Gonzalo Lizardo
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La muerte del primogénito


 
 
      Tampoco el hombre se salva de esta regla: a menudo debe inmolar, como Abraham a Isaac, a su primer hijo. Este último representa la parte de los dioses y expía con su consagración el trastorno que su llegada al mundo ha producido en el orden de éste.
Roger Callois, El hombre y lo sagrado


El jovencito de negra piel y perfil caprino sonrió, complacido por el desconcierto que sus reflexiones infringieron entre los cuatro monjes que lo rodeaban. Y ellos, bajo las columnas del templo donde se guarecían de la espesa resolana, indignados lo conminaron a relatar cómo acaeció entonces la historia de los primeros hombres. El jovencito, tras asegurar que a partir de la traición a ese relato provenía nuestro extravío, comenzó su narración con las siguientes palabras:

"Conoció el Hombre el deseo y para saciarlo contrajo matrimonio con la Mujer. De su pasión primera, de su furor, nació un niño de piel negra y lampiña: el Primogénito. Hombre y Mujer lo vieron crecer con deleite, fascinados por su extraordinaria capacidad para predecir el clima, trazar el surco y extraer de la tierra el pan y el vino.      Pasaron los años y, conforme su Primogénito se fortalecía, el Hombre conoció el cansancio.      Tanto tiempo en aquel mundo hostil, tantos inviernos, tantas carencias consumieron su alma; tanto que se sintió incapaz de amar, incapaz de permanecer despierto. Aún así, frecuentaba por rutina a la Mujer y ella, siempreamante, siemprefértil, se lo agradeció engendrando otro niño, el Hijomenor, un pequeño de piel albina y vello abundante.      Lo vieron crecer con desidia, aburridos, pero el Hijomenor aprendió por sí solo cómo pastorear ovejas para proveer a su familia de carne, leche, cuero y lana.      Transcurrieron de nuevo –como un bostezo- los años, y el Hombre pronto se abandonó al rincón más tibio de su choza, y se dispuso a dormir, quizás a soñar. La Mujer, como gesto de amor, no lo obligó a permanecer despierto: se hizo cargo del trabajo doméstico mientras el Primogénito aguardaba la cosecha y el Hijomenor crecía rodeado de ovejas, cabras, jabalíes y lobos. Entendió la Mujer que se encontraba sola, que ya no contaría con la compañía de su marido –ni mucho menos con su caricia, con su consuelo.      Fue así como la Mujer conoció la soledad y el vacío.      Pronto el Primogénito advirtió las privaciones que pasaba su madre, y puso ante ella los mejores frutos y tubérculos que su trabajo hacía cosechado. Y le dijo: "Cultivé la tierra conforme a tus enseñanzas y a las de mi padre; por eso, en agradecimiento, te prometo que nunca conocerás el hambre, la sed o el sudor; quizás algún día me enseñes a cultivar tu cuerpo y entonces podré calmar tu otra sed y tu otro apetito".      La mujer lloró conmovida al recibir los regalos, y emocionada abrazó al Primogénito: condujo el arado hacia su surco y extrajo de su hijo la púber semilla.      Se amaron como recién casados: como bestias de algún paraíso, como ángeles de algún destierro.      Fue así como él descubrió el amor carnal y ella el necesario adulterio, fue así como ambos engendraron una niña, la Hija cuyo primer llanto despertó al Hombre de su largo sueño.      Ante la mirada del Primogénito, su Padre tomó a la Hija entre sus manos, y le dijo a la mujer: "Supe que regresaría en el momento justo; he visto, más allá de donde el sol se pone, una laguna enorme, infinita, y las horas que sobre su piel se mecían; vi también emerger, entre torrentes de espuma, una gran concha que se abrió poco a poco para mostrarme esta niña, tan dulce que la he traído para que tú y mi Primogénito la cuiden como si fuera suya; ahora tengo que marcharme de nuevo; esperen mi regreso". En cuanto el Hombre se hubo acostado, el sueño se apoderó de él, y un par de arañas, piadosas, tejieron sobre su cuerpo una seda que lo protegió de la intemperie.      Durante los siguientes años, entre la Mujer y el Primogénito no hubo eclipse ni crepúsculo, ciclón ni sequía. Se creyeron libres e inocentes, sin saber que no lo eran a los ojos del Hijomenor, testigo minucioso de todos sus actos, de todas sus caricias. Al principio no las entendía, pero conforme él y la Hija crecieron, el Hijomenor conoció la ebullición de los sentidos. Y supo aguardar el momento adecuado.      Cierto día el Primogénito, acompañado por su Hija, emprendió el viaje con rumbo al crepúsculo, pues quería ver aquellos paisajes que su padre soñó, y recolectar en ellos otras semillas, tubérculos y retoños que pudiera cultivar. Aprovechando su ausencia, el Hijomenor llegó ante la Mujer una ofrenda con las mejores pieles, la carne más tierna, la leche más fresca de su rebaño. Y le dijo: "Madre, durante mucho tiempo he obrado obediente a tu mandato y atento a tu sabiduría; gracias a ti he crecido en cuerpo y alma, me volví un hombre y ya no quiero ser tu hijo sino tu cónyuge".      Ella no pudo responderle y él, aprovechando su sorpresa, su mutismo, su inmovilidad, depositó entre sus labios un beso.      Fue así como la Mujer aprendió a dejarse seducir.      Siete años después volvió el Primogénito con un gran cargamento y una Hija en edad de florecer. Entraron a casa de la Mujer y la encontraron con el Hijomenor. Al mirarlos desnudos y convulsos sobre una espesa piel, el Primogénito conoció, simultáneos, el pudor y el placer de mirar, pues al tiempo que cerraba los párpados de la Hija abría los suyos, excitados por aquel banquete amoroso que tanto lo asustaba. El Primogénito ordenó a su hija que fuera al establo y que ahí lo aguardara.      En cuanto se hubo retirado el Hijomenor, el Primogénito regresó a la casa y le dijo a la Mujer: "He aquí, Amada mía, los tesoros que durante mi viaje recolecté para ti, para que tu vista y tu gusto conocieran otros colores, otros sabores; para merecer tu amor aunque ahora deba compartirlo con mi hermano".      Y respondió la Mujer: "Sea así, como tú has dicho, pues mi cuerpo fue creado para amar, y es amado para crear". El Primogénito tomó, de entre aquellas plantas que había traído de occidente, unas hojas alargadas que incineró en la hoguera. Bajo sus humos, la Mujer y el Primogénito conocieron el frenesí amoroso.      Y, tras la ventana, mirándolos, el Hijomenor descubrió los celos.      Aun así el Hijomenor visitaba a la mujer, pero sólo lo hacía cuando su hermano estaba ausente. En cambio el Primogénito, cuando sabía que su hermano la estaba amando, se entretenía a las afueras de la cabaña, dibujando, mientras la Mujer no lo llamaba, figuras sobre el lodo, símbolos y señales que le ayudaran a fijar sus pensamientos, a contener la memoria, a descubrir imágenes. Fue así que el Primogénito descubrió la escritura mientras los celos del Hijomenor se incrementaban al ver que su hermano no los padecía.      Así que, enloquecido, urdió un plan.      A imitación del Primogénito, el Hijomenor dijo que emprendería un viaje, solo y montado en el burro que utilizaba para pastorear.      Pero no fue lejos: subió al monte más cercanos para sacrificar al animal, beber su sangre, engullir su carne, vestirse con sus pieles y armarse con su quijada. Luego esperó a que el Primogénito saliera de la casa de la Mujer y, aprovechando el cansancio que le había ocasionado el amor, le dio muerte. Enseguida se presentó con la Mujer, y tras mostrarle la cabeza del Primogénito le dijo: "Gracias a tu infidelidad he conocido el crimen". La Mujer, al escucharlo, lloró amargamente y sus lágrimas fueron tantas y tan húmedas que despertaron al Hombre de su larguísimo sueño.       Y dijo mientras se sacudía la telaraña y el musgo que lo cobijaban: "No llores, Mujer, porque he vuelto, y no quiero pensar que te causa dolor mi regreso; he viajado mucho, he visto y escuchado cosas terribles, enigmáticas; en especial recuerdo un río sobre el cual yo conducía una balsa, de un lado a otro; yo ignoraba por qué lo hacía, hasta que llegó un joven con la cabeza destrozada y me pidió que lo condujera hasta la laguna; cuando llegamos a nuestro destino, extrajo de entre sus ropas unas tablillas de arcilla además de unas cuñas, y me pidió que te las entregar a ti, Mujer, para que leyeras en ellas que había muerto por amor y que moría feliz". En cuanto le entregó a la Mujer las tablillas y las cuñas, el Hombre regresó a su sueño, y un par de arañas, piadosas, tejieron sobre su cuerpo una seda que lo protegió de la intemperie.       Entonces el Hijomenor soltó el llanto y, tras arrebatarle a la mujer las tablillas, dijo: "Reconozco, Mujer que he errado, juro que desearía ser yo quien hubiese muerto; por eso me iré de aquí, muy lejos; no te preocupes por tu Hija; yo la haré mi esposa y la cuidaré como me gustaría haberte cuidado a ti, y ella me enseñará a leerme y a escribirme; así, durante mi destierro, sobre estas tablillas escribiré mi verdad, mi dolor y mi crimen..."

Bajo las columnas del templo donde se guarecía de la espesa resolana, aquí interrumpió su relato el jovencito de negrísima piel y caprinísimo perfil. Y después de beber un trago de agua para aliviar el ardor de su garganta, ante el pasmo de los cuatro monjes y sonriendo como si hubiera cometido una travesura, aquel pequeño se dio la media vuelta y se alejó, mientras afirmaba:      "Fue así como el Hijomenor sacrificó al Primogénito, fue así como mintiendo nos transcribió la Historia".


Gonzalo Lizardo (Zacatecas, México, 1965) es autor de dos libros de cuento (Azul venéreo, 1989, y Malsania, 1994), una novela (El libro de los cadáveres exquisitos, 1997) y un libro de ensayo (Polifoni(a)tonal. Umbrales del discurso literario, 1998). Ha sido becario del CONACULTA y del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Zacatecas. Actualmente imparte seminarios sobre novela en la Maestría en Filosofía e Historia de las Ideas de la UAZ.



 
 
Argos 17/ Narrativa