El poeta debe creer como un acto de fe que la poesía siempre sabrá defenderse sola
 

Entrevista con Ricardo Castillo



 

Luis Rico Chávez
lricoch@hotmail.com

 
Ricardo Castillo nace en Guadalajara, Jalisco, México, en 1954. Su primer libro, El pobrecito señor X, apareció en 1976, inicialmente en la editorial CEFOL, y cuatro años más tarde sería publicado por el Fondo de Cultura junto con La oruga, en la colección Letras mexicanas.
      En 1981 fue publicado Concierto en vivo en Morelia, por la Universidad Nicolaíta. Un año después aparece Como agua al regresar, en la editorial Penélope, en México. En ediciones Toledo se publican Cienpiés tan ciego y Nicolás el camaleón, en 1989.
     Su obra aparece en la Asamblea de poetas jóvenes de México, que preparó Gabriel Zaid para Siglo XXI (1980), y en la antología de Escritores jaliscienses que realizó Sara Velasco para la Universidad de Guadalajara (1985).

 

—¿Por qué elegiste la poesía como medio de expresión?

—El por qué es oscuro en poesía. Supongo que hay un ingrediente de elección y que éste ha corrido de mi parte, pero lo considero más un efecto que una causa. En esta medida limitada, podría contestar que la elección estuvo determinada directamente por el lenguaje. La poesía parece ser una modalidad del lenguaje capaz de satisfacer áreas del pensamiento que las palabras, subordinadas a la razón de la vida diaria, no consideran útiles o importantes. Los niños, los locos y los poetas saben de lo que hablo. Vivir el lenguaje más como una experiencia estética que como una herramienta para la vida práctica.

    Esta inclinación, que puede deberse a cuestiones de ambiente familiar, a características del carácter o simplemente a una falla cerebral, es para mí lo central. Es decir, la necesidad de la palabra poética, más allá de nuestra condición individual. Una práctica del lenguaje que dé testimonio del hombre en esta tierra, como lo dijo Hölderlin. Más allá de nuestras cómodas certezas y de nuestros gastados valores racionales. La poesía es un ritual de fecundidad —aparentemente inocuo— que hace contemplar al hombre de qué manera, en un instante, el abismo se abre para revelar el ancestral laberinto de la memoria humana. Por esto, pienso que en poesía la elección consiste, esencialmente, en obedecer esta inclinación.

—En un medio en el que la lectura no es artículo de primera necesidad y en el que la poesía ocupa el último lugar dentro de los gustos literarios, ¿qué estrategias adoptas para promover tu obra?

Es cierto lo que dices, la lectura no es mucha y, dentro de ésta, la poesía ocupa el honroso último lugar. Y digo honroso porque, independientemente de las causas, es un síntoma del mal gusto de la época. Y sin duda es honroso ser aquello que el mal gusto no enaltece. Vivimos días en que lo que no es rentable o asimilable con facilidad pertenece al territorio de las catacumbas. Políticos con botas, cantantes de bisutería o escritores políticamente correctos son los vulgares héroes de nuestros días. Sin embargo, es difícil establecer una estrategia para promover la obra. Creo que un poeta no debe gastar su tiempo en la estrategia de promoción de su obra. Primero, porque se corre el riesgo de caer en conductas que reproduzcan lo que la poesía misma combate; y segundo, porque el poeta debe creer como un acto de fe que la poesía, de algún modo, siempre sabrá defenderse sola. Resta a los poetas estar a la altura que corresponde para que su defensa se realice. Esto es, sanjar la dificultad de hacer un poema que funcione. Si el poema funciona, se abren territorios en la memoria de la especie y nunca faltarán lectores ni nuevos poetas. Hay una necesidad en el hombre por experimentar la poesía infinitamente superior al hábito civilizatorio de ignorarla.

—Algunos jóvenes lectores de El pobrecito señor X se escandalizan por la utilización de ciertos términos. ¿Qué les dirías al respecto?

Creo que esto se debe al ánimo provocativo del libro. El libro acomete los poemas desde la circunstancia de un joven anónimo en los años setenta, aborda su problemática, sus entusiasmos y caídas, refleja a la familia mexicana. Pero lo sustancial de todo esto no es tanto el tema, sino la forma de abordar el poema: desde la circunstancia de un joven, esto es, desde el lenguaje que formaba la experiencia inmediata de ese joven. De esta forma de atacar el poema resultó una crítica a la poesía joven que escribía en un tono solemne y adulto un tanto pedante o ridículo. Eran años en los que se debatía sobre poesía y como producto de aquellos debates se cometieron muchos excesos y no pocos aciertos por parte de todos los jóvenes contendientes. Es posible que El pobrecito señor X refleje algún exceso de mi parte en la utilización de algún término, pero considero que las palabras que utilizamos en un poema deben corresponder al ánimo de la voz que hace la escritura. En poesía la palabra rosa puede ser tan mala palabra como puede serlo cabrón. En el poema no hay malas palabras, lo que en todo caso hay son palabras mal puestas. Pero tampoco vale la pena escandalizarse.

—¿Qué ventajas ofrece la enseñanza de la poesía? ¿En qué vicios se incurre cuando se pretende enseñar poesía?

La poesía no se puede enseñar; sin embargo, sirve mucho aprender ciertas cosas de la poesía. Dicho aprendizaje se obtiene por inferencia a través de la vida misma, pero también de los libros, los amigos y, en algunos casos, por medio de un taller. Esta última modalidad tiene la ventaja de reunir en ella, potencialmente, a las otras tres. Sin embargo, el taller no puede resumir la práctica poética. El momento crucial para un poeta joven es asumir la soledad de su ejercicio. Supongo, por lo tanto, que el interés fundamental de quien coordina un taller debe ser proporcionar un acceso a ese momento. En este sentido su vicio podría ser no superar nunca la etapa colectiva en la práctica poética.



 
 
Argos 17/ Poesía