Katharine Whitcomb
 

Cero

(Versión de Nelly Palafox
nellypala@hotmail.com)


Katharine Whitcomb nació en Wisconsin, USA, el 11 de diciembre de 1960. Ha ganado varios premios de poesía, entre ellos el "Loft Mcknight", el "Nebraska Reviw Award" y el "Bluestem" 2000. Ha publicado Saints of South Dakota and other poems y Hosannas. También ha formado parte de diversas antologías de poesía. Actualmente imparte clases de creación literaria en la Universidad de Wisconsin.

 
 

Es un grito en la garganta, el negro espacio entre las estrellas.

Cero, el ojo del mono en la jungla.
 
 

En la hermosa ciudad de Chichén-Itzá, los mayas no dejaron

registros de la vida diaria, ni lista de posesiones,
 
 

ni recuento de esclavos. Fueron los primeros en concebir

el cero, y la pequeña maravilla: su tiempo gastado en rebanar su carne
 
 

con cuchillos de obsidiana, sangrando sobre papel para quemar

como una ofrenda, apaciguamiento, clavando espinas en sus genitales
 
 

para desangrar más. Sacrificio por substracción. Cero, el águila

sobre el templo que come su propio huevo. Cero, el cenote
 
 

que traga tesoros. ¿Qué es una virgen sino una vida pura

renunciada? Cero, el eco del agua en el pozo.
 
 

Los corazones sacrificados de los enemigos mayas,

todavía latiendo, se sumergieron para descansar

en cuevas de peces de ojos claros.
 
 

A veces creo que no tiene sentido amar

a nadie, o poner atención. Los antropólogos creen
 
 

que el dolor de todo ese ritual de sangre vertida, causaba alucinaciones

a los sacerdotes mayas, jaguares esculpidos
 
 

saltando fuera de las paredes, probando el hambre de los dioses.

Y tal vez el cuerpo no es nada después de todo.
 
 

Mira con qué rapidez nuestras huellas se llenan de lluvia.




 
 

Katharine Whitcomb
 

Zero

is a cry in the throat, the black space between stars.

Zero, the monkey's eye in the jungle.
 
 

In the beautiful city of Chichen Itza, the Maya made

no recordings of daily life, no lists of possessions,
 
 

no rollcall of slaves. They were the first to conceive

of zero, and small wonder: their time spent slicing their flesh
 
 

with obsidian knives, bleeding on paper to burn

as offering, appeasement, sticking quills in their genitals
 
 

for more blood. Sacrifice by subtraction. Zero, the eagle

on the temple who eats her own egg. Zero, the cenote
 
 

that swallows treasure. What is a maiden but a pure life

given over? Zero, the ripple in the well.
 
 

The sacrificed hearts of the Mayan enemy,

still beating, sank to rest in caves of clear-eyed fish.
 
 

Sometimes I think there's no point in loving

anyone, or paying attention. Anthropologists believe
 
 

the pain of all that ritual blood-letting caused

the Mayan priests to hallucinate, carved jaguars
 
 

leaping off the walls proving the gods' hungers.

And maybe the body is nothing after all.
 
 

See how quickly our footprints fill with rain.
 


Tomado de New England Review
Volume 20, Number 4
http://www.middlebury.edu/%7Enereview/NERFall1999.html



 
 
Argos 17/ Poesía