Raúl Ramírez García
 

Charla floreada
(Auto impulsivo)


Al lado izquierdo del foro: puerta de acceso a una estancia, simple pero limpísima. Aparece una mujer menudita, edad madura, aún fragante, está barriendo, luego se detiene porque alguien toca, duda en abrir la puerta, abre y se oye:

    LA VOZ DEL VENDEDOR. Buenos días, señora...

    MENUDITA. Señorita, ¡Por favor!

    VENDEDOR. ¡Ah!, Disculpe, no lo sabía señora... este, digo, señorita. Vengo de parte de los laboratorios Chubasco para mostrarle nuestro fabuloso surtido de cosméticos y artículos de tocador, que son el último grito de la moda... ¡Ay! (La Menudita lo machuca con la puerta).También traigo una gama de sonido, éste, de sonrisa para regalar al mejor cliente. (Menudita ríe). Este, yo, este, cómo le quisiera decir, ¡ah! Le vendo un amplificador para que asuste con su burla. (La menudita llora y deja entrar al vendedor que solícito le limpia el llanto). Se me olvidaba que también vendo pañuelos. En la compra de uno se lleva una caja, y en la compra de una caja se lleva el almacén, y en la compra del almacén se lleva al dueño, se lleva un frasco de cianuro, y en...

    MENUDITA. Sálgase, ¿quién lo dejó entrar?

    VENDEDOR. Yo...

    MENUDITA. ¿Usted? ¡No me diga! ¿Desde cuándo vive aquí?

    VENDEDOR. Yo... yo...

    MENUDITA. Ah, también vende yoyos.

    VENDEDOR. ¡No! Es que yo, este, yo la quiero...

    MENUDITA. ¡Óigame, óigame, va muy aprisa!

    VENDEDOR. ¡Ay! Digo, perdone, yo la quiero contentar. Pues tal parece que sufre.

    MENUDITA. No parece, ni desaparece, sufro es verdad; pero he sabido disimular. Encuentro un placer hermoso al efectuar labores hogareñas y de vez en cuando una que otra aventurilla sin compromiso, ¡ay! Perdón. ¿Qué acabo de decir? ¡Por Dios, no piense mal de mí! ¡No se lo cuente a sus amigos, ya sabe que nosotras las mujeres somos retehabilichis. (Como robot, rápida) Dése cuenta que hace mucho, cuando yo contaba con 10 años, un viejo me aleló y me invitó al cine. Ya ahí, me dijo que si lo besaba por allá, yo me negué. Bueno, en un principio sí me resistí, pero ya sabe usted que nosotras las hembras somos débiles de carácter cuando entramos en la pubertad. Total que el méndigo ése me violó entre las butacas, pero se llevó un chasco, porque mi amigo "el tallo" ya lo había hecho antes y entonces empezó a golpearme. ¡Ay, no sabe lo que sufrí, porque me dejaron con ganas! Después me hice un novio, estaba medio merláchico, más yo lo quería porque siempre me llevaba a perchas y me rolaba con toda su churcha de amigos. Él nunca manifestaba enojo al verme repegada con otros, al contrario, hasta me dejaba dormir con sus amigos. A mí todo esto me gustaba; lo que no me gustó fue que comenzaba a volarse con mis amigas. ¡Híjole, sentí regacho! Cuando delante de mí se acostó con mi dizque mejor amiga, yo, de puro coraje (besa al vendedor que la abraza) ¡Muac! Me puse a jugar vencidas de bocas y como era de suponerse perdí y a la cama.

    Así me percaté de mi fama como prostituta y del origen de mis costosos perfumes y mis apestosos amantes. Pero, por azares del destino, volví a encontrarme con el proxeneta que se trincó a mi amiga Jarira. (El vendedor le quita la blusa) ¿Qué hace? No sea tan pachorrudo, quíteme rápido la cáscara. (El vendedor la deja en ropa interior) Hum... Como le decía, ingresé a un convento, pero ahí el cura era más diablo que el sacristán y mejor me salí. Tuve no sé cuantos galanes, pero ninguno quiso casarse conmigo, sólo me usaban como zanja mingitoria.

    (El vendedor le acaricia todo el cuerpo) Ya... Yaa... ¡Ya, ya! ¡Por favor, ya, ya!...

    (El vendedor la tiende) ¡Ya déjame! Cabrón aprovechado, usted es como todos los hombres, nomás desea secar mi barranca y llenarla de huizaches para largarse.

    VENDEDOR. (Subiéndose el cierre) Con usted pierdo tiempo, no compra, ni... nada.

    MENUDITA. ¡Ay, no se vaya, es que sabe cómo soy a veces! (Lo besa y tiembla)

    VENDEDOR. (Dándose importancia). ¡Quítate, vas a manchar mis ca...minos!

    MENUDITA. (Lo toma de los pies). Vamos a nada en mi cama y luego te vas.

    VENDEDOR. Soy barco que navega con vino y buena comida en el tanque.

    MENUDITA. Yo te pago hasta las propinas. ¡Muac!

    VENDEDOR. Vendo también anticonceptivos.

    MENUDITA. No sirven, es mejor casarse.

    VENDEDOR. Entonces ya no juego.

    MENUDITA. No seas coyón, ¿a poco creíste lo que te conté? Ya sabes que a las mujeres nos da por contar mentiras para pasar el rato.

    VENDEDOR. Todo es cierto, me sé de memoria tu vida, no finjas más Zoyla

    MENUDITA. (Abrazándolo) ¡Oh, pensé que me habías olvidado, te amo, Vicente!

    VENDEDOR. ¡Yo soy Clemente! (Trata de golpearla y ella lo acuesta).

    MENUDITA. (Sensual) Esperaba este momento con ansiedad, tenía tanto sin verte, oh. Nunca te he engañado, sigo soltera y te amo con ardor demente...

    VENDEDOR. ¡Yo no me llamo Demente! Y si me disfracé de vendedor fue para localizarte y sorprenderte con algún amante, no para volver contigo.

    MENUDITA. Tú sabes más bien que yo, por qué me di a la perversión.

    VENDEDOR. Si me acosté con Jarira fue a modo de venganza. Yo sentía celos de ella porque andaba más tiempo a tu lado que yo, y por eso la despetalé para que me hicieras caso, pero como no fue así, seguí con ella por pasatiempo.

    MENUDITA. Tú eres un cínico, me dejaste porque no estaba tan buena como Jarira, pero yo, pese a que dormí con muchos hombres, jamás te olvidé, mi cuerpo era suyo pero mi alma siempre será tuya. Por eso pertenezco a la Orden de la vela eterna, soy muy digna, apostólica, germánica, católica y romántica. Voy a misa todos los días y rezo antes de acostarme...

    VENDEDOR. Pues hazlo, porque ahorita te vas a acostar pero, para siempre.

    MENUDITA. ¡Deja ese cuchillo, yo nomás bromeaba! Te amo, a ti he dedicado mis masturbaciones, por ti renuncié a la vida galante.

    VENDEDOR. Esta obra necesita un final.

    MENUDITA. ¡No lo hagas, la echarás a perder! El autor preparó otro final.

    VENDEDOR. ¿Cuál?

    MENUDITA. Éste, (Arrebata el facón) te la voy a mochar.

    VENDEDOR. ¡No, te prometo hacer el amor contigo!

    MENUDITA. Es inútil, ya ni pagando gozarás mi cuerpo, estaba programado.

    VENDEDOR. (Aterrado) ¡No, no lo hagas! (Ella le corta la corbata) Me costó 500 pesos.

    MENUDITA. (Le da otra corbata) Ten, ésta te la doy... en 50 pesos (Paga y trata de salir) Momento, tienes que pagar la salida. (Vuelve a pagar y ella lo abraza) Ahora sí, querido, vámonos a dormir. (Mutis y apagón. Es otro día, la menudita está como al principio, tocan abre la puerta el vendedor):

    VENDEDOR. Buenas noches, señorita.

    MENUDITA. Señora, por favor. (Lo besa y lo abraza).

    VENDEDOR. Disculpa, quería saber si no soñaba estos momentos.

    MENUDITA. Esto es cierto, ya no sufrirás (Lo acuchilla) Nomás faltaba que un pinchurriento vendedor husmeara mi vida íntima, a mí, toda una mujer decente, sin vicios y sin... (chilla) sin... marido, ¡Buah! (Divaga) ¡Ah, si los vendedores vendieras esposos cariñosos, caritas y que no fueran celosos ni viciosos, que todo el chivo lo dieran y toda su fuerza quedara en el lecho. ¡Ah, qué feliz sería así! (Se queda suspirando y de imprevisto la toma en brazos él):

    VENDEDOR. Acepto tu deseo y te llevo conmigo al infierno de mi cuerpo.
 
 

TELÓN


Raúl Ramírez (Guadalajara, Jalisco, 1955). Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Guadalajara. Imparte literatura y español en la preparatoria de Tonalá.

    Ha publicado: Para leer en el baño (ADREDEdición, 1982), Animoemas, poemas de animalitos para remojar en buena leche (Alimaña Drunk, 1993) y De a pepepo, libro de cuentos, (Universidad de Guadalajara, 1998).  Además, colabora en el programa "La cuenta de los guías" en Radio Universidad de Guadalajara, con el espacio "Birlibirloque" (lleva 76 colaboraciones).



 

    Argos 17/ Teatro