente alfabetizados, lo que hace que los errores se prodiguen.

25. De entre los más señalados destacamos a Averroes (1126-1198) el comentarista por excelencia de las obras aristotélicas. Santo Tomás lo tuvo presente en sus escritos, así como la Escolástica es deudora de importantes nociones metafísicas a Avicena. Avicebrón- Ibn Gabirol- (1020-1070) influyó en los medios escolásticos franciscanos. Maimónides- Moisés ben Maimón- (1135-1204) pretendió una reconciliación entre fe y razón. En su idea de Dios, como primer motor, Maimónides sirve de puente entre el pensamiento de Avicena y el del Doctor Angélico.

26. La decadencia del mundo antiguo se había iniciado, para E. Gibbon y Montesquieu, en el siglo II d. C. y se había dilatado a partir del siglo V, en la figura del Imperio Bizantino, hasta 1453. Sintetizaron una opinión, ya clásica, que insistía: el fin del Imperio de Occidente como producto de la presión interna de los cristianos y la externa de los germanos. El triunfo de la religión y la barbarie. Las opiniones sobre esta crisis de la Antigüedad se multiplicaron a lo largo del siglo pasado y éste: M. Rostovzeff destacó las causas internas (despoblación, crisis económica, cultivos excesivos, eliminación de élites dirigentes); las manifestaciones de decadencia eran evidentes, pero se daban progresos técnicos y artísticos, como postula H. I. Marrou. A pesar de los proyectos de regeneración (Diocleciano, Constantino, Juliano), los males se cernían sobre Roma y se originaron -según Piganiol- en la guerra permanente contra bandos limítrofes de los germanos, irreductibles e imposibles de civilizar. Por otra parte, Santo Mazzarino apunta que la invasión de los bárbaros y las dificultades del interior tenían una sola naturaleza originaria, inherente. Desde otro punto de vista, los escritores paganos consideraron la caída del Imperio como un castigo por haber abandonado el culto de los dioses antiguos y haber abrazado la nueva religión.

27. El Catolicismo único, en sentido disciplinario y dogmático, duró hasta el siglo XI y se dividirá después en dos: el de Roma y el de Constantinopla. El problema de la tradición -Paradosis- evangélica se divide entre las dos grandes ciudades: la nueva de cultura griega y, la otra, de cultura latina.

28. En cualquier caso, la conciencia histórica del intelectual, en el tránsito del Medievo, se vio marcada por los profundos cambios que le tocó vivir. El De civitate Dei, de San Agustín, será la más acabada expresión. El libro contiene una versión cristiana sobre la Historia universal, considerada como una lucha entre la Ciudad de Dios y la Ciudad del Mundo. Su intención fue ensalzar la Iglesia, integradora, denostando el papel material del Estado, imperante.

29. El emperador Carlomagno en una admonición general del 789 propone que se empleen libros católicos bene emmendati, pues con frecuencia ocurre que, cuando algunos desean orar bien, dicen mal preces, porque los libros no están bien enmendados. Se potenciaron el estudio y la enseñanza de las letras para agradar a Dios y poder entender las sagradas escrituras.

30. Ante el impacto musulmán en la Península, muchos Hispani se refugiaron en tierras de Francia. Sin embargo, se quedaron en España muchos continuadores de la cultura isidoriana: los cristianos sometidos -mozárabes- desarrollaron su tradición literaria, o se divulgaron las martirologías, o ciertas manifestaciones historiográficas, bajo el reinado de Alfonso III.

31. Ciertos sectores de la Iglesia, adictos a la fe católica, resultaron particularmente vulnerables: presentaron contradicciones existentes en los dogmas religiosos -admitidos como tales- que se oponían a la razón y a la filosofía- a las que como tales se les daba una importancia singular. Sus detractores los acusaron de defender la teoría de la doble verdad: una adecuada para la fe y otra para la filosofía. Entre estos llegó a pensarse que se había llegado demasiado lejos en lo que concernía a la especulación sobre el pensamiento aristotélico. Incluso se condenó como heterodoxas, proposiciones como: la unidad del intelecto agente, el rechazo del libre albedrío, la eternidad del mundo, lo que crearía una desconfianza entre teólogos y filósofos. Frente a la devoción del grupo, típico del monacato, el Bajo Medievo vio crecer un tipo de piedad individual en la que la unión del alma con Dios era producto de la ascesis y la meditación personal. El rechazo paralelo al intelectualismo de las universidades se definiría como la oposición entre los libros con hojas y los libros de la vida. A caballo entre la universidad medieval y las corrientes humanistas, se encuentra Nicolás de Cusa (1400-1464), autor de la Docta Ignorancia, donde compara nuestro conocimiento mental de la verdad y un polígono inscrito en un círculo, que por muchos lados que se le agreguen, nunca llegará a identificarse con el círculo.




 
Argos 18/ Ensayo