Gerardo Leonardo Pennini
tabanoquasimodo@hotmail.com
 

Un largo tango en prosa


Llueve y llueve hace dos días. Llueve y no llueve. Es la menta..., decía Atahualpa Yupanqui, pero don Ata ha muerto, aunque en realidad lo habían matado mucho antes... "porque hoy lo he conocido", decía ese mismo día un joven conductor de programas folklóricos de por acá; y sin empacho, a renglón seguido, afirmaba: "ahora voy a conseguir más casetes y los voy a escuchar". Ya lo habían matado mucho antes.

    ¿Y a quién le extraña? El siglo fue muerto y sepultado entre discurridores de la modernidad y hermenéuticos del posmodernismo. El Sapiens Sapiens quedó enterrado en el medio, mirando con cara de incredulidad los escombros de Irak, Bosnia y Afganistán que lo van cubriendo, revueltos con barro biológico y la Eco’92.

    Las chicas malas del Planeta Hembra se van a la playa de Ipanema a discutir. Los libros que sesudamente se ocupan del problema dicen que la generación de París del ’68 hacía del sexo una cuestión subjetiva y filosófica cargada de introspección y de causales subconcientes o sicoanalíticos.

    ¡Merde! Hacíamos el amor.

    Con las bocas, con las manos, y luego escuchábamos a Vivaldi y comíamos huevos fritos, tal y como decía el Julio en mi Rayuela ... tan mía...

    Mejor la pornografía amable y divertida, todo más simple a lo Henry Miller (como si fuera simple) o más acá Milan Kundera el que recomendaba Ivana porque había que leerlo y se copaba con la imagen de la galerita, y la nueva onda de ver qué tal era eso, como suponiendo que hacemos el amor con un vivo recuerdo de emociones; es en realidad un poco de sexo deportivo y seguro con un veterano de Plaza de Mayo y a otra cosa. El sexo es eso, viejito lindo, ni sentimientos ni emociones ni pasiones. Hay ocio para consumir –no hay plata– gente.

    Viene el colectivo, último viaje del día hacia la cena y a la camita, previo quizá un tecito para la digestión y dormirse porque no hay sorpresas. Ya veremos el fin de semana si programamos para otro fin de semana.

    Subir rápido, boleto y asiento más o menos en el medio, no tan adelante que sea cosa que tengamos que pararnos con la primer vieja que suba, ni tan atrás que se hagan pomada los riñones. Estirar las piernas y adormecerse.

    Un largo viaje hacia extramuros.

    A poco de salir del centro, se apagan algunas luces y el ómnibus parece un estrecho túnel calientito. El techo bajo y abovedado aumenta la intimidad y los colores varían en una gama de marrones, llenos de rinconcitos oscuros con algunos débiles destellos rojos. Paz y tranquilidad hasta mañana.

    En la radio comienza a sonar algo conocido. Parece "Adiós Nonino" –por Cacho Tirao, me aclara el locutor– y continúa otra cosa que no alcanzo a distinguir, pero que mi vecino de asiento tararea. Al principio ni siquiera me intereso, pero cuando se detiene el motor, trato de escuchar la letra. ¿Lucy in the sky?... La está cantando en inglés, evidentemente sabe la letra. Lo pispeo de reojo. Barbudo y de pelo largo y polvoriento, es evidentemente un obrero de la fábrica de cerámicos del turno de la noche. Me mira al principio con desafío. Reconozco esa mirada. Todos la tenemos cuando enfrentamos al mundo exterior. Después una complicidad pudorosa.

    Del otro lado del pasillo, una mujer me llama la atención. Exhibe asomando de una discreta pollera un par de hermosas piernas sin pesas ni gimnasio, esas piernas blandamente musculadas y suavemente firmes de hembra de la especie, sin necesidad de justificaciones para el erotismo, capaces de enlazar un hombre en Ipanema o donde se le dé la gana. Calza actualizados zuecos de plástico brillante y se toca con una gran hebilla llena de frunces y lucecitas. Sigo nuevamente las piernas con la vista y los zuecos de plástico están marcando el ritmo de los Beatles. Poco a poco se anima la cabeza, una hermosa cabeza española, que también sigue la música con un discreto balanceo. Debería saber esculpir o fundir el bronce para hacer algún día ese busto clásico (sin la hebilla). Me da por pensar que algo así les pasó a las culturas precolombinas. A falta de bustos que eternizaran los cuerpos, llevaron éstos –los más hermosos, seguro– hasta la montaña para momificarlos. Menos mal que había montañas a mano.

    Resopla la puerta, sopla y acopla el frío sureño en un flash que recorta un perfil inclinado hacia el pasillo imponiendo susurros que contienen gritos:

    –Veteranos de Malvinas, la revista de los veteranos de Malvinas...

    Sigue la música de la radio, parece que cantan algo de un viejo Matías que duerme en el andén; mientras afuera la nada oscura rodea la ruta que sale de la ciudad. Como no sé la letra, intento tararearla y me entusiasmo. Hacemos un coro espantoso con mi compañero barbudo.

    La mujer se vuelve fugazmente y nos mira con una sonrisa que establece un diálogo entre el tarareo y su pie derecho. El conductor mira por el espejo retrovisor y parece que está por decir algo, luego se coloca una gorra manoseada y un poco deforme y prende un cigarrillo con el doble placer de hacer lo estrictamente prohibido. Ahora maneja con una mano, "peinando" los cambios y con el pucho colgando a un costado de los labios.

    El veterano se metió en el buche de la puerta izquierda y conversa con el amigo de la gorra. De paso le manguea un pucho.

    Un poco más atrás escuchamos palmas que acompañan con entusiasmo la radio..., sigue "Let it be", cómo no... y nos unimos en un tímido coreo del estribillo. Los de las palmas son los que cantan más fuerte. Dos hombre muy serios, muy concentrados en no perder el ritmo como cuando trabajan en la oficina. Uno es calvo y el otro flaco y con anteojos gruesos. Entre ambos, una dama con pinta de Profesora de Historia se hace la distraída como buscando algo por la ventanilla, pero sigue la música con el cuerpo muy, pero muy disimuladamente. Otro señor que iba como envarado en el primer asiento, se reclina hacia atrás y levantando los brazos balancea el torso al compás. Tiene el cabello enrulado completamente gris y lleva un paquete con una muñeca que se desliza al suelo. La mujer de lindas piernas se quita la hebilla y sacude el pelo para que se desparrame lánguidamente por su espalda, se vuelve para incorporarse al coro y le veo los ojos brillantes. El señor de pelo gris se trepa al asiento y también queda en la rueda, que de repente abarcó a todos, todos somos amigos. El excombatiente está enojado, y lo entendemos. Todos compartimos la indignación por aquél mal recuerdo y juramos no cantar en inglés nunca más.

    Cuando empieza el polaco Goyeneche con "La última curda" que berreamos con el mayor entusiasmo, el carromato de Houdini se detiene.

    Soplido, abre la puerta, soplido, la cierra, y una parejita de jóvenes salidos de una serie de TV sobre marginales en Nueva York, queda incorporada a la fiesta. El muchacho tiene que ser viril delante de ella y arremete hacia el fondo para sentarse. Ella intenta distribuir sonrisas cándidas de nena pervertida a troche y moche, sin mirar a nadie. Mi compañero me mira divertido y... !Uuuuau... peace and love! Grita sacudiendo los pelos y desorbitando los ojos. La mujer de lindas piernas (que se ha quitado el coqueto saco sastre) se ríe libremente y el canoso sigue gritando !Prohibido prohibir! Y junto fuerzas y me uno con ¡La imaginación al poder!... Pobres chicos, nos portamos tan ridículos que terminamos por desconcertarlos y se derrumban sobre el asiento trasero, arrinconados. El obrero que cantaba en inglés ahora arremete con "Confesiones de Invierno" y esto le devuelve el énfasis a la rueda. Cabellos Grises ya se quitó la bufanda, y en la intimidad me dice que la niña le hace acordar a su hija, mientras golpea el pasamanos tratando de seguir algún ritmo.

    El chofer marca el compás sobre el volante, y el momento culminante de espectáculo lo dan los tres compañeros cuando comienza Opus Cuatro su versión de "Verano Porteño" y ellos quieren afinar a coro.

    En un bache de silencio, interrumpe el locutor, absolutamente prescindible.

    Cabellos Grises aprovecha para meter:

    –Playing against Sam–, pronunciado como sea.

    Una doméstica batahola festeja este acto de coraje y se viene un clima como en los lentos de las fiestas y los "asaltos". Mi adlátere se decide como un paracaidista y se planta frente a la mujer sola. Apenas un susurro y bailan (es un decir) entre los barquinazos del micro y los borceguíes fabriles de él. Al final se sacan los zapatos.

    –!Bravo!– aprueba el micrero y apaga algunas luces más. El señor de adelante y yo hacemos flamear los encendedores prendidos. Detrás hay una pequeña discusión y el gordito calvo está de pie frente a la Profe:

    –Cette amour
    Ici blessé
    Ici désperé
    Cette amour...vous demande... ¿voulez vous dancer?

    Destruyendo a Prévert el calvo hace grandes ademanes y logra que ella ría, evidentemente halagada.. Hasta se animó a prender un cigarrillo.

    Desde el último asiento llegan palabras incomprensibles y risitas, y cuando la Profesora comienza a echar humo los muchachitos gritan algo sobre la contaminación, tosen forzadamente y otras cosas hasta que

    –Acá al que no le gusta se baja–, interrumpe el colectivero al mejor estilo de su oficio. El flaco de anteojos abre un poco la ventanilla y todo el mundo empieza a congelarse hasta que, convencido de que no hay más problemas, la cierra. Pierna Bellas y El Barbudo bailan sin prestar atención a nada, excepto evitar caerse y conversar.

    –Cuando había vuelto el Viejo, después de lo de Ezeiza...–, decía él.

    –La verdad pasa por el campesinado, la oligarquía terrateniente y los burgueses han agotado su etapa...–, afirmaba ella.

    Atrás, la Profe se emociona y surgiendo al pasillo recita sin tomar aire:
 

"De pie como un cerezo aún sin cáscara ni flores
especial, encendido, con venas y saliva,
y dedos y testículos..."


    Juvenil y fresca carcajada que viene de la oscuridad, allá al fondo.
 

"miro una niña de papel y luina,
horizontal, temblando y respirando blanca
y sus pezones como dos cifras separadas"


    Nueva interrupción, silbidos, revolotear de rubias cabelleras y cuerpos agitados desde el último asiento...

    –¡Animal impudens!–, se violenta el Gordito. –Nihil anima in carnis bellae.

    A lo cual responde el barbudo !A la puta!, y la Profe, didácticamente mezcla apurada:

    –He citado a Pablo Neruda, caramba–. El bullicio es general y le apaga la voz.

    La radio se superpone anunciando a Hugo del Carril

    –!Hugo! !Grande!–. Es el Barbudo que recuerda –Alguna vez cantó la Marchita en el Colón..

    La chica de piernas lindas le llama la atención:

    –Estábamos hablando del Che, de la traición de los demagogos populistas a la re...

    –!Escuchen!–. Es el último tema, acaba de anunciar el locutor después de hacernos sentir estúpidos por no comprar con no sé qué tarjeta.

    De pronto un pesado y furioso silencio. Es en esos momentos en que algunos dicen "pasó un ángel" y los norteños, castizamente más lúgubres definen: "se te arrimó el diablo".

    El Gordito y la Profe también se animaron a bailar, o sea lo que se pueda hacer con el micro en movimiento, menos subir o bajar y sacar los brazos por la ventanilla. El ambiente volvió a ser cálido,

    El Flaco se unió al grupo que formamos con Canoso y charlamos de Bergman y Godard y Sartre.

    –!Sexo droga y rocanroll!–, gritan los pibes.

    Parece que escucha un walk-man o algo así que va subiendo de volumen y se mezcla con sus grititos y nuestras conversaciones.

    Tenemos que hablar más fuerte.

    –!Aguante La Renga viejaaaa!–, vocifera él.

    Me parece escuchar los frenos del micro.

    Se acabó Del Carril, se acabaron los Beatles, se acabó la radio.

    Efectivamente, el micro frenó.

    Miramos a los jóvenes, cuyas caras aparecen como flotando en luz difusa, sorprendidas.

    Resopla algo y entra una ráfaga polar y un poco de negrura.

    Alguien ha subido.

    El excombatiente de Malvinas se hace repeluz entre sombras y no lo veo más.

    –!Pasajes!–. Truena un morocho musculoso, rechoncho, corte de pelo reglamentario, bigote a la comisura de los labios, patilla al ras de la oreja.

    Todos congelados, bañados en un baldazo de luz blanca.

    Rostros de payasos blancos, cuerpos laxos, ropas ajadas y polvorientas.

    –Usted se baja–, va diciendo el inspector al anciano que toma la muñeca con manos gastadas. Y sigue;

    –Usted también–. A la señora con pies hinchados que hace esfuerzos por volver a colocarse los zuecos.

    –Y usted– a un obrero de largo pelo sucio que resopla y se masajea la cintura.

    –Se acabó– a mí, mirándome desde arriba. Me desquito echándole una bocanada de aliento a vino barato.

    –También se me bajan ustedes–. Abarca con el índice a los tres antiguos profesores de atrás, que se incorporan trabajosamente. La señorita intenta un gesto de dignidad:

    –¿Y usted qué?

    –Trabajo de inspector en la línea–, contesta Dios.

    Dos luces rojas del ómnibus siguen su viaje desde allí.
 


Gerardo Pennini. Estudió Dirección Teatral en la Universidad Nacional de Cuyo. Ha dirigido diversos talleres y ha sido docente en el área de teatro en su país. Estrenó más de diez obras en diferentes países y fue designado jurado en diversas ocasiones.

    Publicaciones:
    Los Caballos del Verano, obra dramática edición Fondo Editorial Neuquino, convocatoria 1998."
    La Pancha Hernández, cuento, edición UNSL, 1996.
    Cenizas del Sol,  cuentos y poemas, Edición de autor, 1979.
   Ensayos de Investigación, Publicación conclusiones ACITA y Fundación KONEX, 1890-1981.

    Distinciones:
    Premio Nacional de Poesía SADE "Pioneros" - Centenario 1990.
    Primera Mención Cuento –Concurso Julio Cortázar UNSL 1986.
    Primer Premio compartido Fondo Editorial Neuquino- 1998.
    Representante por Neuquén Primer Congreso Argentino de Dramaturgos -Mar del Plata 1999.
    Obra estrenada representación de San Luis "América" Embajada Cultural - Teatro Municipal San Martín- 1978.


    Argos 17/ Narrativa