Catherine Argand

Entrevista a Amin Maalouf
(Trad. del francés de Inés van Messen
miv18029@cencar.udg.mx)


  A raíz de la publicación de una nueva novela, Amin Maalouf, escritor de habla francesa nacido en el Líbano, concedió una entrevista a Catherine Argand, periodista de la revista francesa Lire . 

     Si bien actualmente está radicado en París, siempre vivió en el seno de una minoría de cristianos melquitas. Sabe qué les debe a las antiguas civilizaciones de Oriente, pero al mismo tiempo es cautivado por el mundo contemporáneo. Le périple de Baldassarre1, su nueva novela, traducida al castellano, es todo un éxito.

Nació en 1949. En 1993 obtiene el Prix Goncourt y desde Léon l'Africain, Samarcande2 y sobre todo Le rocher de Tanios, se le considera en Francia como el Señor Oriente. Desde la publicación de su ensayo Les identités meurtrières, se le llama Señor Tolerancia. Ahora bien, Amin Maalouf es ante todo un europeo que sueña con la idea de un Cercano Oriente dentro de la Unión Europea. Es un novelista homérico que piensa hacer teatro y que acaba de firmar un argumento de ópera. Un erudito de la antigüedad que eligió escribir historias para todos. Un hombre que fustiga la discriminación, pero también la grosería, la mezquindad y la devoción hacia los poderosos. El departamento en donde vive con su mujer y el último de sus tres hijos se encuentra cerca del edificio en el cual se hacía el diario Jeune Afrique para el cual trabajó al llegar a París en 1976, cuando arreciaba la guerra en el Líbano. En su casa, las computadoras son francesas, los sillones, de Beirut y las bibliotecas, de Oxford.

    Hombre de Oriente y Occidente, de la cristiandad y el Mediterráneo, Amin Maalouf es capaz de transformar a una mesera londinense del siglo XVII en Schéhérézade y a un comerciante libanés de la misma época en héroe cartesiano. Ud. podrá encontrar esos dos personajes en su nueva novela Le périple de Baldassarre, que narra la epopeya de un vendedor de curiosidades por los caminos de Constantinopla, Génova, Lisboa y Londres en busca de un libro misterioso, supuestamente portador de la salvación, en el mismo momento en que numerosas comunidades de creyentes anuncian el fin del mundo. Baldassarre es un genovés de Oriente, estamos en 1665...

    ¿Cuántos libros ha leído o consultado antes de escribir esta novelas de aventuras impregnada de historia antigua?

    AMIN MAALOUF. Por lo menos doscientos. Sobre el comercio entre Génova y Flandes, el Imperio Otomano en el siglo XVII, Inglaterra y el célebre incendio de Londres, las comunidades de creyentes que se encontraban en Rusia, y personajes históricos como Sabbataï o Avvakoum, un arcipreste que fue jefe de un movimiento religioso importante y una de las primeras figuras de la literatura rusa moderna. Siempre me preocupo en hacer creíble lo histórico. Verifico las monedas, los precios de la época. Durante un viaje a Turquía, compré incluso algunos libros del siglo XVII para poder describir del modo más preciso esos objetos de otra época. Del mismo modo, cuando descubrí que el padre Vieira, una gran figura de la cultura portuguesa de entonces, estaba en la cárcel en la época en que transcurrían los hechos que yo estaba relatando, me dije: ¡Ni modo! Lo más delicado es evitar que el libro se transforme en una encicolpedia. Hay que dejar de lado la erudición, trabajar para borrar las huellas, como decía Brecht. Querer rentabilizar la novela es matarla.

    Un buen día de 1665, Baldassarre se marcha de Gibelet. Va a enfrentar las inclemencias, los piratas, las guerras, las visicitudes del amor y el oscurantismo de algunos creyentes. ¿Habrá escrito usted una novela contra el fanatismo?

    A.M. Las convicciones religiosas que menciono no revelan fanatismo. No desatan persecusiones sino más bien una forma de autodestrucción. Durante todo su periplo, Baldassarre se levanta contra aquello que Goya llamaba el sueño de la razón. En esa época, como en la actualidad, el hombre tiene la cabeza en las luces y los pies en la oscuridad. Titubea constantemente entre la ciencia de la magia, la fe y la superstición, la astronomía y la astrología. Baldassarre está allí para observar ese combate entre la razón y la locura en el mundo que lo rodea, pero también dentro de sí mismo.

    Igual que a los demás, a él le gustaría creer a veces que el misterioso libro tras el cual todos corren, contiene la llave del Universo.

    A.M. El no soporta la idea de poseer un libro que influiría en el curso del mundo. ¡Yo soy como él! A menudo pienso en el incendio de la biblioteca de Alejandría, en todos esos libros perdidos para siempre; me encuentro dividido entre la idea de creer que contenían cosas extraordinarias y la razón que me hace decir que hoy en día todos quizás serían obsoletos. Cada uno de nosotros, en algún momento, tiene ganas de oír cosas que escapan al entendimiento. Recuerde esta historia del año 2000. Por debajo del argumento tecnológico que garantizaba la modernidad, existía un miedo profundamente oscuro... Entre el hecho de ser mortal y la expectativa de otra cosa, siempre habrá un espacio para lo irracional.

    ¿De todos sus héroes, éste es el que más duda?

    A.M. Es cierto, Baldassarre es un ser que duda, que duda de todo. Tanto de las predicciones sobre el fin del mundo como de sus amores o pertenencias. De todos los personajes que he creado, es el más inquieto, el más cercano también a lo que yo soy realmente. Siento muchos escrúpulos por hablar de mí, mis héroes a veces lo hacen por mí... ¡Baldassarre expresa dudas que son mías, pero lo hace con más naturalidad! La víspera de su viaje, se comprometió a escribir un diario, o sea a confesarse la verdad. Lo que no haría en tiempos normales pues si bien hay interrogantes de las cuales está orgulloso -los que opone a las creencias de los otros- también hay otros que son menos edificantes. Dudar de sus dudas, de su racionalidad, de su fuerza, de su comportamiento, no es nada fácil.

    Parece que ud habla con conocimiento de causa...

    A.M. Baldassarre es un personaje que no juega, que revela sus debilidades. Desde ese punto de vista, es el más cercano a mí, también el menos premeditado. Durante los seis años en que escribí esta historia, yendo y viniendo de éste a otros libros, me embarqué literalmente con Baldassarre. No lo obligué a hacer cosas. Lo dejé hacer y puse en su diario todos mis estados de ánimo, mis ilusiones, mis desilusiones, mis fantasmas. Mi propia búsqueda del libro de los libros y la mujer de las mujeres... Cada vez más, avanzo a cara descubierta.

    En su diario, Baldassarre escribe: "El coraje auténtico es enfrentar el mundo, defenderse contra sus ataques en cada momento y morir de pie. Hacer frente a los golpes es , en el mejor de los casos, una huida honorable". ¿Ud. comparte ese punto de vista?

    A.M. Sí, siempre estoy a punto de abandonar el mundo. Es una tentación que siento constantemente y que juzgo con severidad. Soy alguien que no lucha. Quizás porque pertenezco a un grupo minoritario. Nací en la comunidad de los cristianos melquitas en Líbano. Eso significa que pertenezco a la minoría cristiana del mundo árabe y a la minoría melquita del mundo cristiano. De tal modo, esa actitud refleja: si las cosas no funcionan, uno se va; si no funcionan para nada, uno se encierra. Eso está prácticamente en mis genes.
 

amin maalouf
Amin Maalouf
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    ¿Hasta dónde lo lleva ese reflejo de minoría?

    A.M. Muy lejos. El sentimiento de pertenecer a una minoría determina todo en la vida: el lugar de la persona, su visión del mundo, su capacidad de afirmarse, su manera de encarar los conflictos. Si siempre estoy hablando de conciliación y reconciliación, es porque me es imposible adoptar otra actitud. Si me gusta Europa es porque, en calidad de minoría, me siento más cómodo en un mundo más amplio en el cual todo se relativiza... Profundamente, creo que ese estado de minoría me convirtió en observador. No pertenezco a ningún grupo de interés ni a nunguna asociación de carácter reivindicativo. Rara vez firmo peticiones, no actúo en ningún movimiento. No me cuesta nada no participar. Si el más allá es un lugar en donde uno puede seguir observándo el mundo sin poder captar nada de él y sin ser visto, y bien, creo que me estoy preparando desde ahora para una situación perfectamente apropiada para mí.

    ¿Escribir es hablar o callarse?

    A.M. Algunos hablan mucho y sus escritos son la prolongación de la palabra. A mí no me gusta hablar. Salir de las cosas, extirparlas, representa un gran esfuerzo y puedo permanecer silencioso por tiempo indefinido. Escribo para compensar lo que no he dicho, revelar algunas cosas, encubrir otras. Pero en todos los casos, escribo con ímpetu, siempre.

    ¿No estará dejando la novela documentada por la ficción?

    A.M. ¡Es un verdadero dilema! Por un lado, ese vínculo con la Historia forma parte de mi mismo. Por otro lado, lo que me cautiva, mi deseo profundo, sería construir un mundo de ficción que exista en sí mismo. Algo como El señor de los anillos quizás. Al mismo tiempo, siento la necesidad de una continuidad con lo que he escrito, mi pasado, mis orígenes y el deseo de liberarme de eso. Voy a decirle cuál es mi fantasma.

    Ohhhhh...

    A.M. Inventar un escritor imaginario que escriba cosas muy diferentes, de tal manera que nunca puedan reconocerme.

    ¿Por qué cultivar el secreto?

    A.M. Para entrar en un nuevo comienzo, una vida paralela que no lleve el peso de lo que ya se ha hecho, que no se mida con la vara de las vidas anteriores. Y además, porque alejarse de lo pasado nunca es fácil . Por todos lados hay miradas molestas que lo significan a uno: "Cuidado, ¡Ud. se está alejando de su camino natural!"

    ¿Como si Ud. debiera escribir sobre Oriente por el simple hecho de llamarse Amin Maalouf?

    A.M. Sí, y esa idea, si bien me dio muchas satisfacciones, también es una limitación.

    Ud. ya incursionó en caminos transversales: El primer siglo después de Beatriz era prácticamente una novela de genética-ficción ¿no?

    A.M. También lo hice al escribir el libreto de una ópera que Peter Sellers montará en Salzburgo el 15 de agosto próximo. En realidad, aunque no tenga tiempo de realizar todos mis proyectos, aun cuando ya tenga cuarenta o cincuenta ideas escritas en mis libretas, tengo muchas ganas de escribir para el teatro. Al escribir el libreto operístico, me di cuenta que era un camino acorde con mi temperamento: los diálogos me vienen espontáneamente, andando, con mucha más naturalidad que la novela, que necesita ser trabajada. Como Baldassarre, a menudo me pongo en el lugar de los otros y estoy de acuerdo con lo que son, con lo que dicen, aunque sus convicciones disten mucho de las mías. Por eso es inútil invitarme a un debate. Porque al escuchar a mi interlocutor, me digo siempre: "Quizás tenga razón".

    ¿Qué obras de teatro iba a ver cuando vivía en Beirut?

    A.M. Obras de la antigua Grecia que me dieron el deseo infantil de imitar a Sófocles o a Esquilo. También a Terencio, quien dijo, hace dos mil doscientos años: "Soy hombre y nada de aquello que es humano me es ajeno".

    Homero para la novela, Esquilo o Sófocles para el teatro. Bajo el Oriente aparente, serán quizás Grecia y sus modelos los que le sirven de raíces?

    A.M. Detesto esa palabra. No somos árboles. Prefiero hablar de "orígenes" en plural. Cuando pienso en el teatro, pienso, por supuesto, en Harold Pinter o Dario Fo. Pero al mismo tiempo siento el deseo de remontarme a los orígenes, de volver a las fuentes de la escritura, de reconocer el aporte de los fundadores. Es mi manera de ver el mundo, siempre en perspectiva, a partir de un trabajo de memoria. Es también mi historia. Jamás pierdo de vista que vengo de una región milenaria que conoció al mismo tiempo las influencias egipcia, mesopotámica y griega.

    ¿Siente nostalgia?

    A.M. Está omnipresente en mi vida. De niño, oía constantemente hablar de la casa de los abuelos que se encontraba en Egipto y que ya no teníamos; de la de mis tátarabuelos en Constantinopla, que tampoco teníamos más. Luego, la guerra en Líbano me alejó de los lugares que me eran queridos. Hoy tengo la sensación de tener detrás de mí una serie de casas abandonadas y países perdidos. Y además, provengo de una civilización que tuvo su momento de gloria y que ya no la tiene. Todas las referencias que tienen un sentido se ubican en el pasado. Eso no quiere decir que soy un hombre ligado a las civilizaciones antiguas y cortado de las realidades de hoy, no. La vida y el mundo contemporáneo me cautivan. Vivimos en una época extraordinaria en la cual somos infinitamente más libres que en ningún otro momento de la humanidad. La sucesión de regímenes democráticos, la amplitud de los conocimientos, el poder de la ciencia me apasionan y me hacen sentir una inmensa gratitud con la vida.

    Bizancio, Constantinopla, el Occidente de hoy, ¿todos esos mundos viven en Ud?

    A.M. Todo eso pertenece a mi identidad y lo reivindico, como ser mi doble pertenencia al pasado y al presente. Esta diversidad no la pienso en términos de ruptura sino de riqueza. No suprimo, agrego. Creo que urge romper con la idea de una pertenencia unívoca y exclusiva so pena de acentuar las crispaciones de identidad. Sobre todo porque pertenencia no significa sistemáticamente adhesión. Como le dije, nací en una familia católica dentro de la comunidad melquita. No quiero aparecer como creyente, siento tantas dudas como Baldassarre pero no por eso me ubico fuera de la comunidad. Conservo mis vínculos, mis lazos.

    Es un combate que Ud. está librando desde hace mucho tiempo...

    A.M. Y que cuestiona fundamentalmente el principio de identidad como identificación a una sola y única causa, ya sea un partido, un país, una religión o una etnia. Allí se juegan cada vez más conflictos. Sobre todo si las culturas nacionales exigen al individuo un modo de pertenencia única.

Podemos imaginar en Líbano una distribución del poder que no sea sólo comunitaria? Aquí, ¿tenemos derecho de ser al mismo tiempo argelinos y franceses en vez de ser "beurs*"? A partir de estas preguntas, hace tres años escribí Les identités meutrières...

    ..Y algunos lo percibieron, con algo de ironía, como "Señor Tolerancia".

    A.M. Fustigo la intolerancia, pero no utilizo prácticamente nunca esa palabra. No soy forzosamente tolerante. Soy muy exigente. Rechazo toda forma de discriminación. No perdono fácilmente, especialmente la falta de elegancia, la grosería y el desprecio. Así fui educado, en una actitud de rigor moral que pudo llevar a algunos miembros de mi familia a una actitud pacata.En lo que a mi respecta, considero importante que la gente se comporte de manera digna, cortez y sin mezquindad. No puedo admitir que seamos deferentes con alguien que se impone mediante un comportamiento autoritario y que no lo seamos con alguien modesto, reservado. Esa forma de masoquismo que consiste en disminuirnos ante alguien que nos trata desde las alturas y tomar a la ligera a aquel que adopta una actitud respetuosa, me ulcera. Esto es válido en todos los ámbitos, incluso en literatura.

    ¿Qué sentimientos siente hoy hacia el Líbano?

    A.M. Los veinticinco últimos años fueron desastrosos, trágicos, y si fui poco al Líbano es justamente porque no tenía ganas de verlo en ese estado de decadencia. Hubiera podido evolucionar de otra manera, quizás lo haga. Deseo, quizás porque vivo en Europa, que el Cercano Oriente siga la via occidental, la de España o Grecia. Sueño con la idea de que Europa se extienda un día hasta allí. Si Ud. reflexiona, ese sueño no es más fantasioso que aquel que hicieran hace cien años los franceses y los alemanes... Ese sueño, no me engaño, tiene también como función reconciliarme conmigo mismo. Si Ud. supiera qué felicidad siento cuando paso las fronteras sin que nadie me detenga...


   Notas:

1. El Periplo de Baldassarre.
2. León el africano, Samarcanda, La montaña de Tanios, Las identidades asesinas.

* N. de la T. Beur: hijo de inmigrantes magrebinos nacido en Francia.



 

    Argos 17/ Narrativa