Cristina P. Cordón
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A la hora del café


Toda su vida era estar en el Museo de Escultura, día y noche, invierno y verano, con frío o con calor. Se situaba en la puerta de la primera sala y allí ejercía su trabajo de vigilante, poniendo especial cuidado en que todo transcurriera sin problemas. Por el día se preocupaba de que ningún visitante incauto llevara sus manos hasta las estatuas para calmar su curiosidad o enardecer su admiración. Estaba muy atento, escudriñaba hasta el último detalle y sentía morirse de puro placer cuando oía aquellos "¡oh!", gordos pero suavecitos, que salían de los visitantes boquiabiertos y pasmados ante tanta belleza.

    Nadie le decía nunca nada, nadie le pagaba su servicio de vigilancia, nadie reparaba siquiera en su presencia. A lo sumo se reían de él algunos grupos de colegiales desalmados: "¡Qué viejo está!, ¡vaya una pieza de museo!" le decían. Y le señalaban con el dedo entre carcajadas crueles pero muy respetuosas con el cartel que pedía silencio, pues apenas se les oía.

    Pero eso a él no le importaba. Todos esos malos ratos se veían recompensados con creces cuando se quedaba allí durante la noche a cuidar de las obras de arte. A las nueve en punto el museo quedaba completamente vacío, con todas sus puertas cerradas. Entonces el silencio le ayudaba a vigilar las piezas que, entre ansiosas y medio entumecidas, ya empezaban a revolverse. Nadie podría contemplar escena más hermosa: los marmóreos cuerpos de Apolo y Dafne se volvían tiernos y flexibles, e iniciaban su inquieta persecución en la esquina en la que estaban situados; Santa Teresa, con la mirada arrebatada y el espíritu exacerbado, sufría y gozaba la pujanza de una amoroso sentimiento que amenazaba con rasgarle las entrañas. Mientras, en la esquina opuesta, el mismo Luzbel, erguido en forma de arco tensado, se consumía entre palpitantes llagas que hervían en azufre. Un grupito de angelotes revoloteaba alegre por la estancia, zumbando todos ellos en un zigzagueante movimiento como si fueran santos murcielaguitos y, Diana y Baco, con gesto solemne, le ofrecían cada noche un trocito de su mitológico festín.

    Y así, se sentía un ser tan maravillosamente privilegiado por poder contemplar tanta hermosura, que permanecía extasiado durante las horas posteriores en las que ya estaba amaneciendo. En esos momentos, todo volvía a su sitio excepto las risitas de los angelotes, que tardaban un poco más en fundirse con sus esculturas por su propia naturaleza alegre y juguetona.

    Día tras día iba cumpliendo su misión a pesar de que notaba que algo le estaba consumiendo por dentro. Pero no le entristecía la enfermedad en sí, ni siquiera el sentirse devorado, sino que lo que verdaderamente le preocupaba era la suerte que sufrirían sus pobres estatuas sin que él las vigilase. Las miraba y pensaba "¿quién os va a cuidar ahora, mis queridos compañeros?, ¿quién sabrá entenderos y consolaros cuando estéis tristes?". Y sin querer, se le caían las lágrimas, y él se tapaba entonces la cara para que no sufrieran al verle llorar.

    Un domingo, a eso de las cuatro de la tarde, entró don Alfonso, el director del museo, con otras dos personas. Hablaban entre ellos y le señalaban, y asentían con la cabeza cada vez que don Alfonso hacía un comentario. "Seguramente les está hablando de mí, de mi esforzado trabajo y mi empeño sin igual", y se estiraba un poquito a pesar de que no le quedaban apenas fuerzas ni para sostenerse a sí mismo.

    De repente, los dos hombres lo levantaron bruscamente y preguntaron a don Alfonso "¿en la de abajo?", a lo que él asintió sin preocupación ninguna. Una vez que llegaron al cuarto de abajo, uno de los hombres cogió un hacha. Él gritó desesperado, su turbación era tal que incluso pensó que tal vez era una broma de mal gusto. Pero no era así. Miró suplicante a don Alfonso, y se le resbaló de los labios un "por qué" que sólo obtuvo como respuesta "cuanto antes acabemos mejor". El hombre, apretando los dientes, le clavó con todas sus fuerzas el hacha en la cabeza, y después varias veces en el cuerpo.

    "Es una pena acabar así con él –dijo don Alfonso con cierta tristeza– pero esta pobre estatua ya estaba casi comida por la carcoma. No daba buena imagen al museo".


Cristina P. Cordón. Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Valladolid. Actualmente compagina sus estudios de doctorado con el cuarto curso de Filología Francesa; además de trabajar como Directora de Relaciones Internacionales en el International House.



 
 
Argos 17/ Narrativa