Celia del Palacio M.
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El olor del amanecer

¿A qué huele el amanecer?

    A vegetación, claro, a las plantas que la noche cubrió de rocío. A esa humedad obstinada que se quedó a vivir en el parque de Los Berros desde hace ya dos siglos.

    Llegamos a su ciudad después de quince o más horas de vuelo.

    Me tomó por sorpresa ese enjambre de luciérnagas que palpitaba entre las montañas.

    Me casé con Alfonso sin saber muy bien por qué. Era un acto práctico, estaba bien. Él era lo que se dice un buen hombre y yo estaba sola. Nos habíamos visto varias veces en las reuniones de estudiantes latinoamericanos de aquella universidad gringa donde ambos concluíamos ya el doctorado; después de algunas citas que terminaban irremediablemente en la cama, con un sabor a conocido, a familiar, a lo que debe ser, decidimos casarnos. Tras la boda comenzó a instalarse en nuestra casa el tedio. Escribíamos la tesis, salíamos a caminar por los parques llenos de hojas otoñales y secretamente buscábamos la manera de librarnos de la auto impuesta prisión sin atrevernos jamás a pronunciar una palabra en voz alta.

    Siempre me sorprendió la manera en que hablaba de su padre, con cualquier pretexto, personaje esencial de sus recuerdos de infancia, ídolo de aventuras que Alfonso contaba con emoción contenida, sabiendo en el fondo que jamás superaría sus conocimientos, su valor. Personaje central de su propia leyenda, el padre de mi marido se erguía como figura mítica de la moral de su tiempo, guardián del deber ser a quien él jamás pensaría siquiera cuestionar.

    El padre de Alfonso vivía solo en su ciudad natal. Lo cuidaba una señora mayor, jubilada de enfermera del hospital militar y amiga de la familia. A la madre se la había llevado un cáncer fulminante años atrás.

    Desde entonces, la fibrosis del pulmón había ido creciendo hasta convertir al viejo coronel en un inválido. No podía levantarse de la silla de ruedas a riesgo de morir por el esfuerzo.

    Ya cerca de las vacaciones de verano, Alfonso comenzó a hablar de volver a casa. Hizo largas apologías de la pequeña ciudad de provincia en la que había nacido. Me gustaría, me aseguraba. Tenía un halo de magia escondido en la niebla que de seguro yo apreciaría. La verdad era que quería ver a su padre. La culpa por estar lejos lo estaba carcomiendo.

    Acepté con desgano, aunque con cierta ilusión por volver al país. El verano con Alfonso se perfilaba monótono en cualquier parte y no acompañarlo era declarar la guerra.

    No tenía ninguna expectativa cuando entré a la casona de techo de aguas y lóbregos pasillos en que Alfonso había pasado su infancia. Era una finca bien conservada, llena de adornos de porcelana y muebles de exquisito gusto, a la moda conservadora de los años cincuenta.

    Una vieja sirvienta nos atendió y nos ayudó a instalarnos en la recámara del fondo. Tenía noticias de la boda y me miró con la curiosidad impertinente de los sirvientes encariñados con sus patrones, verificando si yo estaría a la altura del niño consentido de la casa. No supe adivinar cuál fue su opinión sobre mí.

    A la hora de la cena, conocí a don Alfonso.

    Me había imaginado a un anciano corroído por la enfermedad, inútil, jadeante. Me encontré en cambio con un hombre de unos setenta años, de cabello entrecano y ojos verdes que relampagueaban sin hablar. El porte sereno dejaba entrever la majestuosidad de otros tiempos, la elegancia que ahora sólo se expresaba en los finos ademanes de las manos grandes y un poco temblorosas.

    Cuando nos presentaron no sonrió. Me dio la bienvenida atentamente, con pocas palabras que lo hicieron toser. Por el esfuerzo, su piel blanca se encendió.

    Una extraña agitación se apoderó de mí sin que en el transcurso de la cena pudiera yo encontrar la causa. Era un poco de miedo, seguramente, una inquietud provocada por la cercanía de un enfermo grave. El cosquilleo de las manos y el latido violento del corazón me aterrorizaron.

    Por fortuna la velada no se prolongó. Don Alfonso debía retirarse temprano. Apenas podía hablar, cualquier movimiento lo debilitaba y lo hacía sudar.

    Nos fuimos a dormir casi enseguida.

    —Debiste haberlo conocido hace veinte años— me susurró Alfonso después de hacer el amor de esa manera conocida y confortable de los matrimonios viejos.

    Me dispuse a escucharlo, ya sabía que se avecinaba una larga apología del padre, de sus aventuras con el General Ávila Camacho, de la manera como se había convertido en coronel, a pesar de provenir de una familia que lo perdió todo en la revolución. Me contaría con lujo de detalles otra vez la anécdota del auto rojo...

    —Era un gran conversador. Las historias que te hubiera contado. Una vez, una novia mía de la prepa me confesó que le gustaba mi padre. Y es que, cuando salía en el Chevrolet rojo con el cigarro en la mano, con el brazo recargado, era capaz de despertar pasiones. Tenía un estilo que las secretarias, las esposas de sus amigos, lo adoraban... y una fidelidad a toda prueba.

    Me quedé dormida escuchando las anécdotas que contaba del coronel su hijo.

    Era todavía de madrugada cuando me levanté cubierta de sudor. La humedad de la ciudad, aunada a un sopor encerrado en el cuarto, me dificultaba la respiración. Alfonso dormía con un sueño plácido a mi lado.

    Con el camisón pegado al cuerpo por el sudor, salí a buscar agua a la cocina. A oscuras, el olor del amanecer se iba infiltrando por las rendijas de las puertas. Olía a lluvia añeja y a piedra deslavada. Olía a un perfume humano que los jirones de nubes arreboladas iban extendiendo por los lomos empinados de las calles.

    Oí la tos al fondo de la casa. Y por alguna razón, me encaminé a su habitación. El enfermo estaba solo. Sus ojos verdes eran un abismo de silencio. Me miró con una ausencia de sorpresa tal, que me dejó desarmada.

    —¿Puedo ayudarle en algo? ¿Le traigo alguna cosa?— dije.

Denegó con la cabeza. Me acerqué a la cama con cautela, sin saber por qué. Sudaba también. Me senté en el borde y le sequé el sudor con un pañuelo. Cerró los ojos, agradecido.

    —Quiero morirme —dijo en un susurro jadeante.

    Sus ojos color turquesa se abrían poco a poco, todavía con el brillo de la juventud. Levantó la mano y apretó la mía. Palpé la humedad y de nuevo confusos sentimientos se adueñaron de mí: compasión, miedo ante un ser que estaba casi en otro mundo y deseo ante el contacto de su mano, ante sus ojos inmensos.

    En ese momento, la enfermera, la señora Elena, apareció en la puerta. Un dejo de desconfianza se coló en sus ojos. Pronto una sonrisa sustituyó aquel sentimiento. Después de todo ¿Qué podría yo querer hacer con Don Alfonso?

    —Lo oí toser y vine a verlo —me justifiqué.

    Ella se llenó de excusas por su ausencia. Don Alfonso no debería quedarse solo ni un momento. Cualquier esfuerzo podría matarlo.

    En los días siguientes, me descubrí buscando la oportunidad de estar con don Alfonso a solas. Me daba cuenta cómo sus ojos me perseguían en la penumbra. No podía dormir por las noches. La oscuridad húmeda me ahogaba. La noche era un abismo de deseos encontrados que mi marido no podía apagar. La señora Elena se acostumbró a mis visitas de madrugada al cuarto del enfermo. Nada me decía en presencia de la obesa matrona que lo cuidaba como a un niño. Sólo se dejaba secar la frente con una gasa húmeda, a veces tocaba mi mano con la suya y me miraba fijo, como si quisiera escudriñar el fondo de mi alma con sus ojos.

    La ciudad entera con sus setecientos años de historia estaba ahí en la madrugada. Las luciérnagas se arrojaban suicidas contra los vidrios que daban al jardín. Los anturios se perfilaban a los lejos en la oscuridad, las arañas de vivos colores tejían sus telas incansables al arrullo de los grillos.

    Comencé a vivir para ese momento del día en que la noche se muere en brazos de otro amanecer fragante. Las comidas, los paseos interminables por los torcidos callejones centenarios, las veladas con los amigos de la infancia de Alfonso sólo tenían un sentido: que me hablara de su padre. Una obsesión por recuperar su vida me invadió. A mi marido no parecía molestarle: por el contrario, se sentía halagado de que me interesara por las anécdotas de campaña del coronel.

    La figura delgada y elegante de aquel hombre estaba más que presente en todos los recuerdos de infancia, como alguien que todo lo puede, que todo lo sabe, como el fidelísimo esposo y ejemplar padre de familia. Nunca se había caído del pedestal de su hijo. Era alguien a quien jamás se podría superar. Un dios –comencé a sospechar- que aunque gentil y educado, no era menos vengativo y sanguinario. Se había apoderado de la vida de su hijo en la infancia y no la soltaría hasta morir.

    Cuando cruzaba el umbral de la puerta del cuarto del enfermo, no llevaba conmigo nada de eso. Para mí no importaba que hubiese sido infiel. Para mí no importaba que su figura hubiera marcado de tal manera a su hijo, quien no podía vivir más que a su sombra. Yo sólo quería mirarme en sus ojos. Construir otros recuerdos con los jirones de memoria que nos iban uniendo de manera irremediable.

    La señora Elena comenzó a encontrar provecho de mis visitas silenciosas: salía a cumplir con sus quehaceres, comía algo, incluso se dormía en un sofá de la sala.

    Cuando sentí la mano del enfermo sobre mi pecho no me sorprendí en absoluto. Tuve miedo de que notara el latido desbocado de mi corazón y me alejé. Pero al ver que entristecían sus ojos y suspiraba, me di cuenta que había interpretado el movimiento como una negativa. Yo misma puse su mano de regreso sobre un seno sudoroso bajo el camisón de lino. Con dedos delicados buscó el pezón y lo apretó, sonriendo. Procuré contener la emoción en un respiro.

    —Ayúdame a morirme —dijo.

    Como nunca, percibí el olor que las gardenias despedían desde sus macetas de china. Como nunca las luciérnagas se encendieron contra el vidrio, ahogándose precoces en el día inminente.

    —Un pequeño esfuerzo bastaría... —continuó, sus palabras ya muy cerca de mi boca que bebía de su aliento.

    Cerré la puerta con llave. Descubrí al enfermo que sudaba bajo las cobijas. Una erección se perfilaba contra el pantalón del pijama. Un miembro duro y grande apareció cuando abrí los botones. Los ojos ávidos del coronel se bebían mi cuerpo bajo la húmeda tela de lino.

    Me quité el camisón a la luz de la lamparita de porcelana rosa. Con cuidado me senté sobre su pene erecto.

    No pasó mucho: dos o tres arremetidas de mi vagina mojada contra su cuerpo frágil, sus ojos clavados en los míos, sus manos sosteniéndose de mis caderas, aferrándose a la vida. Un último jadeo, una eyaculación violenta y luego el silencio. Tenía los ojos abiertos y el cuerpo flácido sobre las sábanas cuando el día estalló tras los gozosos maitines de las ranas. Yo todavía me balanceaba sobre su cuerpo buscando las últimas migajas del éxtasis que se desvanecía como los jirones de noche detrás de las montañas. Los toques en la puerta me hicieron reaccionar.

    Acomodé las cobijas y las ropas del coronel lo mejor que pude. Me puse el camisón. Abrí la puerta y expliqué en un susurro a la señora Elena que bostezaba.

    —Quería morir solo —dije.

    La mujer silenció un sollozo tras la mano mullida. Le di la espalda. El olor del amanecer entró en los poros de mi nariz... Cuando desperté a Alfonso, todavía sentía la excitación a flor de piel, el sudor pegado al camisón y los pezones duros.

    ¿A qué huele el amanecer?

    A vegetación claro, a las plantas que la noche cubrió de rocío. A esa humedad obstinada que se quedó a vivir en el parque de Los Berros desde hace ya dos siglos. A anturios y a gardenias florecidas, a luciérnagas y a ese olor humano que me cubre el cuerpo de jacintos, todavía ahora, tantos años después, cada amanecer, mientras Alfonso duerme un sueño plácido, por fin, en otro cuerpo.


    Celia del Palacio M. (México, D.F. 1960). Licenciada en letras, maestra en sociología, doctora en historia por la UNAM.

    Ha publicado en diversas revistas y suplementos literarios de Guadalajara, Veracruz, Torreón, Sinaloa y el Distrito Federal.

    Fue becaria del FONCA, en la categoría jóvenes creadores en 1991 para escribir la novela Ventana al mar, inédita. Ha recibido premios literarios como el Adalberto Navarro Sánchez de la entonces Facultad de Filosofía y letras de la U.de G. por el poemario Espirales en 1986 y el premio internacional de poesía Navachiste en 1992 por el poemario Otra Bugambilia en la ventana.

    Ha publicado los libros de poesía: Espirales. El Mimeógrafo del Fauno. Universidad Autónoma de Sinaloa. 1986; Otra Bugambilia en la Ventana. Fonca- Poética de la Tierra. Sinaloa. 1993; Espirales del Deseo. Editorial Nosotros. Xalapa, Veracruz. 1999 y Manantial de Arena. Editorial El Ángel del Deseo. Guadalajara. 2000.

    Sus cuentos han aparecido en diferentes medios impresos: "Las Llaves". Revista Pulsos. Guadalajara, 1981; "Tarde de octubre con mujer a cuestas", en el libro de Sara Velasco La creación literaria en
Jalisco, 1986; "La Aldaba del Portón Negro". Suplemento Cultural de El Informador. 1986 y
"Todo el sabor del Pacífico". Revista Brecha. Torreón, Coah. 1992.



 

    Argos 17/ Narrativa