Juan Antonio Moya
JAntonio.Moya@carm.es
 

El deportivo

Una primaveral y soleada mañana de domingo, Celestino Rufete abandona su domicilio y se dirige presuroso hacia el lujoso deportivo que se halla aparcado a escasos metros. Ya en el interior, se deleita durante unos instantes comprobando, por enésima vez, la confortabilidad del habitáculo. Al girar la llave de contacto no puede evitar emocionarse cuando escucha el rugido emitido por aquel potente motor de gran cilindrada.

    Sin duda, la compra de aquel vehículo era lo mejor que había hecho en su triste y miserable vida. Oportunidades como aquella no se presentaban todos los días y no quiso dejarla escapar. El precio era irresistible y aunque resultaba evidente que el coche tenía algunos años, su aspecto seguía siendo imponente. Bien es cierto que le había costado lo suyo convencer al vendedor para que confiara en él. Hasta tal punto vio perdido el negocio, que tuvo que echar mano de la Reme, su mujer, una hembra de buen ver, acostumbrada a comerciar con su cuerpo cuando la necesidad apretaba más de la cuenta, quien accedió a regañadientes, pues no juzgaba razonable la adquisición de aquella endiablada máquina, que puñetera falta les hacía. Tras el primer encuentro entre el vendedor y la señora de Rufete, todos quedaron satisfechos. Celestino tendría, por fin, su Ferrari Testarrossa de segunda mano, pudiéndolo pagar en cómodos plazos y sin entrada, con la condición de que su esposa continuara manteniendo estos encuentros, en tanto no se efectuara la totalidad del pago del automóvil. La Reme no sólo no se opuso a este acuerdo sino que, ante las dudas surgidas, alentó a Celestino a cerrar el trato, temiendo que éste se echara atrás y verse así privada de poder disfrutar nuevamente de aquel musculoso cuerpo, dotado de un vigoroso miembro de notables dimensiones, que nada tenía que ver con aquellos repulsivos tenderos del barrio a los que se había visto obligada a ofrecerse en más de una ocasión.

    Celestino mete primera y pisa el acelerador a fondo. El Ferrari hace una espectacular salida, derrapaje de ruedas incluido. Se ha hecho tarde. Con toda seguridad ya no llegará al primer toque, perdiendo algunos clientes. Su espectacular irrupción en la plaza de la iglesia, coincide con el repiqueteo del segundo toque. Los feligreses que se dirigen al templo contemplan encandilados el deportivo, como suele ocurrir todas las semanas. Celestino se siente alguien importante observando esas miradas llenas de admiración, creyendo adivinar en algunas de ellas un atisbo de envidia. Aparca en el lugar de costumbre y sale del automóvil. Su aspecto sucio y descuidado, su ajada vestimenta, que tanto desentonan con la prestancia y fastuosidad del vehículo, a nadie causan extrañeza. Celestino es un popular personaje asiduo del pueblo, y todo el mundo tiene asumido que es el legítimo propietario. Este hecho, lejos de ser objeto de censura, es sumamente respetado. Si alguien hace algún comentario al respecto, la respuesta surge inmediata y fulminante: cada cual tiene derecho a gastar su dinero como le plazca.

    Celestino se va aproximando hacia la iglesia mientras saluda a los parroquianos, conocidos todos. Al llegar a la puerta, los pedigüeños que allí se encuentran se apartan, cediéndole un sitio preferente. Como si aquello fuera un derecho adquirido, Celestino no se digna a agradecer el detalle, dedicándoles una desdeñosa mirada. Siempre han existido clases. Una vez que ocupa Celestino su privilegiado lugar, acapara la atención de cuantos acceden al templo. Todos se detienen para dedicarle unas palabras y, por supuesto, hacerle entrega de sus dádivas. Y, aunque resulte extraño, hay que decir que llegan a formarse pequeñas colas para contribuir a la causa de Celestino.

    —Buenos días, Celestino. Hoy se le ha hecho tarde, perezoso. He tenido que esperarle a cosa hecha para darle mi ayuda. No dirá que no le aprecio.

    —Tome usted, don Celestino, lo he sacado de mi hucha. Yo también quisiera tener algún día un coche tan bonito como el suyo— confiesa feliz un niño cogido de la mano de su progenitor, quien esboza una estúpida sonrisa de complacencia.

    Celestino agradece satisfecho estas muestras de solidaridad y comprensión con una leve inclinación de cabeza. Poco a poco su bolsa se va llenando, en tanto que los otros indigentes a duras penas consiguen unas miserables monedas. Cuando suena el tercer y último toque, asoma en el umbral de la iglesia don Cosme, rico terrateniente y próspero comerciante, acompañado de su familia. Saludando de forma efusiva a Celestino, saca la cartera y extrae de ella, con la largueza de que siempre hace gala, un billete de cinco mil pesetas, que le entrega de forma ostensible.

    —Don Cosme, muchas gracias. No sé qué decir. Es mucha generosidad por su parte.

    —No es nada, no es nada, Celestino. Además, mantener un coche como el suyo debe costar un riñón. Me hago cargo de su situación, no se preocupe. Por cierto, a ver si un día se lo deja un rato a mi Santiaguito para que lo pruebe. Le hace una gran ilusión.

    —Por supuesto, don Cosme. Cuando usted guste. Estoy a su entera disposición.

Don Cosme y familia se adentran en el sagrado recinto, no sin antes repartir a cada uno de los pobres que comparten portal con Celestino unas cuantas monedas.

Una vez comenzada la misa, Celestino abandona su puesto y se encamina a un bar cercano. Mientras toma un carajillo, hace recuento de lo recaudado. Ha sido un buen día. Todos se han mostrado espléndidos con él. Hasta doña Consolación, anciana que subsiste con una irrisoria pensión de las que otorga el gobierno a bombo y platillo, fruto del estado de bienestar, pero que en la práctica apenas si llega para comer, ha contribuido con una pequeña aportación que, sin embargo, es digna de elogio por el esfuerzo económico que le supone.

    Divide las ganancias en tres partes. La mayor de ellas la ingresará al día siguiente en la cuenta bancaria donde le giran mensualmente la letra del coche. Otra parte la dedicará para repostar gasolina, pues el bólido consume de lo lindo. Y la tercera parte, constituida por una reducida cantidad, está destina a cubrir las necesidades básicas de su familia.

    Cerca de mediodía Celestino regresa eufórico a su hogar. Sus brillantes ojos y la encendida tez delatan su paso por la taberna de Pascual, antro frecuentado por una variopinta clientela, donde el ambiente se puede cortar con un cuchillo y las conversaciones suben de tono conforme se consume el recio vino contenido en los enormes toneles que presiden el local. De una de las paupérrimas chabolas que salpican la zona, surgen dos mugrientos chiquillos que corren alborozados a su encuentro. Celestino saca de los bolsillos de su andrajosa chaqueta un par de chucherías compradas en una tienda de todo a cien y se las entrega ufano. Acto seguido continúa, con paso vacilante, camino de la casa. Al verlo entrar, la Reme le dirige una esquiva mirada. Celestino, sin mediar palabra, deposita encima de la mesa un par de bolsas que contienen pan, huevos, patatas, algunas latas de sardinas, dos cartones de leche y un tetra-brik de vino Don Simón. Cuando la Reme pasa por su lado, Celestino le propina un manotazo, mitad cariñoso mitad lascivo, en las nalgas. El leve contacto con aquella apetecible carne, le excita y su mano quiere trepar por debajo de la falda, pero ella lo aparta con cierta brusquedad.

    Celestino abre el tetra-brik de vino y se deja caer en un viejo y desvencijado butacón. La vista comienza a doblársele mientras observa, feliz, a sus pequeños devorar con fruición la comida. Un profundo sopor se va apoderando de él. Casi sin fuerzas se levanta y entablando una feroz lucha por mantener el equilibrio se dirige, tropezando con todo cuanto le sale al paso, al dormitorio a tumbarse en el camastro. Su último pensamiento antes de caer vencido por el profundo sueño etílico lo dedica a su precioso deportivo rojo. ¡Qué suerte la suya al poder disfrutar de aquel magnífico coche! Qué orgullo sentía de haber tenido el arrojo suficiente para adquirirlo. Además, si las cosas continuaban yendo así terminaría de pagarlo antes de lo que pensaba. Sin duda era lo mejor que había hecho en su triste y miserable vida.

    Cuando Celestino ya se ha dormido, la Reme abandona la casa para ir al encuentro del vendedor de coches, del hombre que le hace olvidar su desoladora realidad. Los chiquillos, ajenos a todo cuanto sucede, quedan abandonados en la calle, enfrascados en sus juegos. De todas formas la puerta de la chabola siempre está abierta.



 

 Juan Antonio Moya Sáez. Tiene 38 años. Reside en Murcia (España), donde nació. Es funcionario funcionario de la Administración de su Comunidad Autónoma. Ha publicado textos en las revistas AoDWeb, Letralia y Litterator o El Escribidor.


    Argos 17/ Narrativa